El mimbre

Mike Hall, «Tea in the shadow».
Mike Hall (1937-), pintor inglés vivo: «Tea in the shadow». Corazón, ayer sonoro, ¿ya no suena tu monedilla de oro?
Mike Hall (1937-), pintor inglés vivo. Tu alcancía, antes que el tiempo la rompa, ¿se irá quedando vacía? (Proverbios y cantares, XXXI)

Estos cuadros de casas al sol con el árbol que deja caer el dinero del sol por los agujeros del follaje, estos cuadros que dicen «¡Doblones, doblones, doblones!», que es lo que el loro de John Silver gritaría, el loro de la alegría. «Aquí, el tesoro», pone en el mapa con letras más pequeñas; aquí, bajo el árbol colosal cuya sombra habría podido cobijar a todo un regimiento novelesco, el tesoro. Al principio y al final del libro de las tierras legendarias, Eco distingue los ilusos lugares de la leyenda de aquellos otros señalados por la verdad novelesca, que lo es gracias a la seguridad y a los límites del pacto literario.

El árbol colosal que pienso ahora es un ligero mimbre legendario, porque Bego dijo que junto al portal de casa había un árbol y era un mimbre, pero no recuerdo haber oído nunca en casa precisar la clase. Según Camus, la desnutrida memoria de los pobres carece de puntos de referencia; y pierde interés por las especies improductivas, añado yo sin verdadera convicción, dado que Bego sí se acuerda. Lo que ella no explicó es por qué teníamos un árbol que no daba higos, manzanas o uvas, un árbol para nada. Tal vez una mimbrera basta para tejer las cestas de una familia, como una gallina le provee de huevos y con una vaca verdadera tienes la leche y el amor de Cordera para tus huérfanos, encuentro ahí la razón de ser de ese árbol de ribera, y que las riberas y la brisa son más antiguas que las familias.

Los lugares legendarios, a diferencia de los novelescos, suscitan nuestra credulidad y vamos a buscarlos. Se sentaban a coser debajo del mimbre, dijo Bego. Entonces empiezo a componer la figura del mimbre y es tan segura que algunas tardes lo he visto cimbrearse con el aire de septiembre. El mimbre es ahora la más viva de las postales de esa casa y de los demás restos del humo de un coche que se aleja y ya se ha ido. Repaso otros árboles y, entre los que antes llegan, escojo el tilo que se llevó la excavadora, los castaños que ahogó la riada y el nogal de La carga, nacido del puñado de nueces que llevaba en el bolsillo el soldado cuando cayó muerto.

Alfonso Reyes («Marsyas o del tema popular», 1941: 52) pone la literatura popular bajo el signo de Marsyas, el sátiro que acabó colgado de un árbol según algunas tradiciones: por la música que el viento arranca en las frondas, «Marsyas es «el árbol que canta», dice Reyes. Sin embargo de lo cual, en mi traducción de las Metamorfosis, Marsyas castigado se lamenta: «¡Ay! Me arrepiento, ¡ay!, la flauta —gritaba— no vale tanto».

Borondón. (La navegación)

Abraham Ortelius, Theatrum Orbis Terrarum, 1570. La isla S. Brandain aparece en la latitud 50º norte, meridiano 360, frente a las costas de Irlanda. [https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=6872417]

«Se canta lo que se pierde», y es el caso. Sería también la fuente, la fuente que vuelve con unos versos eliminados de la segunda edición de Soledades: «… en ti soñar y meditar querría, / libre ya del rencor y la tristeza…». La fuente, que es el libro de Umberto Eco (1) cuando resume la Navigatio sancti Brandani (XI). Brandán visitó muchas islas: la de los pájaros, la del infierno y el peñasco donde está Judas encadenado; la isla que no lo es, sino un terrible animal llamado Jasconius, no cabe imaginar hallarse en peor isla que la espalda de un monstruo, me digo. Sin embargo, después de siete años de aventuras y fatigas, los monjes arribaron al edénico lugar que llamaron «de los Bienaventurados». Dice Eco que en el Renacimiento aún se creía firmemente en su existencia. Eco piensa en lugares legendarios; yo, en mi amiga Inés. Mi amiga Inés figura en los mapas medievales, aunque no siempre en el mismo sitio: primero está junto a Irlanda, luego más al sur, a la altura de las Canarias. La isla se aleja cada vez más en nuestras representaciones, en el siglo XVI vaga por el mar hacia occidente y se acerca al ecuador; para entonces ya se le había asignado el nombre de Isla Perdida, Insula Perdita. Honorio de Autun (1080-c. 1153) la describió como la más feliz de las islas: «Hay en el océano una isla llamada Perdita, la más hermosa que hay en la tierra por su amenidad y fertilidad, y desconocida para los humanos. Y cuando se encuentra por casualidad, luego ya no se vuelve a encontrar, por eso se llama Perdida».
En el siglo XIV, Pierre Bersuire habla en los mismos términos de las islas Afortunadas, llamadas así «porque solo se encuentran por casualidad y fortuna, pero si luego se quieren volver a encontrar, ya no se encuentran». Un «útil de fortuna» es una herramienta no elaborada como tal o deliberadamente, sino que adquiere forma y función por accidente. Es la piedra aquella que nos enseñó Pedro en el monte y eso también lo querría ahora cantar, porque soy el papagayo verde que todo lo pierde. Aún me gustaría añadir el dato fundamental de que cuando, el 4 de junio de 1519, Manuel de Portugal renunció con el Tratado de Évora a sus derechos sobre las islas Canarias, la isla Perdida o Escondida fue incluida con todas las letras en la resignación ilusa.
Mientras tomo con tanto rencor como pena estos apuntes para una teoría geológica de la amistad perdida, considero fríamente la deriva de los continentes, la expansión de los fondos oceánicos, las migajas litorales y la rabia de los maremotos; que en las Bermudas las cenas están de aviones y de barcos llenas, y que hay reinos que se hunden mientras en los pantanos secos asoman los campanarios cada agosto al sol. La duna gatea por las escaleras de la playa y corre por el parque en invierno, me digo; tal vez la Atlántida es ahora solo una parte indistinguible del desierto. El viento, los minerales. No los remedia el teléfono, no es culpa de nadie.

(1) Umberto Eco (2013), Historia de las tierras y los lugares legendarios. Barcelona: Mondadori, pp. 153-157.

Ferretería

Ferretería Guinea (1). Fecha desconocida. Autor: Enrique Guinea Maquíbar. Archivo Municipal de Vitoria.

Ferretería Guinea (1). La foto de la ferretería Guinea es obra del fotógrafo Enrique Guinea Maquíbar, uno de los dos hermanos Guinea dueños de la ferretería. He leído que se dice que él mismo llegó a fabricar algunas de las cámaras que utilizaba.

Hay dos fotos de la ferretería. Esta es la ferretería de porcelana y cristal, la de los platos y las lámparas, los orinales y las soperas, una ferretería sin clavos ni llaves, tenazas o pestillos, una ferretería sin trabajo ni grasa y que solo produce bienestar. El sueño de la abundancia o mera avaricia, el sueño del diccionario.

Mercado de Tlatelolco. Leo una cosa de Jens Lüdtke (2004) sobre los géneros de mercadurías del mercado de Tlatelolco, que Hernán Cortés (1520) describe poniendo en palabras españolas los animales, plantas y objetos mexicanos. «El lenguaje engañosamente familiar encubre una realidad extraña», dice Lüdtke al contemplar entre los linajes de aves las gallinas de la tierra o guajolotes y tantas pavas desconocidas, aves extrañas así vestidas con los pobres nombres de la patria lejana y pequeña. Nombres estrechos e insuficientes, gallinas disfrazadas.

Para su felicidad. El glosario que hay la final de los Cuentos de la selva de Horacio Quiroga es un breve tesoro de exotismos, numerario de plata y oro, no simple dinero de papel. El joyero de los animales de la selva misionera guarda, entre otros, un agutí que se parece a un conejo no siéndolo, carpinchos roedores, la yarará, el yacaré, la anaconda amarilla o curiyú: «Atrapan una enorme curiyú y la destinan al zoológico», dice una noticia de ABC del 24 de diciembre de 2009: «Según estimaciones, la boa constrictora mide aproximadamente 3.5 metros, no es tan vieja ni joven, y para su felicidad fue depositada en un estanque con agua donde había otra curiyú». Nombres tupidos de tigres y rutas, depositados en candorosas frases americanas para su felicidad y la nuestra.

Lapidar, confiar. El periodista le pregunta a Kapuscinski por qué lapidario, el periodista está pensando en lapidar y en la contundencia de la piedra o pedrada. Kapuscinski trata de explicarle que pensó en el lapidarium de los museos de fragmentos y pedazos de cosas rotas como los que deja el hombre con el hacha y otras situaciones breves, me digo; y que se explica, pero parece resignado. Ninguna palabra abre un camino lo bastante derecho o lo suficientemente estrecho, has de renunciar y has de confiar. Nombres que son llamadas.

Ferretería Guinea (2). La ferretería de las cajas de tornillos y arandelas es la ferretería específicamente gramatical. Pero esta segunda foto no es mejor por eso, sino porque en ella posan el regente y su cliente, y los agentes elocuentes en un número nunca inferior a dos son quienes definen a la ferretería viva.

Ferretería Guinea (2). Hacia 1912. Autor: Enrique Guinea Maquíbar. Archivo Municipal de Vitoria.

Déjame entrar

Salgo a la calle pero no puedo entrar. Lo que más se nota es el aire y los olores, olores como sopapos. Si pudiera entrar. «Déjame entrar», voy andando y mendigando. Me acuerdo de que Déjame entrar es una película de vampiros y me acuerdo de que Yolanda contaba que cuando volvía de trabajar sacaba a Alberto de la cuna y Alberto giraba la carita, Alberto desviaba la mirada. Autista, rencoroso, hijo de puta, déjame volver a entrar. Me cruzo con Emilio, que me saluda desde la bici. Duele como agujas el amor perdido de los camareros. Leo al principio de Kapuscinski cuando ve en Roma a los camareros, los ve por primera vez y le recuerdan a los artistas del circo soviético (1). Cerca del río Mantilla está la excavadora de siempre, parece confiada y segura de sí misma.

La excavadora por la mañana
La excavadora por la tarde
La excavadora por la noche
(1) «Por todas partes iban y venían camareros que trajinaban vasos, copas y tazas con una habilidad y un brío auténticamente juglarescos; en mi vida había visto yo cosa semejante, salvo una vez, en un circo soviético, cuando el prestidigitador sacó del aire por arte de magia un plato de madera, una copa de cristal y un gallo flaco desgañitándose» (Viajes con Heródoto, Barcelona: Anagrama, 2006, p. 22).

Radiolarios de domingo, radiolarios de diario

Puerta de Binet para la Feria Universal de París, 1900

Radiolarios de domingo. Los radiolarios son las criaturas marinas infinitesimales de las que supe por el libro de Humboldt (1); Ernest Haeckel, que descubrió su elegante simetría radial y los clasificó, era un joven admirador de Humboldt. Haeckel llegó a la playa de Sicilia huyendo de las paredes del laboratorio y a finales de marzo de 1860 había identificado más de cien nuevas especies, cuyos preciosos esqueletos de sílice dibujaba con la mano que le dejaba libre el microscopio. La puerta monumental de René Binet para la Feria Universal de París de 1900 sigue el diseño de un radiolario. Hay radiolarios coloniales y radiolarios solitarios, hay radiolarios de domingo y radiolarios de diario.

Ernst Haeckel, Kunstformen der Nature (1904). Plate 22. Spyroidea.

Radiolarios de diario: Unamuno. Dice Senabre en la introducción del tomo que la poesía fue para Unamuno una vocación tardía convertida pronto en quehacer habitual. De esa asiduidad lírica salieron los siete libros aparecidos entre 1907 y 1928 y el extenso Cancionero compuesto «a manera de un diario» entre 1928 y 1936: más de mil seiscientos poemas hechos de suspiros y pensamientos, recuerdos, exabruptos políticos, paisajes de los viajes y piedrecitas del camino, cosas de los días.
Radiolarios de diario: Perec. Los diarios de Lo infraordinario son las «Doscientas cuarenta y tres postales de colores auténticos». On Kawara se enviaba postales a sí mismo para decirse que se había levantado de la cama y también escribía telegramas: «I’m still alive». Szymborska tiene ese poema en el que explica que su hermana solo escribe postales, y yo guardo en los libros postales que llegaron de playas donde mi hermana escribía «hace mucho calor» y me mandaba besos. Mi hermana me preguntaría por qué leo un libro en el que un hombre pone lo que come cada día. «Primero lo ha apuntado, luego lo ha ordenado y después lo ha pasado a limpio», le respondería; no es fácil hablar con mi hermana. Creo que todos los alimentos enumerados y cuantificados de la «Tentativa de inventario de los alimentos líquidos y sólidos que engullí en el transcurso del año mil novecientos setenta y cuatro» fueron cuidadosa y verdaderamente anotados y no inventados, que el catálogo ha sido elaborado con la mano que no empuñaba el tenedor o asía la taza. Perec es el científico que descubre las civilizaciones invisibles y nombra las razas del zooplancton: «Un pastel de manzana, cuatro tartas, una tarta caliente, diez tartas Tatin, siete tartas de pera, una tarta de pera Tatin, una tarta de limón…», hay más tartas, aunque quizá no están todas las tartas puesto que se trata de un libro póstumo confeccionado con textos inacabados o porque se distrajo. Pienso en mi hermana y en los «siete de pollo con arroz y una gallina al puchero», sin suspiros ni reflexiones, sin axopodios opalescentes, pienso en la obstrucción deliberada como estímulo y causa oulipiana. Trabas son las esecillas de metal que sirven para contar las sílabas y asegurar botones; trabas también las recias maniotas de soga con que atar las patas de las bestias.

(1) Andrea Wulf, La invención de la naturaleza. El nuevo mundo de Alexander von Humboldt, Madrid: Taurus, 2017, pp. 371 y ss.

Strogoff, los caracoles

Hace solo unos días, por su aniversario, alguien recordaba el epígrafe que Perec puso a La vida: «Abre bien los ojos, mira», una cita de Miguel Strogoff de Julio Verne, según consta. Escribo la frase y echo cuentas de todas las figuras invitadas a mi modesto enunciado: el locutor que provisionalmente adopta la forma de persona ausente, cierto «alguien» embozado en mi desmemoria y descuido, el querido Perec, el imaginario Strogoff y el gran Julio Verne aparecen detrás de paréntesis sucesivos como tabiques o pasillos que el estilo indirecto levanta para entregar por fin una frase tan común y cualquiera. Por qué tanta absurda concurrencia o a qué santo traerlos, me pregunto. «Abre los ojos», cita luego el eco, y reparo también en que, si un simple Strogoff está diciendo toda la travesía de Siberia, la esforzada cadena de las demás menciones es la fe de las vidas mentadas y del insólito camino de las frases y de la lealtad a ellas.

La grieta
La grieta

«Regarde de tous tes yeux, regarde». Por más que mirara no los vería si no me hubiera acercado, no recuerdo por qué me agaché y vi los caracoles hibernando en la grieta. He leído que algunos se entierran y otros no, que algunos, como estos, se recogen en grupos hasta que llega el buen tiempo. Poco antes de la alarma leí un titular así: «Antidisturbios y agentes de tráfico entran en hibernación para el plan B anticoronavirus».

Los caracoles (1)
Los caracoles (1)

 

Los caracoles (2)
Los caracoles (2)

Hoy empieza la primavera y hace sol y hay nieblas tibias, a veces llueve un poco; cuando bajo por el pan encuentro la hierba llena de chibiritas. El aire huele bien, los caracoles despiertan y llenan de susurros pasajeros sus matemáticas eternas.

RUIT HORA
Mira que van los días volanderos
y con ellos las lunas y los soles
susurrando cual huecos caracoles
marinos los susurros pasajeros
del mar del infinito; son luceros
de misteriosa procesión faroles
y a una esperanza ciega nunca inmoles
la realidad que cruza los senderos.
Querer guardar los ríos en lagunas
resulta siempre una imposible empresa;
no son sepulcros las abiertas cunas
en que la vida se eternice presa,
y no pudiendo detener las lunas,
con ellas ve, en el giro que no cesa. (1)

(1) M. de Unamuno, «Los sonetos de Bilbao», en Rosario de sonetos líricos (Bilbao, IX-1910).

El primer hombre

Santiago Arina Albizu, «Autorretrato» (15 de febrero de 1958)

El hombre de la fotografía es el fotógrafo Santiago Arina Albizu (Vitoria, 1909-2004). He mirado mucho rato la foto, la fecha, el título: «Autorretrato»; porque el improbable ejercicio de análisis y representación de uno, hecho por él mismo pero a una envidiable altura y lejanía de sí, el inmejorable lugar desde donde verse observar en la mitad del camino de la vida, descubre una figura tan serena como garbosa. Miraba al solitario de la foto plantarse con el aire de quien estudia un pájaro o los escaparates de la ciudad y lo imaginaba antes y después del pontón de tabla, atravesando la noche de los años pasados que son ya todos los suyos, y los ribazos muertos que se parecen a «la tierra del olvido en la que cada uno es el primer hombre», eso dice Camus en El primer hombre. Pero la foto proclama que Santiago Arina estuvo aquí, y yo lo vi.

Liliana Porter, «El hombre con el hacha y otras situaciones breves» (MALBA)

El hombre de la fotografía es una miniatura de Liliana Porter, es una postal de un fragmento de El hombre con el hacha y otras situaciones breves. En el montaje del Malba hay otros personajes que se atarean en otros lugares, muñequitos laboriosos que asoman en la pródiga extensión de pequeñeces esmeradamente armadas y dispuestas como escenas. La postal es un fragmento de los recuerdos de Buenos Aires que cuelga la altura de mis ojos y bajo ellos tengo ahora unas notas sobre partes y fragmentos que insisten en que los fragmentos se distinguen de las partes porque no son contemporáneos de sus todos canónicamente constituidos; porque no es lo mismo empaquetar cuidadosamente las partes de un avión que reunir sus fragmentos dispersos después de la explosión. Eso es lo que explican los fragmentos con el estorbo fonético de los latinismos pero sin su gracia esdrújula, digamos añicos o trizas y digamos las astillas de los huesos, los jirones de las pieles y las esquirlas de las balas de semántica concisa. En su desamparado extremo el hombre del hacha también es el primer hombre.

La casa por el tejado, la casa por la ventana

La casa por el tejado, la casa por la ventana
La casa por el tejado, la casa por la ventana
El callar es la salma
El callar es la salma

Debido al tiempo se dobla mi espalda.
Debido a mí, todo trabajo carece de altura.
Decidió el alma partir y le dije: ¡no partas!
Dijo: ¿Qué hago?: la casa se derrumba. (1)

Me encuentro con M. Antes de desaparecer, M. se muda, le han cedido un camarín en otro edificio para sus mamotretos. Me cuenta que va a cantar en el coro: «Nuevas ilusiones», ha dicho; «Mi voz es tenor», ha dicho, y se ha puesto a cantar con demasiada voz para un solo ascensor. Vuelvo a encontrarle hoy en la puerta, no le han cogido en el coro.
Las fotos son las del día de Miera de junio de este verano, de ese verano que ha pasado tan rápido, de aquel verano. Somieres para cerrar la propiedad, somieres entreabiertos para que salgan y entren los sueños y el coro de M. Ningún coro en su sano juicio va a aceptarle. Entusiasmada en mi tristeza por la posibilidad de que somier tenga sueños latinos en su corazón francés, me apresuro a la consulta que desengaña enseguida para obsequiar después una historia mejor: el somier es la ensalma o enjalma, salma y jalma castellanas, es la albarda y es luego la mula que la lleva para soportar la carga (2). Y en una nota del DCECH, los versos de Sem Tob:

Cuerpo es el callar, el fablar es alma;
animal el fablar, el callar es la salma.
(3)

(1) Llevo en el bolso los rubayat de Omar Jayyam; este es el número 67.

(2) Del latín vulgar SALMA, y clásico SAGMA. San Isidoro: «sagma, quae corrupte vulgo salma dicitur, ab stratu sagorum vocatur, unde et caballus sagmarius, mula sagmaria» (Etym. XX, XVI, 5). Ese sagmario es el somier. Hace solo cien años en Cespedosa aún se decía «aguja de salmar» a la que es para coser sacos y costales. (vid. DCECH, s.v. ENJALMA). El maravilloso Du Cange en línea, s.v. SAGMA <http://ducange.enc.sorbonne.fr/salma>). 

(3) En la edición de los Proverbios morales de Paloma Díaz Mas y Carlos Mota (Madrid: Cátedra, 1998) es la estrofa 611; ellos eligen cama: «cuerpo es el callar e el fablar su alma; / omne es el fablar e el callar su cama».

Continuidad del humo de las calderas

Contigüidad. Leo algo que habla de símbolos elementales, símbolos que retoñan una y otra vez en la primitiva lírica popular europea: el lavar la camisa del amado, el florecer de los amores y las plantas, la fuente y el baño del amor y varios más. Leo que la comunidad exhibe una «conciencia simbólica» y sospecho que significa que todos entienden que no entienden y eso les basta. Lo apunto por una nota que es una cita de Raúl Dorra (1981) sobre el símbolo: «El sentido no puede ser nombrado ni contemplado sino rodeado desde afuera»; y en esa frase de Dorra encuentro de nuevo el verso de Robert Frost, We dance round in a ring and suppose,/ But the Secret sits in the middle and knows, que es alegre porque bailan alrededor, como la carne de la fruta en la contigüidad del hueso con su pepita negra de esperanza y consuelo.

Leo discontinua y esparcidamente la piedra de Lobo Antunes. A veces, en vez de abrir el libro me quedo a su lado mirándolo estar cerrado y mudo en la pila y divago alrededor y observo a los encapuchados de la versión de Los amantes de Magritte en la que ellos, antes o después de besarse en otro cuadro, vuelven los rostros al retratista, te miran a ti. He tenido que llegar hasta la octava fotografía para identificar a Raqueliña entre todas las palabras ciegas que salen de esas fotos, porque los locutores mezclan sus marcas y las figuras se deslizan unas dentro de otras y se deshacen. Leidy decía que las voces son las caras que ven los ciegos. Los ciegos tienen los timbres que son las caras que ven, pero el lector de la piedra es la gallina sordociega en el corro de los recuerdos.

Continuidad. Busqué Winesbrurg, Ohio porque Amos Oz nombra esa novela en Una historia de amor y oscuridad; es un libro que le cambió, dice, y por esa cerilla he leído este libro de gente corriente y lejana, hermano de Spoon river. Al menos en dos ocasiones dos personajes salen a caminar solos por el bosque y se detienen a descansar y hacen fuego, y me quedo pensando en cómo esas asombrosas hogueras breves marcan la discontinuidad de los mundos. El capítulo que se titula «Un hombre de ideas fijas» es para Joe Welling, un hombre pequeño y silencioso y un loco arrebatado, como «un minúsculo volcán que pasaba días callado y de pronto escupía fuego», y que sostiene que la vida es fuego, que vivir y envejecer es fuego, que «el mundo está en llamas». En pocos días ardieron dos pisos de mi pueblo de Ohio y las llamas se llevaron a una mujer joven, a una niña y a un viejo. La mujer y la niña vivían en el Espíritu Santo; el hombre, en las Alamedas. Es casi todo lo que sé de ellos, aunque sé que pasamos muchas veces simultánea o sucesivamente por las mismas calles de Winesburg.

Salgo a fumar al balcón y veo el humo que sube del tubo de la caldera de los vecinos del segundo. Me enfadé cuando pusieron el tubo de la caldera en el balcón, todas las demás calderas del portal echan sus vahos al aire desde la pared de las ventanas de las cocinas. Hoy veía el humo desobediente trepar por mi barandilla y seguir ascendiendo para tal vez deshacerse antes de llegar al quinto: están en casa, he pensado, y me he puesto contenta; les echaba de menos. Hay alegría en la continuidad del humo de las calderas.

La sed de las palomas, la paciencia de los ingleses

La sed de las palomas

Invierno de estación. Llovió muchos días seguidos, como llueve en invierno y en los principales castigos. Pero un martes salió el sol, y, aquel día que ya no llovía, las palomas se bañaban, olvidadas del recado y de los olivos: no hay agua que baste para la sed de las palomas. Kris vive junto a una laguna en una isla pequeña como un azucarillo, también el agua tiene sed. Como no suelo acordarme de su nombre, en secreto le llamo «El Trisqui» a la isla de Kris del país de los retales, recortes de tierra que las madres guardan por si hay que remendar un abrigo, forrar un botón, echar una moneda al cepillo del agua.

La paciencia de los ingleses

Ingleses de estación. A las bandas de palomas ávidas y violentas que llegan al patio del asilo para pelear por las migas que se les caen a los viejos, mi madre les llama «Los Pajaritos». Pajaritos civilizatorios como el trigo y las uvas, en el libro de las aves del invierno en Suecia (1) hay unas palomas. Al comienzo del capítulo, el observador sueco avisa de su desafecto y menciona el temor que le produce pensar en las deyecciones de las palomas. A falta de una reflexión personal suficiente sobre esos precisos excrementos, sostengo que el asco de las palomas es imitativo e hijo de la propagación del asco ajeno y de la propia incapacidad para atravesar el manto de repulsión que dejan las otras miradas sobre el barro y la gasolina que humillan las plumas perlinas y mérulas del collar de las palomas. Las palomas repelen porque buscan y atienden entre los asqueados, fieles a las reuniones de los ingleses y de las otras poblaciones de calles y estaciones. En «English patience», el reportaje de Laura Potter sobre las salas de espera (2), salen consultas médicas, estéticas y veterinarias, sale la cárcel de Holloway y, en Heathrow, salen los Kawamoto, que vuelven a Nueva York. Él bebe y lee; ella compra colonias y zapatos y, cuando se cansa, se sienta, postura que valora especialmente porque se acuerda de que en el JFK no siempre hay donde hacerlo. En las antesalas de la paciencia inglesa retratada por Potter no figuran palomas con cemento en el muñón y piojos en el collar, no se ve un solo gorrión dando locos saltitos mientras espera por encima de sus posibilidades; son ellos pájaros de plazas y estaciones al aire libre, son estas sus bosques y praderas. El aire libre de una estación es al aire y a la libertad lo que ellos a las aves bonitas y nosotros a nuestros pensamientos ingleses, por eso nos damos tanto asco: reflexividad, mutualismo y reciprocidad del asco. Recuerdo que aquellos días que llovía me encontré con el poema del gorrión, el del ardiente corazón: ¿Qué busca en nuestro oscuro vivir? ¿Qué amor encuentra en nuestro pan tan duro? (3).

(1) Lars Jonsson, Aves que veo en invierno, Madrid: Errata Naturae, 2019.

(2) El artículo de Laura Potter es «English patience», Observer Magazine, 21 de octubre de 2007. Puede leerse aquí: https://www.theguardian.com/theobserver/2007/oct/21/features.magazine37> 
Encontré la mención del artículo («la ingeniosa exploración», dice Bauman), en el libro de Bauman (El arte de la vida, Barcelona: Paidós, 2009: 16-17).

(3) GORRIÓN
No olvida. No se aleja
este granuja astuto
de nuestra vida. Siempre
de prestado, sin rumbo,
como cualquiera, aquí anda,
se lava aquí, tozudo,
entre nuestros zapatos.
¿Qué busca en nuestro oscuro
vivir ¿Qué amor encuentra
en nuestro pan tan duro?
Ya dio el aire a los muertos
este gorrión, que pudo
volar, pero aquí sigue,
aquí abajo, seguro,
metiendo en su pechuga
todo el polvo del mundo.

Claudio Rodríguez, Alianza y condena (1965), en Poesía completa (1953-1991), Barcelona: Austral, 2015, p. 162.