He visto las palmeras al pasar. «Vivir es ver pasar», dice Lapesa por disputar con la frase de Azorín, «Vivir es ver volver» (1). He visto las palmeras al pasar porque miraba el verdín de las baldosas y el musgo lujoso de las cortezas velludas, los troncos que llaman estipes, como los arquitectos a las columnas, y capitel al engrosamiento del que surten las palmas; palmeras como la columna de San Baudelio y el palmeral de herraduras. En los huertos de entre calles hay ejemplares muy altos que han sobrevivido a ventas y demoliciones sucesivas; a veces las casas nuevas heredan una palmera vieja que hace la vez del santo venido de otra tierra. Las que digo son las del paseo de siempre, solo mi reconocimiento es nuevo: «Nuestra comprensión de las palmeras ha mejorado mucho en los últimos treinta años», dice Wikipedia; eso parece. La familia numera los géneros por cientos y las especies por miles, leo, y hago de la caminata oficio de verlas y contarlas. Compruebo los jardines que crían entre las leñas de los troncos rocosos, las reservas de hierbas y helechos, las lianas de zarza y los arbustos equivocados que cuelgan de las copas y se enredan con las palmas secas; verifico la muerte polvorienta de las palmas viejas, sin oros ni bronces, sin el fuego y la fragua del otoño de los plátanos y los chopos corrientes del parque. Registro por fin las sinuosidades de los torsos que traslucen episodios de sufrimientos fisiológicos particulares, palmeras personales y mayúsculas como las iniciales de los seres únicos.
Un jueves me pongo a contárselo a Juan en el patio: «Alto soy de mirar a las palmeras», recita solemne desde su poca talla. Lapesa también era un hombre bajito. He leído de un tirón las Generaciones y semblanzas (2), recuerdos fúnebres de maestros y amigos, hombres y mujeres ejemplares como hileras de palmeras de otro tiempo. Giner de los Ríos advirtió al joven Américo Castro: «Américo, usted que es tan inteligente, ¿cómo no se quita ese acento provinciano?». Don Américo renunció al «silbo de afirmación en la aldea» del acento granadino y ejerció a su vez un «magisterio integral», explica el discípulo entre dos sucesos. Uno, cuando en 1930 Lapesa ganó las oposiciones a Cátedras de Instituto: «Bueno, usted no cobrará comisión por los libros de texto, ¿verdad?». Otro, cuando después, en Princeton, Castro le descubrió la corbata roja y los calcetines verdes y le corrigió igual de severamente la normativa indumentaria. El hilo negro obituario cose la larga procesión de pérdidas que es el libro hasta el final, que mueve a risa porque la muerte es cómica de tan tenaz; altiva y distraída también, la muerte se deja al pasar la limosna de luz de las pequeñeces anticuadas.

(1) En «Justina Ruiz Conde. Adiós a la Asociación Española de Mujeres Universitarias» (1992).
(2) Rafael Lapesa, 1998: Generaciones y semblanzas de filólogos españoles. (Generaciones y semblanzas de claros varones y gentiles damas que ilustraron la Filología hispánica de nuestro siglo). Madrid: Real Academia de la Historia.

 

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6 comentarios en “Las palmeras al pasar

  1. Pues esta foto te ha salido bien Procu.
    Como un cuadro con su punto de fuga a infinito.
    De lo otro mi opinión no vale con una Reyna de las teclas…

    1. «Pues esta foto te ha salido bien Procu». ☹ Te voy a dar una colleja, verás. Quería ponerte otra que tengo, que es la que más me gusta y seguro que a ti no porque es muy piojosa; en el mensaje de correo me deja y aquí no se ve, qué chasco.

  2. El pasado verano en Portugal vi bastantes palmeras muertas. Las más recientemente fallecidas conservan aún las palmas, que cuelgan lacias como un plumero viejo. Pero sorprenden más las que llevan muertas mucho tiempo, pues se les han desprendido las palmas y sólo queda un tronco alto y desnudo, como una columna. Es raro.

  3. Me has hecho pensar en si estarán enfermas estas, que ni se me había ocurrido. Ximeno y Verle han hablado alguna vez de la famosa plaga de picudo rojo.

  4. Sí, Proc, es mortal de necesidad. Cada semana una palma se seca y pierde consistencia quedando marchita y colgante, como dice Perroantonio. Incluso las palmas jóvenes del cogollo central. Da tristeza.

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