1960, el Pasaje

Hay otras fotos, están las de la pared que no puedo coger sin que se note. En una gateas entre las hierbas altas, con el ceño fruncido y el sol de mayo en la cabeza pelada. Está la que te tiene Lola, ella con pañuelo y delantal y tú con esparadrapos en las rodillas. Hay esas fotos descoloridas que se va comiendo el sol de la sala por las tardes, el sol se alimenta de huellas tiernas y trabajos delicados, así engorda el sol su bola de brasas. He elegido la del Pasaje porque me era más fácil, por «la conmoción interna» y porque nos divertía el berrinche, el genio temprano e inútil.

Los días geniales del título son los «días alegres, días de recreo», como los que se celebran cada año por el del nacimiento, según explica Covarrubias. Lo más importante que nos pasa es que nacemos. He leído ese libro a tu vera otros días no hace tanto para pasar el rato. «Son tan raros los días de contento…», con estas palabras comienza (1). Es la edición de dos tomos en octavo a cargo de Jean-Pierre Etienvre y no tengo muchos libros tan bonitos. El prólogo explica el latinismo lúdicros, hoy insólito pero regular: de ludicer, que es el adjetivo de ludus y viste la misma desinencia de las rosas volucres de Pessoa, las flores aladas que solo comen luz. Guillermo me ha parado para enseñarme a su nieto y yo le he acariciado los pies; jugar con los pies de las criaturas da mejor calor que todo el fuego del sol.

En el Diálogo cuarto, don Fernando se admira de los días que llevan hablando de niñerías y sin cansarse. Don Diego responde «que con la memoria de las cosas de la niñez nos rejuvenecemos» y Fernando añade que «tienen no sé qué de gusto escondido que no se halla en otras ningunas», «porque aquel buen tiempo no puede ocurrir a la memoria sin el gusto de que le acompañamos, tan sin mezcla entonces de pesar». Tan olvidado el pesar o tan ligero a nuestros ojos. En Barthes por Barthes también hay algunas fotos del pequeño Barthes. De la que luce un gran sombrero de paja y amplios calzones para guardar el pañal, dice que él empezaba a caminar y Proust terminaba de escribir La recherche: «De mi pasado es mi infancia lo que más me fascina: solo ella, al mirarla, no me hace lamentar el tiempo abolido. Pues no es lo irreversible lo que en ella descubro, sino lo irreductible: todo lo que está todavía en mí, por acceso; en el niño leo a cuerpo descubierto el reverso negro de mi mismo, el tedio, la vulnerabilidad, la aptitud para las desesperaciones (afortunadamente plurales), la conmoción interna, cercenada desgraciadamente de toda expresión» (2).

La foto que querría poner es una en la que estás sentado en las escaleras del convento mirando la calle pasar; dentro, las monjas bisbisean en las sombras de los cuartos y en las noches interminables de los corredores. Esa foto me la contaste una vez aunque nadie la sacó, no se la comerá el sol.

(1) Rodrigo Caro, Días geniales y lúdicros, ed. de Jean-Pierre Etienvre, Madrid: Clásicos Castellanos, 1978.
(2) Roland Barthes, Roland Barthes por Roland Barthes, Barcelona: Paidós, 2004, p. 38.
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12 comentarios en “Días geniales y lúdicros

  1. Ese niño llora, por que está muy limpio, muy de domingo.
    Ese niño quiere jugar o hacer sexo, como todos los niños a esa edad, y ahí se le ve muy sólo.
    Por eso protesta, como un buen político.

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