Una herida en la cabeza. (Las gaviotas reidoras)

Gaviotas reidoras. (Febrero de 2018)

Suele haber una bandada de gaviotas reidoras cerca cerca del río Mantilla. Ríen las gaviotas porque chillan, ríe el alba porque la luz brota, las costuras porque rompen y el agua que corre porque canta, aunque en Letona el agua que ríe es la que rebosa. En la antología de poesía de montaña, tan empapada de arroyos fríos que saltan entre las peñas, he hallado enseguida un «reidor regato» y un «regajo [que] canta/ parlero y bullidor». Su poeta es el desconocido Antonio Andión, otro de los que en ese libro llevan en la fecha de la muerte una pregunta (1883- ?). «La risa es el sexo del alma», dicta un aerolito de Carlos Emundo de Ory que entiendo bien. También tenía en el cuaderno una cita de Novalis; no sé de dónde la he sacado, solo cuánto conviene: «Si no puedes hacer de tus pensamientos objetos externos, entonces haz de los objetos externos pensamientos».

Las gaviotas reidoras son más pequeñas y gráciles, más blancas y con las puntas de las alas muy negras. Estas semanas he visto cómo iban tocándose algunas con la capucha negra del plumaje de verano, las otras llevan aún los capacetes del invierno y junto al ojo el lunar de donde sale toda esa oscuridad. En Un antropólogo en Marte, Sacks contaba la historia del pintor que se queda sin colores a causa de una herida en la cabeza. Fue un accidente y después el señor I. tiene que vivir en un terrible mundo de plomo y ni siquiera le compadecen lo suficiente: «Has perdido la visión del color, bueno, ¿y qué?». Podría haber resultado gravemente mutilado, podría estar muerto. Muertos y grises a su alrededor los objetos y los cuerpos, sucios y falsos, el señor I. cerraba los ojos cuanto podía y recurría al recuerdo y a los alimentos blancos y negros, yogur y arroz, aceitunas negras, café. Pero pasó el tiempo y el señor I. volvió a mirar y a pintar; sus cuadros blancos y negros le gustaban, tuvo éxito. Siguió lamentando su quebranto, pero llegó a apreciar la mayor agudeza en el enfoque que había obtenido a cambio, la riqueza de las texturas y otras ganancias sutiles. No hay mal que por bien no venga y si me quebré un pie por mi bien fue. Lo cierto es que el señor I. se acostumbró y vivió porque se vive sin muchas cosas, más vale no pensar en cuántas, el color también podría ser una de ellas.

Las gaviotas reidoras estaban siendo el objeto externo y hoy he vuelto a verlas en su sitio de siempre, mirando al agua. No sé si van a quedarse aquí en la playa, con sus cabezas de café y aceitunas negras, o vuelven a los nidos de Finlandia en marzo, por la primavera.

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Figuras de repetición

La monserga de las olas, las horas monorrimas y «le petit crapaud de pluie», el sapo que brota de los chaparrones y le compone una segunda parte al agua; todas las toses lastimosas, figuras de respiración y repeticiones. Aquel día de enero encontré la Cartilla de lectura y escritura de Don Ezequiel Solana, que lleva escrito en la tapa que «la repetición es la base de la enseñanza; repítase cada lección cuantas veces sean necesario [sic], para aprenderlas bien antes de pasar a la siguiente». Aquel día de enero se marchó solo y después de las horas regresó solo y sin el paraguas de mi padre, figuras de omisión. Los rosales de las casas amarillas aparecieron enterrados en arena, por la noche el agua había tapado los jardines; el organizado paralelismo habitual pero la furia incontenible, figuras de intensificación. Aquella tarde que ahora recuerdo y, al recordar, reitero, arrancó la boya y salí a verla arrastrarse pesada y herida por la orilla, figura de desautomatización del objeto que le hace ocupar un lugar inesperado, dones del extrañamiento. «¿Qué es materia?», cuando Lola tomaba a José la lección; «materia es todo aquello que ocupa un lugar en el espacio», decía el libro. «Que ocupa un lugar inesperado», contestaba José niño, y al repetir complacidos la equivocación la hicimos proverbial y semántica.

Las palmeras al pasar

He visto las palmeras al pasar. «Vivir es ver pasar», dice Lapesa por disputar con la frase de Azorín, «Vivir es ver volver» (1). He visto las palmeras al pasar porque miraba el verdín de las baldosas y el musgo lujoso de las cortezas velludas, los troncos que llaman estipes, como los arquitectos a las columnas, y capitel al engrosamiento del que surten las palmas; palmeras como la columna de San Baudelio y el palmeral de herraduras. En los huertos de entre calles hay ejemplares muy altos que han sobrevivido a ventas y demoliciones sucesivas; a veces las casas nuevas heredan una palmera vieja que hace la vez del santo venido de otra tierra. Las que digo son las del paseo de siempre, solo mi reconocimiento es nuevo: «Nuestra comprensión de las palmeras ha mejorado mucho en los últimos treinta años», dice Wikipedia; eso parece. La familia numera los géneros por cientos y las especies por miles, leo, y hago de la caminata oficio de verlas y contarlas. Compruebo los jardines que crían entre las leñas de los troncos rocosos, las reservas de hierbas y helechos, las lianas de zarza y los arbustos equivocados que cuelgan de las copas y se enredan con las palmas secas; verifico la muerte polvorienta de las palmas viejas, sin oros ni bronces, sin el fuego y la fragua del otoño de los plátanos y los chopos corrientes del parque. Registro por fin las sinuosidades de los torsos que traslucen episodios de sufrimientos fisiológicos particulares, palmeras personales y mayúsculas como las iniciales de los seres únicos.
Un jueves me pongo a contárselo a Juan en el patio: «Alto soy de mirar a las palmeras», recita solemne desde su poca talla. Lapesa también era un hombre bajito. He leído de un tirón las Generaciones y semblanzas (2), recuerdos fúnebres de maestros y amigos, hombres y mujeres ejemplares como hileras de palmeras de otro tiempo. Giner de los Ríos advirtió al joven Américo Castro: «Américo, usted que es tan inteligente, ¿cómo no se quita ese acento provinciano?». Don Américo renunció al «silbo de afirmación en la aldea» del acento granadino y ejerció a su vez un «magisterio integral», explica el discípulo entre dos sucesos. Uno, cuando en 1930 Lapesa ganó las oposiciones a Cátedras de Instituto: «Bueno, usted no cobrará comisión por los libros de texto, ¿verdad?». Otro, cuando después, en Princeton, Castro le descubrió la corbata roja y los calcetines verdes y le corrigió igual de severamente la normativa indumentaria. El hilo negro obituario cose la larga procesión de pérdidas que es el libro hasta el final, que mueve a risa porque la muerte es cómica de tan tenaz; altiva y distraída también, la muerte se deja al pasar la limosna de luz de las pequeñeces anticuadas.

(1) En «Justina Ruiz Conde. Adiós a la Asociación Española de Mujeres Universitarias» (1992).
(2) Rafael Lapesa, 1998: Generaciones y semblanzas de filólogos españoles. (Generaciones y semblanzas de claros varones y gentiles damas que ilustraron la Filología hispánica de nuestro siglo). Madrid: Real Academia de la Historia.

 

Enero de nuevo. (El correlimos)

Correlimos tridáctilo, playerito blanco

Casi nunca los veo, porque no están o porque no miro lo bastante. Mirar es pensar, dice Juan Ramón mirando al mar. Era noviembre o diciembre en la foto del correlimos que llega persiguiendo las espumas fugitivas desde el silencio boreal, un ave siempre actual como los locos son (1). Las alas a la espalda y cabizbajo, como considerando el resuello bronquítico del mar mientras sondea con puntadas diligentes, trémolos y ráfagas los minutos de la arena. La taquigrafía del correlimos me recuerda a los viejos pensativos de los parques, al corazón agitado y derrochador de la máquina de coser de mi madre y a que Andrés aseguraba que nacemos con las respiraciones contadas. Natalia sostenía que lo que nos viene calculado son los polvos y que hay lagartos que toman aire una vez a la hora y pueden pasar meses sin comer en Nueva Zelanda. Correlimos es compuesto léxico transparente, de un tipo que guarda la pujanza densa de la palabra holofrástica infantil, porque el tema verbal concede a la voz categoría de relato. Correlimos es fábula y no diccionario.
Para enero oscuro, el pájaro vibrante y soleado que pensé en una orilla de diciembre.

(1) La frase de Bellow es así: «Pero los locos siempre son actuales, del modo en que los andarríos corren en las playas por delante de la línea de espuma». (Saul Bellow, Son más los que mueren de desamor, Debolsillo, 2005, p. 96).

Técnica mixta

Kulu Be Ban Kan. (1991. Técnica mixta sobre lienzo)

a) Kulu Be Ban Kan, Lac jaune
Había dos cuadros de Barceló en el piso de arriba, este y el Lac jaune (1990. Técnica mixta sobre lienzo). Mali alienta la expansión creativa de su «pintura matérica», dice la guía, una expresión repelente, aunque no por ella misma sino por los elementos agentes a la vez que ausentes de la materia verbal. La materia de los cuadros son las ramas de que está hecho el barco que navega por el río Níger y los pegotes de barro que vivifican a los animales que se mueven por las orillas abrasadas del lago.

b) «Los tigres del mar»
Es un cuento de Salgari que encontré en Relatos del mar, la historia de un naufragio y el asedio terrible de los tiburones y que acaba bien porque la Providencia vela por los desdichados. Así lo indica el narrador y que su relato es verídico, que tuvo noticia de él en uno de sus viajes por Centroamérica. La nota biográfica aclara que el joven Salgari recorrió la costa adriática y mediterránea durante los meses que sirvió en el barco «Italia Una», pero nunca visitó la geografía lejana en la que transcurren sus relatos. También explica que el prolífico Salgari trabajó incansablemente aunque el éxito no evitó que pasara grandes estrecheces. Tenía cuatro hijos, una mujer loca, tenía también el desdén de la crítica y aún no había cumplido los cuarenta y nueve el día de abril de 1911 en el que se suicidó haciéndose el haraquiri. El conmovedor naufragio privado del embaucador de chiquillos es un segundo texto marítimo y el Níger de su escritura. Ángel me enseña El desollador Uttagori, un libro de 1932 de la editorial Araluce. «He pedido La ciudad del rey leproso y La traición de Duarte, están también en Araluce». «¿Todavía te gusta Salgari?», le pregunto. «Mucho», dice. Cardal y el capitán sobrevivieron a la tempestad y a los tiburones y lograron desembarcar en Santiago de Cuba.

c) «He vuelto a ver a mi padre», de Roberto Bolaño
El poema que Bolaño dedica a su padre desde un cuarto de hospital adonde llegan los nombres propios y las otras materias. (Técnica mixta sobre lienzo)

La historia comienza con la llegada del sexto enfermo,
un tipo de más de sesenta, solo, de enormes patillas,
con una radio portátil y una o dos novelas de aquellas
que escribía Lafuente Estefanía.
Los cinco que ya estábamos en la habitación éramos amigos,
es decir nos hacíamos bromas y conocíamos
los síntomas verdaderos de la muerte,
aunque ahora ya no estoy tan seguro.
El sexto, mi padre, llegó silenciosamente
y durante todo el tiempo que estuvo en nuestra habitación
casi no habló con nadie.
Sin embargo una noche, cuando uno de los enfermos se moría
(Rafael, el de la cama no 4)
fue él quien se levantó y llamó a las enfermeras.
Nosotros estábamos paralizados de miedo.
Y mi padre obligó a las enfermeras a venir y salvó al enfermo
de la cama n° 4
y luego volvió a quedarse dormido
sin darle ninguna importancia.
Después, no sé por qué, lo cambiaron de habitación.
A Rafael lo mandaron a morir a su casa y a otros dos
los dieron de alta.
Y a mi padre hoy lo volví a ver.
Como yo, sigue en el hospital.
Lee su novela de vaqueros y cojea de la pierna izquierda.
Su rostro está terriblemente arrugado.
Aún lo acompaña la radio portátil de color rojo.
Tose un poco más que antes y no le da mucha importancia a las cosas.
Hoy hemos estado juntos en la salita, él con su novela
y yo con un libro de William Blake.
Afuera atardecía lentamente y los coches fluían como pesadillas.
Yo pensaba y pensaba en mi padre, una y otra vez,
hasta que este se levantó, dijo algo
con su voz aguardentosa
que no entendí
y encendió la luz.
Eso fue todo. El encendió la luz y volvió a la lectura.
Praderas interminables y vaqueros de corazones fieles.
Afuera, sobre el Monte Carmelo, pendía la luna llena.

d) El prologador del Diario de un poeta recién casado (Visor, 2011), Luis Muñoz, que refiere la insatisfacción y las búsquedas de Jiménez, pone un fragmento de una carta a Juan Guerrero Ruiz (13 de junio de 1915), en la que el poeta dice encontrar «algo artificioso en la forma poética, y me pregunto: ¿es honrado esto? Acaso no, a pesar de su belleza». El libro es fruto del deseo de someter los poemas a la severidad documental y obedece a un plan que comienza la misma madrugada de enero que toma el tren en Atocha.
Ya no me acuerdo por qué tuve el impulso de coger el Diario. Me sorprende la inquietud moral de Juan Ramón, después me asombra y avergüenza mi sorpresa.

e) Marianne Moore

POETRY
I, too, dislike it:
Reading it, however, with a perfect contempt for it, one discovers
in it, after all, a place for genuine.

 

Un jueves por la mañana, entre las montañas nevadas

«Among twenty snowy mountains, / The only moving thing/ Was the eye of the blackbird»

Un jueves por la mañana, entre las montañas nevadas. Suelo acordarme al verlos, este otoño escasos y escondidos con arrogantes excepciones. Suelo acordarme de la primera de las maneras del poema de Stevens, pero no en inglés ni siquiera en español, sino de una guisa verbal cualquiera y apenas como idea. Qué es la poesía, «la poesía es lo que se pierde en la traducción». La frase de Robert Frost me interesa menos por lo que consabidamente significa en cuanto a los modos del arte verbal y su idiomaticidad que por lo que en cualquier lengua la frase dice con respecto al acarreo previo y sustancial, el que lleva desde otro lado hasta las palabras. De haber una pérdida fatal y definitiva, esta es la que sucede en el primer vertido.

Descubro una antología titulada Diecinueve maneras de mirar a Wang Wei (19 Ways of Looking at Wang Wei, 1987) que contiene diecisiete traducciones, más el original y una transliteración al alfabeto romano, de un poema de cuatro líneas de Wang Wei; luego he encontrado otras noticias de libros compuestos de versiones múltiples de poemas en la presentación de una antología inglesa del mismo género (1), una suma de heridas. A veces se daña el significado y a veces se apaga la música, pero no al mismo tiempo. Perder más veces para no perderlo todo. Al final de los Mil años de poesía europea de Rico figuran diez traducciones de «L’albatros» de Baudelaire, que Rico introduce mencionando el poema de Montale que Montale tuvo la ocurrencia de que se tradujera al árabe y a partir del árabe al francés y de ahí al polaco y a otros idiomas hasta volver al italiano, sin que el traductor dispusiera más que de la versión anterior. Dice Rico que se preveía un resultado desastroso pero que él estima que hay «una llamativa fidelidad al original», y añade entre paréntesis que quizá ello se deba a que «el texto ofrecía poco relieve formal y una semántica rotunda».

Un jueves como mañana o como el jueves pasado cruzo por los jardines del trabajo al trabajo, «por qué tienes nombre tú, día, miércoles», también suelo acordarme y entre todas las baldosas sueltas esos son los precisos términos. Entonces, por ejemplo, el jueves oigo llegar desde los bancos vacíos la voz de una chica que está sola en uno y trenza mechones largos de pelo muy negro como plumas, y a veces mira un cuaderno que tiene al lado porque está estudiando en voz alta, tan anticuada, cándida y soberana en el jardín público. Cruzo aprisa sin darme cuenta de que llevo un vaso y al llegar se habrá vaciado, quizá tampoco había un vaso sino solo el gesto pedigüeño de la mano. Pero al llegar estaba él, tan quieto que solo él se movía.

(1) Into English: Poems, Translations, Commentaries, ed. Martha Collins and Kevin Prufer, 2017. [ Literary hub, http://lithub.com/what-we-can-learn-from-multiple-translations-of-the-same-poem/]

Pueblo de la memoria y el bote blanco

«Rocas de Jávea y el bote blanco», 1905 (Museo Thyssen, Málaga)

He tropezado con el titular: «El hijo de un ministro de Franco reclama mil metros cuadrados de playa en Xàbia». Porque esa extensión de «playa de piedra tosca», rocas de Jávea, pertenecía a la casa que su padre construyó, eso dice el periódico, y por eso he vuelto yo a mis propiedades de Jávea e incorporado el yacimiento de época romana que se halló luego en mis bienes de la Punta del Arenal, con la renta de rocas y mar de Jávea que pintó Sorolla. «Jávea sublime, inmensa», escribe en una carta a su mujer al llegar por primera vez en 1896, deslumbrado, él, que venía del aire de Valencia. Fui a Jávea con mi madre en 1968 y la transposición de los números cifra apenas una seña de mi incumbencia en el pintor, que regresa en 1898, 1900 y 1905; nosotras también volvimos.
«¿Te acuerdas de Jávea?», le pregunto a veces a ella, porque repetir asegura lo sabido y la vida común, porque su fortuna se disipa sin remedio pero si consigo que se fije en la playa de Jávea nos habré librado hoy de ser las más pobres de las mujeres. Ella viajaba enferma, yo tenía cinco años y dos grandes maletas que vigilé en Chamartín. Hubo un tren nocturno en Abando y un tren de Atocha a Valencia, el punto de la Tierra más próximo al Sol y el más alejado de Bolueta. Caelum, non animum mutat, qui trans mare currit, quien corre allende los mares muda de cielo para robar aliento. Semanas felices de Jávea. También hay un bote blanco en la estructura narrativa de mis posesiones  como demuestra la única fotografía pequeña, perdida en alguna caja de galletas que no tengo, donde se nos ve posando en blanco y negro junto a una barca en la arena. Mi madre, delgada como un tallo, lleva un traje de baño oscuro y espeso, mi madre lleva pañuelo y gafas negras de ojos de gato y yo visto una braga que recuerdo azul. La luz abundante, el agua mansa, el amor trémulo de las madres delgadas. Mis pertenencias en Jávea son tenues pero aún poderosas. Tengo a Sorolla, que nos pintó y halló.

Memory Town
In each one of you I paint.
I find.
A buried site of radioactive material.
You think 8 miles down is enough?
15 miles?
140 miles?
(Anne Carson).

Sutiro

Oreja de mar, haliotis o abulón. De «característica forma auricular» y vientre nacarado muy vistoso. Algunas perforaciones respiratorias le sirven para expulsar el agua y aferrarse mejor al sustrato.

Al mar, al mar. «Al mar» es el primer poema de Ventanas altas. De todas las excursiones felices la más feliz es el mar: «the miniature gaiety of seasides», el regocijo iluminado de las playas infantiles colmadas. Vuelvo a la playa en los permisos del otoño y hoy he llegado pronto, con el vaho que barría la arena vacía mientras yo buscaba los sonidos perdidos en el hueco de la mano, sutiro de los veranos. Sutiro nació en Autoridades (1), que lo daba en su letra por gala de alguna parte de la Andalucía y duró hasta la edición de 1822. Desapareció luego, por insignificancia o desuso, volvió a las nieblas de la región y ya no consta más; no figura en el Vocabulario de Alcalá ni se descubre en el Atlas, tampoco está en el Tesoro de Alvar: si alguien la dirá o recordará aún de su casa aprendida, si se ha perdido; si nunca existió, triste fantasma lexicográfico hijo solo del error de la letra y fruslería que alimento a porfía. Para qué sirve una palabra que solo entiendes tú, una palabra privada cuya concha está vuelta sobre la oreja de quien la pronuncia, la tetera de Carelman, cuyo pico mira al asa y es imposible por inútil. Una palabra moluscular desnuda y agonizante a falta de vehículo, sepultada en la cascarilla de las ensimismaciones. Me he acordado de Egor, el gigante de Cartarescu, y del nautilo del que brotan los sueños. Me he acordado de que todo el desarrollo de la especie descansa en su capacidad de producir sonidos. La playa toda es la oreja y el aire silba en la boca de las botellas que deja el agua.
Al llegar al agua, desnuda y torpe, el verano aún ocurre. (2)

(1) SUTIRO. s. m. El ruido, que forma el oído apretándole con la palma de la mano. Es voz usada en parte de la Andalucía. Lat. Auris susurus. (RAE, Autoridades, VI, 1739)
 
(2) The white steamer has gone. Like breathed-on glass 
The sunlight has turned milky. If the worst 
Of flawless weather is our falling short, 
It may be that through habit these do best, 
Coming to the water clumsily undressed 
Yearly; teaching their children by a sort 
Of clowning; helping the old, too, as they ought.
(Philip Larkin, «To the sea»; últimos versos).

El buceador

Septiembre de 2017, domingo

Septiembre hace acopio de oscuridad y frío, trabajos de septiembre. La foto enseña que el que pasea ve la última farola del puerto encendida pero la foto no sabe que el espigón sigue después antes de tirarse al mar para llegar más allá, a los reflejos y a la cinta de candiles a lo lejos. Sabemos que hay también una montaña pero en la foto no se notan los andares lentos y grandiosos del hielo, ni la nieve que el viento remueve en las frentes, no se oyen las ruidosas voces del iceberg (1). En la foto no suena el vaivén de esquilas de los barcos amarrados que sueñan intranquilos con los naufragios de septiembre.

Cuando llego por la mañana oigo la música del Book desde lejos: Javi cada vez más juvenil, me digo; se está quedando sordo, se me ocurre después mientras le miro y me bebo el café. Cuando llego por la mañana entro en la oficina de Mariana, que me recibe con el morro torcido; se le va poniendo la cara de esa forma en que se guardan los pañuelos para que conserven graciosas las arrugas, pienso mientras negociamos. El día se abre y comienza a correr el curso en el que nos bañamos, por eso me traigo de nuevo a la cabeza al buceador de los diarios de Piglia. El buceador es el cuento que se llama «El nadador», apenas cuatro páginas del primer tomo y casi lo que mejor recuerdo de ellos. Está dicho en primera persona, me llaman el Polaco: «Me dicen el Polaco porque tengo los ojos azules y el pelo rubio, casi blanco; duermo en cualquier lado y vivo de lo que encuentro en el mar». Hay un barco hundido a unos tres kilómetros mar adentro y dicen que quien se mete en él descubre algo que no podrá olvidar. El polaco llega al barco y se sume en el curso del barco, como Mariana y yo en la oficina, como Javi en el bar. Entra por una escotilla y ha de salir varias veces porque le falta el aire, sangra por la nariz. Al final encuentra lo que cree un cuerpo pero es solo un trapo, una chaqueta; la registra, en un bolsillo hay una moneda rara, es un dracma. «Puede ser que me traiga suerte. Necesito un poco de suerte. No me vendría mal». El cuento acaba así, con frases ligeras, porque el buceador no es un héroe a pesar de la sangre en las orejas y de que el buceador sea el cuento autónimo de todos los cuentos en primera persona.

Estos días había en los periódicos muchas cosas sobre Ashbery y he pensado en el libro de Ashbery que registré a medias a causa del aburrimiento y de la soledad de la incomprensión. Oí a Ida Vitale contar cómo empezó a aficionarse a la poesía a partir de un poema de Gabriela Mistral que, por niña, no entendía, pero que unos años después comprendió. «Elogio de la poesía que no se entiende», he leído, porque alguna vez en tu vida brilla como un dracma y se enciende como las lámparas de los puertos, venía a decir. Elogio de la oscuridad, porque es el elemento en el que incomprensiblemente flotan los barcos y porque hay más llanto en el mundo del que puedes comprender (2).

(1) Cuando Richard Henry Dana encuentra los icebergs al doblar el Cabo de Hornos, descubre maravillado lo que las representaciones que alguna vez ha visto no han podido captar, «porque el cuadro es incapaz de comunicar su principal belleza y grandiosidad: su movimiento lento y majestuoso, los remolinos de la nieve en sus cimas, los gruñidos y chasquidos tremendos de sus volúmenes» (Dos años al pie del mástil, 1840; en Relatos del mar, selección y traducción de Marta Salís, Barcelona: Alba, 2016).

(2) Come away, O human child!
To the waters and the wild
With a faery, hand in hand,
For the world’s more full of weeping than you can understand.
William B. Yeats («The stolen child», 1886).

Tarde de San Bartolomé, muy tarde. («El centro está en los agujeros», y 2)

1. Una especie de tela que te deja ver por ella. («Net is a kind of cloth that you can see through», Collins English Dictionary)

 

2. Plumas de pocos inviernos

 

3. Vuelven los barcos sin vela. («Cuando no tengo gana de hilar, echo mi huso a navegar»)

 

4. «La que por San Bartolomé no vela, nunca hace buena tela»

 

5. Queda luz en algún sitio y se llama «el puerto»

 

6. «Hacíame cuando hablaba ciertos candiles muy bellos». (Queda luz en algún sitio y se llama «los niños de Matías y Sophie, en el bar»)