«Las horas situadas» es la segunda parte de Cántico, inscrito como exergo el verso de Fray Luis: «Da el hombre a su labor sin ningún miedo / las horas situadas». Mientras se me cae de las manos el libro de Guillén ha salido de él un pedacito de cartulina amarilla con la letra más infantil de Diego que me recuerda a la de mi madre; pone: «PATI ra pido». Miro con aprensión los nombres que salpican las líneas avisando del aguacero que viene, la onomástica debida por situada y la adeudada al silencio en el galimatías de las horas y el azote meridiano. Es el demonio del mediodía en el semicírculo mayor del esferoide de la vida; Sloterdijk lo ha mencionado en una ocasión y he leído el artículo de Miguel Siguán [1]. Apenas un espectro léxico, un error en la traducción de la Vulgata que devino mención ritual, líbranos de la saeta que silba en la noche y del saqueo del demonio a pleno sol: «a sagita volante in nocte, ab incursione daemonio meridiano». Cómo rezar cuando la modorra devora la alegría y las alabanzas divinas se ahogan en la desgana del bien y en la tristeza. Siguán resume la pena del monje como aburrimiento: entre la desmesura de la juventud y la desesperación de la vejez el hastío de la madurez no es infierno pequeño.

«Hay que preferir el infierno real al paraíso imaginario», repito la frase de Simone Weil recién encontrada. Sloterdijk cierra con ella el apartado sobre el arte de la privación, una historia del espíritu escrita en el cuerpo enteco del artista del hambre de Kafka, aquel que «oculto en la paja de su jaula batía récords de los que nadie se percataba». El hambre voluntaria es lo contrario del padecimiento de una carencia, es la naturaleza vencida en su propio terreno, dice Sloterdijk, es una forma de poder. Anne Carson también dedica el tercer acto de Decreación. Opera en tres actos a Simone Weil. Carson afirma en una acotación que ella no quería ser mujer, que solo quería desaparecer. Entre los parlamentos de sus padres y los del Coro del Vacío formado por diez bailarines de claqué transparentes, Carson hace decir a Simone que «la imaginación que rellena el vacío es una mentirosa», que «cada vacío no aceptado produce un odio amargo» y que «no ejercer el poder es soportar el vacío». Son las horas del demonio de la acedia y hace tiempo que el tren de mediodía se descarga en los baldíos de Hadleyville, desde mi pupitre sigo suplicando interiormente: «Solo toma mi tomo y ponlo a la cola de tus tareas, Gary Cooper, por favor».

[1] Miguel Siguán, «Sobre el demonio meridiano y el pecado del aburrimiento», El Ciervo, 1986, 417, 13-14, pp. 180-184.

4 comentarios en “El demonio meridiano

  1. Procu: Fue Simone Weil la que planteó el término 'decreación' [décréation] en su pensamiento filosófico, tomando el concepto de Péguy.
    Anne Carson se aprovecha (literariamente) de él sin entrar en consideración de si le sirviera también para Safo o Marguerite Porete, además de la Weil.

  2. Me faltan muchas lecturas, cierta cultura, y aún más me faltan las conexiones neuronales necesarias para entender tus escritos serios.

    1. A ti no te falta de nada, oiga. Que yo tampoco me entiendo y me aguanto, pero lo leo y me acuerdo. Sirve para eso.

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