Déjame entrar

Salgo a la calle pero no puedo entrar. Lo que más se nota es el aire y los olores, olores como sopapos. Si pudiera entrar. «Déjame entrar», voy andando y mendigando. Me acuerdo de que Déjame entrar es una película de vampiros y me acuerdo de que Yolanda contaba que cuando volvía de trabajar sacaba a Alberto de la cuna y Alberto giraba la carita, Alberto desviaba la mirada. Autista, rencoroso, hijo de puta, déjame volver a entrar. Me cruzo con Emilio, que me saluda desde la bici. Duele como agujas el amor perdido de los camareros. Leo al principio de Kapuscinski cuando ve en Roma a los camareros, los ve por primera vez y le recuerdan a los artistas del circo soviético (1). Cerca del río Mantilla está la excavadora de siempre, parece confiada y segura de sí misma.

La excavadora por la mañana
La excavadora por la tarde
La excavadora por la noche
(1) «Por todas partes iban y venían camareros que trajinaban vasos, copas y tazas con una habilidad y un brío auténticamente juglarescos; en mi vida había visto yo cosa semejante, salvo una vez, en un circo soviético, cuando el prestidigitador sacó del aire por arte de magia un plato de madera, una copa de cristal y un gallo flaco desgañitándose» (Viajes con Heródoto, Barcelona: Anagrama, 2006, p. 22).

Radiolarios de domingo, radiolarios de diario

Puerta de Binet para la Feria Universal de París, 1900

Radiolarios de domingo. Los radiolarios son las criaturas marinas infinitesimales de las que supe por el libro de Humboldt (1); Ernest Haeckel, que descubrió su elegante simetría radial y los clasificó, era un joven admirador de Humboldt. Haeckel llegó a la playa de Sicilia huyendo de las paredes del laboratorio y a finales de marzo de 1860 había descubierto más de cien nuevas especies, cuyos preciosos esqueletos de sílice dibujaba con la mano que le dejaba libre el microscopio. La puerta monumental de René Binet para la Feria Universal de París de 1900 sigue el diseño de un radiolario. Hay radiolarios coloniales y radiolarios solitarios, hay radiolarios de domingo y radiolarios de diario.

Ernst Haeckel, Kunstformen der Nature (1904). Plate 22. Spyroidea.

Radiolarios de diario: Unamuno. Dice Senabre en la introducción del tomo que la poesía fue para Unamuno una vocación tardía convertida pronto en quehacer habitual. De esa asiduidad lírica salieron los siete libros aparecidos entre 1907 y 1928 y el extenso Cancionero compuesto «a manera de un diario» entre 1928 y 1936: más de mil seiscientos poemas hechos de suspiros y pensamientos, recuerdos, exabruptos políticos, paisajes de los viajes y piedrecitas del camino, cosas de los días.
Radiolarios de diario: Perec. Los diarios de Lo infraordinario son las «Doscientas cuarenta y tres postales de colores auténticos». On Kawara se enviaba postales a sí mismo para decirse que se había levantado de la cama y también escribía telegramas: «I’m still alive». Szymborska tiene ese poema en el que explica que su hermana solo escribe postales, y yo guardo en los libros postales que llegaron de playas donde mi hermana escribía «hace mucho calor» y me mandaba besos. Mi hermana me preguntaría por qué leo un libro en el que un hombre pone lo que come cada día. «Primero lo ha apuntado, luego lo ha ordenado y después lo ha pasado a limpio», le respondería; no es fácil hablar con mi hermana. Creo que todos los alimentos enumerados y cuantificados de la «Tentativa de inventario de los alimentos líquidos y sólidos que engullí en el transcurso del año mil novecientos setenta y cuatro» fueron cuidadosa y verdaderamente anotados y no inventados, que el catálogo ha sido elaborado con la mano que no empuñaba el tenedor o asía la taza. Perec es el científico que descubre las civilizaciones invisibles y nombra las razas del zooplancton: «Un pastel de manzana, cuatro tartas, una tarta caliente, diez tartas Tatin, siete tartas de pera, una tarta de pera Tatin, una tarta de limón…», hay más tartas, aunque quizá no están todas las tartas puesto que se trata de un libro póstumo confeccionado con textos inacabados o porque se distrajo. Pienso en mi hermana y en los «siete de pollo con arroz y una gallina al puchero», sin suspiros ni reflexiones, sin axopodios opalescentes, pienso en la obstrucción deliberada como estímulo y causa oulipiana. Trabas son las esecillas de metal que sirven para contar las sílabas y asegurar botones; trabas también las recias maniotas de soga con que atar las patas de las bestias.

(1) Andrea Wulf, La invención de la naturaleza. El nuevo mundo de Alexander von Humboldt, Madrid: Taurus, 2017, pp. 371 y ss.

Strogoff, los caracoles

Hace solo unos días, por su aniversario, alguien recordaba el epígrafe que Perec puso a La vida: «Abre bien los ojos, mira», una cita de Miguel Strogoff de Julio Verne, según consta. Escribo la frase y echo cuentas de todas las figuras invitadas a mi modesto enunciado: el locutor que provisionalmente adopta la forma de persona ausente, cierto «alguien» embozado en mi desmemoria y descuido, el querido Perec, el imaginario Strogoff y el gran Julio Verne aparecen detrás de paréntesis sucesivos como tabiques o pasillos que el estilo indirecto levanta para entregar por fin una frase tan común y cualquiera. Por qué tanta absurda concurrencia o a qué santo traerlos, me pregunto. «Abre los ojos», cita luego el eco, y reparo también en que, si un simple Strogoff está diciendo toda la travesía de Siberia, la esforzada cadena de las demás menciones es la fe de las vidas mentadas y del insólito camino de las frases y de la lealtad a ellas.

La grieta
La grieta

«Regarde de tous tes yeux, regarde». Por más que mirara no los vería si no me hubiera acercado, no recuerdo por qué me agaché y vi los caracoles hibernando en la grieta. He leído que algunos se entierran y otros no, que algunos, como estos, se recogen en grupos hasta que llega el buen tiempo. Poco antes de la alarma leí un titular así: «Antidisturbios y agentes de tráfico entran en hibernación para el plan B anticoronavirus».

Los caracoles (1)
Los caracoles (1)

 

Los caracoles (2)
Los caracoles (2)

Hoy empieza la primavera y hace sol y hay nieblas tibias, a veces llueve un poco; cuando bajo por el pan encuentro la hierba llena de chibiritas. El aire huele bien, los caracoles despiertan y llenan de susurros pasajeros sus matemáticas eternas.

RUIT HORA
Mira que van los días volanderos
y con ellos las lunas y los soles
susurrando cual huecos caracoles
marinos los susurros pasajeros
del mar del infinito; son luceros
de misteriosa procesión faroles
y a una esperanza ciega nunca inmoles
la realidad que cruza los senderos.
Querer guardar los ríos en lagunas
resulta siempre una imposible empresa;
no son sepulcros las abiertas cunas
en que la vida se eternice presa,
y no pudiendo detener las lunas,
con ellas ve, en el giro que no cesa. (1)

(1) M. de Unamuno, «Los sonetos de Bilbao», en Rosario de sonetos líricos (Bilbao, IX-1910).

El primer hombre

Santiago Arina Albizu, «Autorretrato» (15 de febrero de 1958)

El hombre de la fotografía es el fotógrafo Santiago Arina Albizu (Vitoria, 1909-2004). He mirado mucho rato la foto, la fecha, el título: «Autorretrato»; porque el improbable ejercicio de análisis y representación de uno, hecho por él mismo pero a una envidiable altura y lejanía de sí, el inmejorable lugar desde donde verse observar en la mitad del camino de la vida, descubre una figura tan serena como garbosa. Miraba al solitario de la foto plantarse con el aire de quien estudia un pájaro o los escaparates de la ciudad y lo imaginaba antes y después del pontón de tabla, atravesando la noche de los años pasados que son ya todos los suyos, y los ribazos muertos que se parecen a «la tierra del olvido en la que cada uno es el primer hombre», eso dice Camus en El primer hombre. Pero la foto proclama que Santiago Arina estuvo aquí, y yo lo vi.

Liliana Porter, «El hombre con el hacha y otras situaciones breves» (MALBA)

El hombre de la fotografía es una miniatura de Liliana Porter, es una postal de un fragmento de El hombre con el hacha y otras situaciones breves. En el montaje del Malba hay otros personajes que se atarean en otros lugares, muñequitos laboriosos que asoman en la pródiga extensión de pequeñeces esmeradamente armadas y dispuestas como escenas. La postal es un fragmento de los recuerdos de Buenos Aires que cuelga la altura de mis ojos y bajo ellos tengo ahora unas notas sobre partes y fragmentos que insisten en que los fragmentos se distinguen de las partes porque no son contemporáneos de sus todos canónicamente constituidos; porque no es lo mismo empaquetar cuidadosamente las partes de un avión que reunir sus fragmentos dispersos después de la explosión. Eso es lo que explican los fragmentos con el estorbo fonético de los latinismos pero sin su gracia esdrújula, digamos añicos o trizas y digamos las astillas de los huesos, los jirones de las pieles y las esquirlas de las balas de semántica concisa. En su desamparado extremo el hombre del hacha también es el primer hombre.

La casa por el tejado, la casa por la ventana

La casa por el tejado, la casa por la ventana
La casa por el tejado, la casa por la ventana
El callar es la salma
El callar es la salma

Debido al tiempo se dobla mi espalda.
Debido a mí, todo trabajo carece de altura.
Decidió el alma partir y le dije: ¡no partas!
Dijo: ¿Qué hago?: la casa se derrumba. (1)

Me encuentro con M. Antes de desaparecer, M. se muda, le han cedido un camarín en otro edificio para sus mamotretos. Me cuenta que va a cantar en el coro: «Nuevas ilusiones», ha dicho; «Mi voz es tenor», ha dicho, y se ha puesto a cantar con demasiada voz para un solo ascensor. Vuelvo a encontrarle hoy en la puerta, no le han cogido en el coro.
Las fotos son las del día de Miera de junio de este verano, de ese verano que ha pasado tan rápido, de aquel verano. Somieres para cerrar la propiedad, somieres entreabiertos para que salgan y entren los sueños y el coro de M. Ningún coro en su sano juicio va a aceptarle. Entusiasmada en mi tristeza por la posibilidad de que somier tenga sueños latinos en su corazón francés, me apresuro a la consulta que desengaña enseguida para obsequiar después una historia mejor: el somier es la ensalma o enjalma, salma y jalma castellanas, es la albarda y es luego la mula que la lleva para soportar la carga (2). Y en una nota del DCECH, los versos de Sem Tob:

Cuerpo es el callar, el fablar es alma;
animal el fablar, el callar es la salma.
(3)

(1) Llevo en el bolso los rubayat de Omar Jayyam; este es el número 67.

(2) Del latín vulgar SALMA, y clásico SAGMA. San Isidoro: «sagma, quae corrupte vulgo salma dicitur, ab stratu sagorum vocatur, unde et caballus sagmarius, mula sagmaria» (Etym. XX, XVI, 5). Ese sagmario es el somier. Hace solo cien años en Cespedosa aún se decía «aguja de salmar» a la que es para coser sacos y costales. (vid. DCECH, s.v. ENJALMA). El maravilloso Du Cange en línea, s.v. SAGMA <http://ducange.enc.sorbonne.fr/salma>). 

(3) En la edición de los Proverbios morales de Paloma Díaz Mas y Carlos Mota (Madrid: Cátedra, 1998) es la estrofa 611; ellos eligen cama: «cuerpo es el callar e el fablar su alma; / omne es el fablar e el callar su cama».

Continuidad del humo de las calderas

Contigüidad. Leo algo que habla de símbolos elementales, símbolos que retoñan una y otra vez en la primitiva lírica popular europea: el lavar la camisa del amado, el florecer de los amores y las plantas, la fuente y el baño del amor y varios más. Leo que la comunidad exhibe una «conciencia simbólica» y sospecho que significa que todos entienden que no entienden y eso les basta. Lo apunto por una nota que es una cita de Raúl Dorra (1981) sobre el símbolo: «El sentido no puede ser nombrado ni contemplado sino rodeado desde afuera»; y en esa frase de Dorra encuentro de nuevo el verso de Robert Frost, We dance round in a ring and suppose,/ But the Secret sits in the middle and knows», que es alegre porque bailan alrededor, como la carne de la fruta en la contigüidad del hueso con su pepita negra de esperanza y consuelo.

Leo discontinua y esparcidamente la piedra de Lobo Antunes. A veces, en vez de abrir el libro me quedo a su lado mirándolo estar cerrado y mudo en la pila y divago alrededor y observo a los encapuchados de la versión de Los amantes de Magritte en la que ellos, antes o después de besarse en otro cuadro, vuelven los rostros al retratista, te miran a ti. He tenido que llegar hasta la octava fotografía para identificar a Raqueliña entre todas las palabras ciegas que salen de esas fotos, porque los locutores mezclan sus marcas y las figuras se deslizan unas dentro de otras y se deshacen. Leidy decía que las voces son las caras que ven los ciegos. Los ciegos tienen los timbres que son las caras que ven, pero el lector de la piedra es la gallina sordociega en el corro de los recuerdos.

Continuidad. Busqué Winesbrurg, Ohio porque Amos Oz nombra esa novela en Una historia de amor y oscuridad; es un libro que le cambió, dice, y por esa cerilla he leído este libro de gente corriente y lejana, hermano de Spoon river. Al menos en dos ocasiones dos personajes salen a caminar solos por el bosque y se detienen a descansar y hacen fuego, y me quedo pensando en cómo esas asombrosas hogueras breves marcan la discontinuidad de los mundos. El capítulo que se titula «Un hombre de ideas fijas» es para Joe Welling, un hombre pequeño y silencioso y un loco arrebatado, como «un minúsculo volcán que pasaba días callado y de pronto escupía fuego», y que sostiene que la vida es fuego, que vivir y envejecer es fuego, que «el mundo está en llamas». En pocos días ardieron dos pisos de mi pueblo de Ohio y las llamas se llevaron a una mujer joven, a una niña y a un viejo. La mujer y la niña vivían en el Espíritu Santo; el hombre, en las Alamedas, es casi todo lo que sé de ellos aunque sé que pasamos muchas veces simultánea o sucesivamente por las mismas calles de Winesburg.

Salgo a fumar al balcón y veo el humo que sube del tubo de la caldera de los vecinos del segundo. Me enfadé cuando pusieron el tubo de la caldera en el balcón, todas las demás calderas del portal echan sus vahos al aire desde la pared de las ventanas de las cocinas. Hoy veía el humo desobediente trepar por mi barandilla y seguir ascendiendo para tal vez deshacerse antes de llegar al quinto: están en casa, he pensado, y me he puesto contenta; les echaba de menos. Hay alegría en la continuidad del humo de las calderas.

La sed de las palomas, la paciencia de los ingleses

La sed de las palomas

Invierno de estación. Llovió muchos días seguidos, como llueve en invierno y en los principales castigos. Pero un martes salió el sol, y, aquel día que ya no llovía, las palomas se bañaban, olvidadas del recado y de los olivos: no hay agua que baste para la sed de las palomas. Kris vive junto a una laguna en una isla pequeña como un azucarillo, también el agua tiene sed. Como no suelo acordarme de su nombre, en secreto le llamo «El Trisqui» a la isla de Kris del país de los retales, recortes de tierra que las madres guardan por si hay que remendar un abrigo, forrar un botón, echar una moneda al cepillo del agua.

La paciencia de los ingleses

Ingleses de estación. A las bandas de palomas ávidas y violentas que llegan al patio del asilo para pelear por las migas que se les caen a los viejos, mi madre les llama «Los Pajaritos». Pajaritos civilizatorios como el trigo y las uvas, en el libro de las aves del invierno en Suecia (1) hay unas palomas. Al comienzo del capítulo, el observador sueco avisa de su desafecto y menciona el temor que le produce pensar en las deyecciones de las palomas. A falta de una reflexión personal suficiente sobre esos precisos excrementos, sostengo que el asco de las palomas es imitativo e hijo de la propagación del asco ajeno y de la propia incapacidad para atravesar el manto de repulsión que dejan las otras miradas sobre el barro y la gasolina que humillan las plumas perlinas y mérulas del collar de las palomas. Las palomas repelen porque buscan y atienden entre los asqueados, fieles a las reuniones de los ingleses y de las otras poblaciones de calles y estaciones. En «English patience», el reportaje de Laura Potter sobre las salas de espera (2), salen consultas médicas, estéticas y veterinarias, sale la cárcel de Holloway y, en Heathrow, salen los Kawamoto, que vuelven a Nueva York. Él bebe y lee; ella compra colonias y zapatos y, cuando se cansa, se sienta, postura que valora especialmente porque se acuerda de que en el JFK no siempre hay donde hacerlo. En las antesalas de la paciencia inglesa retratada por Potter no figuran palomas con cemento en el muñón y piojos en el collar, no se ve un solo gorrión dando locos saltitos mientras espera por encima de sus posibilidades; son ellos pájaros de plazas y estaciones al aire libre, son estas sus bosques y praderas. El aire libre de una estación es al aire y a la libertad lo que ellos a las aves bonitas y nosotros a nuestros pensamientos ingleses, por eso nos damos tanto asco: reflexividad, mutualismo y reciprocidad del asco. Recuerdo que aquellos días que llovía me encontré con el poema del gorrión, el del ardiente corazón: ¿Qué busca en nuestro oscuro vivir? ¿Qué amor encuentra en nuestro pan tan duro? (3).

(1) Lars Jonsson, Aves que veo en invierno, Madrid: Errata Naturae, 2019.

(2) El artículo de Laura Potter es «English patience», Observer Magazine, 21 de octubre de 2007. Puede leerse aquí: https://www.theguardian.com/theobserver/2007/oct/21/features.magazine37> 
Encontré la mención del artículo («la ingeniosa exploración», dice Bauman), en el libro de Bauman (El arte de la vida, Barcelona: Paidós, 2009: 16-17).

(3) GORRIÓN
No olvida. No se aleja
este granuja astuto
de nuestra vida. Siempre
de prestado, sin rumbo,
como cualquiera, aquí anda,
se lava aquí, tozudo,
entre nuestros zapatos.
¿Qué busca en nuestro oscuro
vivir ¿Qué amor encuentra
en nuestro pan tan duro?
Ya dio el aire a los muertos
este gorrión, que pudo
volar, pero aquí sigue,
aquí abajo, seguro,
metiendo en su pechuga
todo el polvo del mundo.

Claudio Rodríguez, Alianza y condena (1965), en Poesía completa (1953-1991), Barcelona: Austral, 2015, p. 162.

Pero los papiones oyen más. (Noviembre)

Cefalópodos. Hay una chica nueva en la pescadería. Echo de menos la conversación del chaval que se ha ido, su simpatía, el pathos. «Las colas de rape son descongeladas», me ha dicho ella hoy y eso es el ethos. He comprado dos calamares de los mares y me he acordado del libro de los pulpos; del capítulo sobre la comunicación (1) donde cuenta que algunas jibias y unos pocos pulpos experimentan un «proceso caleidoscópico casi continuo de cambio de color que no parece relacionado con nada de lo que ocurre a su alrededor, sino que quizá responde a una expresión involuntaria del tumulto electroquímico de su interior». «Un tipo de parloteo cromático continuo», dice el autor y buceador, que nadie advierte porque nadie escucha. Luego los compara con los papiones salvajes del delta del Okavango, unos babuinos de vida social compleja y belicosa, cambiante, intensa y muy corta. Los papiones realizan unas pocas señales sencillas consistentes en gritos de de intimidación, gruñidos de amistad y chillidos de sumisión. Las emisiones son simples, pero las interpretaciones son complejas porque los gritos permiten que se pueda construir una narración y porque «los papiones oyen más» (2).

Pero los papiones oyen más. En la frutería hay una mujer que habla sola, que comenta para sí sus propios movimientos: «Estas naranjas no están buenas», por ejemplo. Me dan ganas de imitarla: «Voy a pesar unas uvas», nos digo y me doy cuenta de que me pongo un poco contenta, de que se trata de la atención que sirve para vivir intensamente. La mujer coge un orejón de una caja y yo la veo y ella ve que la veo. «Hay que probarlos», nos comenta.

Vete a un convento. En la estación, la mujer que me quiere pagar un cigarro que me ha pedido; pero sigue ahí porque necesita hablar, le hace falta hablar mucho más que fumar. Me dice que ahora va a trabajar, que su marido estaba enfermo y que ella «está pasando por un proceso». Rebusco en todas partes, me saco hasta el forro de los bolsillos, pero no me queda ni un céntimo. «Vaya afuera, vaya afuera a fumar, afuera hace sol».

Los sesos. En otra estación, las dos viejas que me han echado del banco. No es el chiste de sordos lo que me hace gracia y me sobrecoge, es la invitación a comer sesos, desatendida.

—Ahora puedes comer sesos.
—¿Queso?
—Sesos.
—No me gusta el queso.
—Queso, no; sesos.
—Queso.

Soy mecánico. Llego al pueblo, es muy de noche, llueve y hace frío. Cuando paso por la panadería de Patrocinio hay una pareja sentada en una de las mesitas de hojalata junto al ventanal. Creo que me he parado un momento, quién querría ir a tomar café donde Patrocinio. A ellos se les ve cómodos e inverosímiles en las sillas duras, con la belleza sosegada y botánica de las meriendas de jardín, toda la noche y el viento están afuera.

Los Rollins. Marian me cuenta que está sorda, que se está quedando sorda y los aparatos no le sirven porque distorsionan las voces, se ha gastado mucho dinero. Me lo dice en medio del ruido de los secadores y cuando me dice que está sorda me dan ganas de gritarle QUÉ DICES. Lleva trabajando en la peluquería desde los quince años, como el batería de los Rollins.

Rubén. Voy a la Caja por la tarjeta, voy enfadada. En la máquina de los tiques de espera lo más parecido a mi asunto es «Apertura de cuentas y tarjetas». No pone «Apertura de cuentas y de tarjetas», de modo que «tarjetas», de modo que «tarjetas» podría ser un segundo asunto coordinado copulativamente con «apertura de cuentas». Pero me acoge el subdirector solo a causa de la confusión. Estoy enfadada y además tengo razón, eso es lo peor; cuando mi padre llegaba borracho a casa mi madre decía que venía «cargado de razones». Se llama Rubén porque es joven y yo estoy teniendo la impresión de ser razonable, pero al final Rubén se pone a tartamudear y hago como que no me doy cuenta y nos damos cuenta los dos. «Gracias por tu tiempo, no te preocupes, ya volveré, ya se arreglará». No le digo que creo que tal vez nada se arregla nunca y que además no importa.

Los gritos. Antonio y Juan Manuel bajan del ascensor y entran en casa gritando. Sigo oyendo los gritos que llegan por la ventana de su cocina. Salgo al balcón a fumar y ahora oigo al hermano de Mateo en un balcón lejano. Suena como mugidos o como una caracola gigante, una caracola de más de cien kilos sobre el estruendo de las olas de estos días.

El tranvía. Viernes noche, con Diego en el tranvía. Quiero que vea el recorrido, pero es de noche y, cuando señalo hacia afuera, solo nos veo a nosotros en los cristales.

Otro día. Otro día pierdo los collares, con las prisas me he dejado las dos cadenas en la banqueta, detrás del biombo. No voy a preguntar por ellas, no voy a volver por ellas, que se queden en gracia de Dios.

«Gracia de Dios. f. Dones naturales beneficiosos para la vida, especialmente el aire y el sol. Abre la ventana, que entre la gracia de Dios». (DLE, s. v. gracia).

«A star here and a star there». El libro de Alice Oswald (3). Leo muchas veces el poema de las estrellas, es un poema largo y lo leo con emoción por cada cosa y también esperando que llegue cuando sale la luna que es un señor. También me he acordado de los collares de sopa de estrellas y por un momento he pensado que era un recuerdo inventado, porque las estrellas de sopa no pueden tener un agujero porque es demasiado trabajo fabricar sopa y, después de hacer todas las estrellas pequeñas e iguales, poner un agujero que ni siquiera se come solo por si alguien quiere hacer un collar con ellas.

Una estrella aquí y una estrella allí

El primer susurro de las estrellas es casi imperceptible
el ruido de una vela, demasiado lejana como para poder leer

el primer susurro de las estrellas es el ruido de una vela
esas estrellas lejanas que aparecen y se dan aires
una estrella aquí y una estrella allí
el primer susurro de las estrellas es casi imperceptible
ese ruido de una vela demasiado lejana como para poder leer

cuando sales dejando la puerta entreabierta
y hueles las diversas Humedades del Anochecer
y una estrella aquí
y una estrella allí

sales dejando la puerta entreabierta
y una a una esas estrellas te vienen con sus problemas
y una estrella
esas estrellas sordomudas —Alkaid Mizar Alioth—
que tratan de hacerte oír lo que una vez fueron
y una estrella
aquí y allí
y
aquí y allí la
aparición de una
Phad Merak Muscida… es como soplar en un anillo de cenizas
todo ese cielo oculto en el aire que damos por supuesto
es como soplar en un anillo de cenizas
el chisporroteo de las no bastante estrellas que se oye
cuando sales dejando la puerta entreabierta
y hueles las diversas Humedades del Anochecer

y aquí y allí
la aparición
de una estrella

alguien alza la mirada, ve su alma hacerse visible
en diversas formas sobre la casa

ve su alma inclinada sobre la casa
todos sus yoes opuestos suspendidos y aleteando
ahí fuera en el aire que damos por supuesto
en diversas formas sobre la casa
estrella

ve una estrella aquí y una estrella allí
y una estrella aquí
y una estrella una estrella
ve aquí y allí

por allí vuela ese hombre al que llaman la luna,
ese hombre en los huesos haciendo señas insistentes
entre esas primeras estrellas apenas perceptibles
esas estrellas susurradas, ya casi sin sentido.

(1) Peter Godfrey-Smith, Otras mentes. El pulpo, el mar y los orígenes profundos de la consciencia, Madrid: Taurus, 2017. (Cap. 5: «Creando colores», pp. 160-165).

(2) «Por parte del papión existe una vida de telenovela, una complejidad social frenética y estresante y pocas formas de expresarlo. Por parte de los cefalópodos, se da una vida social más simple y, por lo tanto, con menos cosas que decir, pero, no obstante, en ella se expresan cosas extraordinarias» (ibidem).

(3) Alice Oswald, 2013: Bosques, etc. Madrid-Buenos Aires-Valencia: Pretextos. (Woods etc., 2006, traducción de Christian Law Palacín).

En plan de volcán

Menéndez Pidal. Nota de julio de 1901
Menéndez Pidal. Nota de julio de 1901

Los planes de Pidal, según constan en la nota pulcramente redactada el 10 de julio de 1901, cuando apenas cuenta treinta y dos años. No hay un solo borrón en este aseado papelito que ordena a buen ritmo propósitos académicos y empresas que levantar a lo largo de los siguientes veinticinco años: ir a América, escribir una enciclopedia, comprar el pan. Movería a risa si no fuera porque la obra cumplida es más grande que la pretensión. Planes, me digo, y me abrigo sombría con la capa de Burns, pero entre la reja del arado y las madrigueras de los ratones y los hombres se cuelan unas cómicas ráfagas de «en plan, en plan, en plan…», marcadores racheados, charcos juveniles y frescos como chubascos. Ellos son mi mejor plan.

En las cartas de Pidal que incluye Diego Catalán en el primer tomo de la Historia de la Lengua, la «catedral inacabada», hay muchas frases hermosas que lo son más por privadas y desnudas de vanidad: «Así se me desmigaja el tiempo y se lo comen los pájaros», le escribe a Américo Castro en 1944. De mi pan robo a los pájaros unas migas de El viaje al fondo de la Tierra que quiero dejar aquí, porque Hans, el islandés silencioso, cosecha plumas de edredón de los nidos de eideres de las rocas; y porque el viaje comienza en la boca del Sneffels y termina en Estrómboli, un final inesperado para el imposible plan original. Después, buscando una foto de la piedra posiblemente llamada corazón de volcán, he encontrado el volcán de Ecuador que se llama Corazón. De Vulcano a volcán, de volcán a montaña y de aquí a montón por los caminos invisibles del significado, explica Pidal en otro sitio, en el primer número de la Revista del Instituto de Filología de la Facultad de Letras de Buenos Aires (1924): «Volcán en Centro América es cualquier monte, y luego un montón, y así hay quien habla de “un volcán de naranjas”».

Próximo a cumplir 90 años, anota: «Muchas veces advierto que me mueven las ilusiones y proyectos impropios de mis muchos años» […]. Creo en la eficacia de la esperanza». En plan de volcán, un volcán de plumas.

El espejo de Watanabe, peces de los espejos

Winslow Homer, «Leaping trout» (1889). Museo de Arte de Portland

«En agosto bulle el mar y hierve el mosto», lo dijo un hombre de los que solíamos coincidir en la torre de los socorristas para desnudarnos en el ferviente agosto y hoy me he cruzado con él y ha sido raro vernos vestidos y que él llevara unas gafas graduadas. En agosto fue el mosto de Watanabe, su antología titulada Elogio del refrenamiento, y también fue encontrármelo por accidente en el vídeo de la charla en la que Watanabe cuenta a un escaso pero atento público facultativo que hubo un largo tiempo de su vida en que no salía a la calle, no se lavaba y no se levantaba de la cama. En agosto recibí el libro de  Winslow Homer, que pintó el mar muchas veces, y, entre las velas ligeras y los trabajos litorales, saltaron del libro dos o tres de estas láminas de las truchas del instante; despiertas, recién lavadas y exteriores truchas recuperadas. El pintor se cruzó con ellas en algún punto del río de sus obstinadas vidas acróbatas y las puso en acuarelas vigorosas, Homero ciego pero astuto cazador. Me gusta pensar que hay truchas que llaman reos y que en las coincidencias no hay azar. Me gusta que las coincidencias se encadenen igual que los columpios que los trapecistas atrapan con la engañosa soltura que fingen los profesionales del alambre. Reos y presos como los peces de los espejos del libro de Borges que explica que hubo un largo tiempo en el que el mundo de los hombres y el de los espejos se comunicaban, que unos y otros entraban y salían en paz de los espejos, pero «una noche, la gente del espejo invadió la Tierra». Gracias al Emperador los animales de los espejos fueron vencidos, apresados y reducidos a reflejos; sin embargo, un día se sacudirán toda esa sobrenatural modorra y el pez será, de todos ellos, el primero en despertar: «En el fondo del espejo percibiremos una línea muy tenue y el color de esa línea será un color no parecido a ningún otro. Después, irán despertando las otras formas. Gradualmente diferirán de nosotros, gradualmente no nos imitarán».

Tarjar es un verbo del español andino que quiere decir ‘tachar’, tarjar me hace pensar en un serrucho y en que una vez de otro agosto vi en una calle de otro sitio a un chico que sacaba una melodía a lo que parecía un violín y era solo un serrucho.

Los versos que tarjo

Las palabras no nos reflejan como los espejos, así exactamente,
pero quisiera.
Escribo con una pregunta obsesiva en las orejas:
¿es ésta la palabra exacta o es el amague de otra
que viene
no más bella sino más especular?
Por esta inseguridad
tarjo,
toda la noche tarjo,
y en el espejo que aún porfío
solo queda una figura borrosa, mutilada, malograda.
Es como si cumpliera la amenaza de la madre
sibilina
al niño que estaba descubriéndose, curioso,
en su imagen:
«Tanto te miras en el espejo
que algún día terminarás por no verte».
Los versos que irrepetiblemente tarjo
se llevarán siempre mi poema.

José Watanabe, de El huso de la palabra, 1989.