Septiembre de 2017, domingo

Septiembre hace acopio de oscuridad y frío, trabajos de septiembre. La foto enseña que el que pasea ve la última farola del puerto encendida pero la foto no sabe que el espigón sigue después antes de tirarse al mar para llegar más allá, a los reflejos y a la cinta de candiles a lo lejos. Sabemos que hay también una montaña pero en la foto no se notan los andares lentos y grandiosos del hielo, ni la nieve que el viento remueve en las frentes, no se oyen las ruidosas voces del iceberg (1). En la foto no suena el vaivén de esquilas de los barcos amarrados que sueñan intranquilos con los naufragios de septiembre.

Cuando llego por la mañana oigo la música del Book desde lejos: Javi cada vez más juvenil, me digo; se está quedando sordo, se me ocurre después mientras le miro y me bebo el café. Cuando llego por la mañana entro en la oficina de Mariana, que me recibe con el morro torcido; se le va poniendo la cara de esa forma en que se guardan los pañuelos para que conserven graciosas las arrugas, pienso mientras negociamos. El día se abre y comienza a correr el curso en el que nos bañamos, por eso me traigo de nuevo a la cabeza al buceador de los diarios de Piglia. El buceador es el cuento que se llama «El nadador», apenas cuatro páginas del primer tomo y casi lo que mejor recuerdo de ellos. Está dicho en primera persona, me llaman el Polaco: «Me dicen el Polaco porque tengo los ojos azules y el pelo rubio, casi blanco; duermo en cualquier lado y vivo de lo que encuentro en el mar». Hay un barco hundido a unos tres kilómetros mar adentro y dicen que quien se mete en él descubre algo que no podrá olvidar. El polaco llega al barco y se sume en el curso del barco, como Mariana y yo en la oficina, como Javi en el bar. Entra por una escotilla y ha de salir varias veces porque le falta el aire, sangra por la nariz. Al final encuentra lo que cree un cuerpo pero es solo un trapo, una chaqueta; la registra, en un bolsillo hay una moneda rara, es un dracma. «Puede ser que me traiga suerte. Necesito un poco de suerte. No me vendría mal». El cuento acaba así, con frases ligeras, porque el buceador no es un héroe a pesar de la sangre en las orejas y de que el buceador sea el cuento autónimo de todos los cuentos en primera persona.

Estos días había en los periódicos muchas cosas sobre Ashbery y he pensado en el libro de Ashbery que registré a medias a causa del aburrimiento y de la soledad de la incomprensión. Oí a Ida Vitale contar cómo empezó a aficionarse a la poesía a partir de un poema de Gabriela Mistral que, por niña, no entendía, pero que unos años después comprendió. «Elogio de la poesía que no se entiende», he leído, porque alguna vez en tu vida brilla como un dracma y se enciende como las lámparas de los puertos, venía a decir. Elogio de la oscuridad, porque es el elemento en el que incomprensiblemente flotan los barcos y porque hay más llanto en el mundo del que puedes comprender (2).

(1) Cuando Richard Henry Dana encuentra los icebergs al doblar el Cabo de Hornos, descubre maravillado lo que las representaciones que alguna vez ha visto no han podido captar, «porque el cuadro es incapaz de comunicar su principal belleza y grandiosidad: su movimiento lento y majestuoso, los remolinos de la nieve en sus cimas, los gruñidos y chasquidos tremendos de sus volúmenes» (Dos años al pie del mástil, 1840; en Relatos del mar, selección y traducción de Marta Salís, Barcelona: Alba, 2016).

(2) Come away, O human child!
To the waters and the wild
With a faery, hand in hand,
For the world’s more full of weeping than you can understand.
William B. Yeats («The stolen child», 1886).
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