Gaviotas reidoras. (Febrero de 2018)

Suele haber una bandada de gaviotas reidoras cerca cerca del río Mantilla. Ríen las gaviotas porque chillan, ríe el alba porque la luz brota, las costuras porque rompen y el agua que corre porque canta, aunque en Letona el agua que ríe es la que rebosa. En la antología de poesía de montaña, tan empapada de arroyos fríos que saltan entre las peñas, he hallado enseguida un «reidor regato» y un «regajo [que] canta/ parlero y bullidor». Su poeta es el desconocido Antonio Andión, otro de los que en ese libro llevan en la fecha de la muerte una pregunta (1883- ?). «La risa es el sexo del alma», dicta un aerolito de Carlos Emundo de Ory que entiendo bien. También tenía en el cuaderno una cita de Novalis; no sé de dónde la he sacado, solo cuánto conviene: «Si no puedes hacer de tus pensamientos objetos externos, entonces haz de los objetos externos pensamientos».

Las gaviotas reidoras son más pequeñas y gráciles, más blancas y con las puntas de las alas muy negras. Estas semanas he visto cómo iban tocándose algunas con la capucha negra del plumaje de verano, las otras llevan aún los capacetes del invierno y junto al ojo el lunar de donde sale toda esa oscuridad. En Un antropólogo en Marte, Sacks contaba la historia del pintor que se queda sin colores a causa de una herida en la cabeza. Fue un accidente y después el señor I. tiene que vivir en un terrible mundo de plomo y ni siquiera le compadecen lo suficiente: «Has perdido la visión del color, bueno, ¿y qué?». Podría haber resultado gravemente mutilado, podría estar muerto. Muertos y grises a su alrededor los objetos y los cuerpos, sucios y falsos, el señor I. cerraba los ojos cuanto podía y recurría al recuerdo y a los alimentos blancos y negros, yogur y arroz, aceitunas negras, café. Pero pasó el tiempo y el señor I. volvió a mirar y a pintar; sus cuadros blancos y negros le gustaban, tuvo éxito. Siguió lamentando su quebranto, pero llegó a apreciar la mayor agudeza en el enfoque que había obtenido a cambio, la riqueza de las texturas y otras ganancias sutiles. No hay mal que por bien no venga y si me quebré un pie por mi bien fue. Lo cierto es que el señor I. se acostumbró y vivió porque se vive sin muchas cosas, más vale no pensar en cuántas, el color también podría ser una de ellas.

Las gaviotas reidoras estaban siendo el objeto externo y hoy he vuelto a verlas en su sitio de siempre, mirando al agua. No sé si van a quedarse aquí en la playa, con sus cabezas de café y aceitunas negras, o vuelven a los nidos de Finlandia en marzo, por la primavera.

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6 comentarios en “Una herida en la cabeza. (Las gaviotas reidoras)

  1. Me ha gustado que las gaviotas vayan tejiendo el discurso, que cuando crees que se va, vuelven con el las gaviotas a ponerlo en su sitio. O sea que son finesas. Las voy a mirar con otros ojos.

    1. No te fíes de mí, Perri. Lo he leído por ahí y me ha parecido bien, pero no tengo ni idea. Otros nos años no me había fijado en ellas y este las he visto ir cambiando las cabecitas, me ha afectado. Son muy bonitas.

  2. Siempre que veía las gaviotas en la playa de mi pueblo, pensaba en que eran sanguijuelas acercándose al árbol que mejor sombra da.
    Revoloteando los barcos de pesca cuando hacen limpieza de los depósitos de cebo, o cuando están en bajura con la red pequeña para llenarlos antes de salir a la faena.
    Buitres blancos que emiten un sonido desagradable.
    Pero luego cuando sopla fuerte el norte y mar se pone gris, la sutileza de su perfil enfrentado al viento me reconcilia con ellas.
    Por aquí las veo pelearse en el Lac Ribou con las parejas de patos azulones, por su comida, aún estando a unos 50 kmts del mar, pero ellas se vienen por la ruta de la Loire, desde Saint Nazaire.
    Edmundo de Ory y su Metanoia.
    Cambios de opinión.

    1. “Pero luego cuando sopla fuerte el norte y mar se pone gris, la sutileza de su perfil enfrentado al viento me reconcilia con ellas”.
      Es verdad, da gloria mirarlas.

      Estas que llaman reidoras son pequeñas y parecen menos fieras que las otras. Aquí también llegan muy adentro, he leído que hay gaviotas reidoras ¡en Zaragoza!

  3. Las gaviotas reidoras se estarán mofando de alguien con acromatopsia, de que le han comido la merienda a alguna paloma o, directamente, de que se han merendado a alguna paloma. Mi primer recuerdo de las gaviotas consiste en agarrar fuerte un cuco recién pescado para que no se lo comieran. No sé si me lo dijeron en serio o me estaban tomando el pelo, pero me lo tomé a pecho. Aún recuerdo la grima que me dio meter los dedos en las agallas con el bicho vivito y coleando.

    Los de la SEO dicen que «la reidora (…) se desplaza hacia el sur de sus zonas de cría para pasar el invierno en zonas como la Península Ibérica, Turquía o el norte de África, que constituye, junto con Canarias, el límite meridional de su distribución invernal. La población europea durante el invierno se ha estimado en un número superior a los cuatro millones de individuos, distribuidos de forma irregular por el continente, con máximos en el Reino Unido y Francia; en nuestro territorio, los datos existentes apuntan hacia una población invernante cercana al medio millón de aves. Hay datos de individuos anillados en Europa y recuperados al otro lado del Atlántico en Barbados, México y Canadá». Y, además, las muy jodidas conocen Finlandia. Me ha encantado el texto, Proc.

    1. JAJA, así que peleando con las gaviotas por un cuco, ¡eso es la lucha por la vida! Me parece que el cuco es lo que en mi casa llamaban arringorri, un señor pececillo cabezón en tu conciencia. (Ves, por eso te acuerdas). Los años que estuvo cerrado el puerto por las obras decían que, a falta de barcos, las gaviotas habían enloquecido, que entraban en las cocinas de las casas y robaban la comida de los platos. 🙂 Es el primer invierno que veo estas en la playa, por lo menos es el primero que me fijo en ellas. Que vuelven en primavera a Finlandia, de donde emigran, lo leí en Naturgate y me gustó pensarlas así de guiris.

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