Enero de nuevo. (El correlimos)

Correlimos tridáctilo, playerito blanco

Casi nunca los veo, porque no están o porque no miro lo bastante. Mirar es pensar, dice Juan Ramón mirando al mar. Era noviembre o diciembre en la foto del correlimos que llega persiguiendo las espumas fugitivas desde el silencio boreal, un ave siempre actual como los locos son (1). Las alas a la espalda y cabizbajo, como considerando el resuello bronquítico del mar mientras sondea con puntadas diligentes, trémolos y ráfagas los minutos de la arena. La taquigrafía del correlimos me recuerda a los viejos pensativos de los parques, al corazón agitado y derrochador de la máquina de coser de mi madre y a que Andrés aseguraba que nacemos con las respiraciones contadas. Natalia sostenía que lo que nos viene calculado son los polvos y que hay lagartos que toman aire una vez a la hora y pueden pasar meses sin comer en Nueva Zelanda. Correlimos es compuesto léxico transparente, de un tipo que guarda la pujanza densa de la palabra holofrástica infantil, porque el tema verbal concede a la voz categoría de relato. Correlimos es fábula y no diccionario.
Para enero oscuro, el pájaro vibrante y soleado que pensé en una orilla de diciembre.

(1) La frase de Bellow es así: «Pero los locos siempre son actuales, del modo en que los andarríos corren en las playas por delante de la línea de espuma». (Saul Bellow, Son más los que mueren de desamor, Debolsillo, 2005, p. 96).
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Técnica mixta

Kulu Be Ban Kan. (1991. Técnica mixta sobre lienzo)

a) Kulu Be Ban Kan, Lac jaune
Había dos cuadros de Barceló en el piso de arriba, este y el Lac jaune (1990. Técnica mixta sobre lienzo). Mali alienta la expansión creativa de su «pintura matérica», dice la guía, una expresión repelente, aunque no por ella misma sino por los elementos agentes a la vez que ausentes de la materia verbal. La materia de los cuadros son las ramas de que está hecho el barco que navega por el río Níger y los pegotes de barro que vivifican a los animales que se mueven por las orillas abrasadas del lago.

b) «Los tigres del mar»
Es un cuento de Salgari que encontré en Relatos del mar, la historia de un naufragio y el asedio terrible de los tiburones y que acaba bien porque la Providencia vela por los desdichados. Así lo indica el narrador y que su relato es verídico, que tuvo noticia de él en uno de sus viajes por Centroamérica. La nota biográfica aclara que el joven Salgari recorrió la costa adriática y mediterránea durante los meses que sirvió en el barco «Italia Una», pero nunca visitó la geografía lejana en la que transcurren sus relatos. También explica que el prolífico Salgari trabajó incansablemente aunque el éxito no evitó que pasara grandes estrecheces. Tenía cuatro hijos, una mujer loca, tenía también el desdén de la crítica y aún no había cumplido los cuarenta y nueve el día de abril de 1911 en el que se suicidó haciéndose el haraquiri. El conmovedor naufragio privado del embaucador de chiquillos es un segundo texto marítimo y el Níger de su escritura. Ángel me enseña El desollador Uttagori, un libro de 1932 de la editorial Araluce. «He pedido La ciudad del rey leproso y La traición de Duarte, están también en Araluce». «¿Todavía te gusta Salgari?», le pregunto. «Mucho», dice. Cardal y el capitán sobrevivieron a la tempestad y a los tiburones y lograron desembarcar en Santiago de Cuba.

c) «He vuelto a ver a mi padre», de Roberto Bolaño
El poema que Bolaño dedica a su padre desde un cuarto de hospital adonde llegan los nombres propios y las otras materias. (Técnica mixta sobre lienzo)

La historia comienza con la llegada del sexto enfermo,
un tipo de más de sesenta, solo, de enormes patillas,
con una radio portátil y una o dos novelas de aquellas
que escribía Lafuente Estefanía.
Los cinco que ya estábamos en la habitación éramos amigos,
es decir nos hacíamos bromas y conocíamos
los síntomas verdaderos de la muerte,
aunque ahora ya no estoy tan seguro.
El sexto, mi padre, llegó silenciosamente
y durante todo el tiempo que estuvo en nuestra habitación
casi no habló con nadie.
Sin embargo una noche, cuando uno de los enfermos se moría
(Rafael, el de la cama no 4)
fue él quien se levantó y llamó a las enfermeras.
Nosotros estábamos paralizados de miedo.
Y mi padre obligó a las enfermeras a venir y salvó al enfermo
de la cama n° 4
y luego volvió a quedarse dormido
sin darle ninguna importancia.
Después, no sé por qué, lo cambiaron de habitación.
A Rafael lo mandaron a morir a su casa y a otros dos
los dieron de alta.
Y a mi padre hoy lo volví a ver.
Como yo, sigue en el hospital.
Lee su novela de vaqueros y cojea de la pierna izquierda.
Su rostro está terriblemente arrugado.
Aún lo acompaña la radio portátil de color rojo.
Tose un poco más que antes y no le da mucha importancia a las cosas.
Hoy hemos estado juntos en la salita, él con su novela
y yo con un libro de William Blake.
Afuera atardecía lentamente y los coches fluían como pesadillas.
Yo pensaba y pensaba en mi padre, una y otra vez,
hasta que este se levantó, dijo algo
con su voz aguardentosa
que no entendí
y encendió la luz.
Eso fue todo. El encendió la luz y volvió a la lectura.
Praderas interminables y vaqueros de corazones fieles.
Afuera, sobre el Monte Carmelo, pendía la luna llena.

d) El prologador del Diario de un poeta recién casado (Visor, 2011), Luis Muñoz, que refiere la insatisfacción y las búsquedas de Jiménez, pone un fragmento de una carta a Juan Guerrero Ruiz (13 de junio de 1915), en la que el poeta dice encontrar «algo artificioso en la forma poética, y me pregunto: ¿es honrado esto? Acaso no, a pesar de su belleza». El libro es fruto del deseo de someter los poemas a la severidad documental y obedece a un plan que comienza la misma madrugada de enero que toma el tren en Atocha.
Ya no me acuerdo por qué tuve el impulso de coger el Diario. Me sorprende la inquietud moral de Juan Ramón, después me asombra y avergüenza mi sorpresa.

e) Marianne Moore

POETRY
I, too, dislike it:
Reading it, however, with a perfect contempt for it, one discovers
in it, after all, a place for genuine.

 

Un jueves por la mañana, entre las montañas nevadas

«Among twenty snowy mountains, / The only moving thing/ Was the eye of the blackbird»

Un jueves por la mañana, entre las montañas nevadas. Suelo acordarme al verlos, este otoño escasos y escondidos con arrogantes excepciones. Suelo acordarme de la primera de las maneras del poema de Stevens, pero no en inglés ni siquiera en español, sino de una guisa verbal cualquiera y apenas como idea. Qué es la poesía, «la poesía es lo que se pierde en la traducción». La frase de Robert Frost me interesa menos por lo que consabidamente significa en cuanto a los modos del arte verbal y su idiomaticidad que por lo que en cualquier lengua la frase dice con respecto al acarreo previo y sustancial, el que lleva desde otro lado hasta las palabras. De haber una pérdida fatal y definitiva, esta es la que sucede en el primer vertido.

Descubro una antología titulada Diecinueve maneras de mirar a Wang Wei (19 Ways of Looking at Wang Wei, 1987) que contiene diecisiete traducciones, más el original y una transliteración al alfabeto romano, de un poema de cuatro líneas de Wang Wei; luego he encontrado otras noticias de libros compuestos de versiones múltiples de poemas en la presentación de una antología inglesa del mismo género (1), una suma de heridas. A veces se daña el significado y a veces se apaga la música, pero no al mismo tiempo. Perder más veces para no perderlo todo. Al final de los Mil años de poesía europea de Rico figuran diez traducciones de «L’albatros» de Baudelaire, que Rico introduce mencionando el poema de Montale que Montale tuvo la ocurrencia de que se tradujera al árabe y a partir del árabe al francés y de ahí al polaco y a otros idiomas hasta volver al italiano, sin que el traductor dispusiera más que de la versión anterior. Dice Rico que se preveía un resultado desastroso pero que él estima que hay «una llamativa fidelidad al original», y añade entre paréntesis que quizá ello se deba a que «el texto ofrecía poco relieve formal y una semántica rotunda».

Un jueves como mañana o como el jueves pasado cruzo por los jardines del trabajo al trabajo, «por qué tienes nombre tú, día, miércoles», también suelo acordarme y entre todas las baldosas sueltas esos son los precisos términos. Entonces, por ejemplo, el jueves oigo llegar desde los bancos vacíos la voz de una chica que está sola en uno y trenza mechones largos de pelo muy negro como plumas, y a veces mira un cuaderno que tiene al lado porque está estudiando en voz alta, tan anticuada, cándida y soberana en el jardín público. Cruzo aprisa sin darme cuenta de que llevo un vaso y al llegar se habrá vaciado, quizá tampoco había un vaso sino solo el gesto pedigüeño de la mano. Pero al llegar estaba él, tan quieto que solo él se movía.

(1) Into English: Poems, Translations, Commentaries, ed. Martha Collins and Kevin Prufer, 2017. [ Literary hub, http://lithub.com/what-we-can-learn-from-multiple-translations-of-the-same-poem/]

Pueblo de la memoria y el bote blanco

«Rocas de Jávea y el bote blanco», 1905 (Museo Thyssen, Málaga)

He tropezado con el titular: «El hijo de un ministro de Franco reclama mil metros cuadrados de playa en Xàbia». Porque esa extensión de «playa de piedra tosca», rocas de Jávea, pertenecía a la casa que su padre construyó, eso dice el periódico, y por eso he vuelto yo a mis propiedades de Jávea e incorporado el yacimiento de época romana que se halló luego en mis bienes de la Punta del Arenal, con la renta de rocas y mar de Jávea que pintó Sorolla. «Jávea sublime, inmensa», escribe en una carta a su mujer al llegar por primera vez en 1896, deslumbrado, él, que venía del aire de Valencia. Fui a Jávea con mi madre en 1968 y la transposición de los números cifra apenas una seña de mi incumbencia en el pintor, que regresa en 1898, 1900 y 1905; nosotras también volvimos.
«¿Te acuerdas de Jávea?», le pregunto a veces a ella, porque repetir asegura lo sabido y la vida común, porque su fortuna se disipa sin remedio pero si consigo que se fije en la playa de Jávea nos habré librado hoy de ser las más pobres de las mujeres. Ella viajaba enferma, yo tenía cinco años y dos grandes maletas que vigilé en Chamartín. Hubo un tren nocturno en Abando y un tren de Atocha a Valencia, el punto de la Tierra más próximo al Sol y el más alejado de Bolueta. Caelum, non animum mutat, qui trans mare currit, quien corre allende los mares muda de cielo para robar aliento. Semanas felices de Jávea. También hay un bote blanco en la estructura narrativa de mis posesiones  como demuestra la única fotografía pequeña, perdida en alguna caja de galletas que no tengo, donde se nos ve posando en blanco y negro junto a una barca en la arena. Mi madre, delgada como un tallo, lleva un traje de baño oscuro y espeso, mi madre lleva pañuelo y gafas negras de ojos de gato y yo visto una braga que recuerdo azul. La luz abundante, el agua mansa, el amor trémulo de las madres delgadas. Mis pertenencias en Jávea son tenues pero aún poderosas. Tengo a Sorolla, que nos pintó y halló.

Memory Town
In each one of you I paint.
I find.
A buried site of radioactive material.
You think 8 miles down is enough?
15 miles?
140 miles?
(Anne Carson).

Sutiro

Oreja de mar, haliotis o abulón. De «característica forma auricular» y vientre nacarado muy vistoso. Algunas perforaciones respiratorias le sirven para expulsar el agua y aferrarse mejor al sustrato.

Al mar, al mar. «Al mar» es el primer poema de Ventanas altas. De todas las excursiones felices la más feliz es el mar: «the miniature gaiety of seasides», el regocijo iluminado de las playas infantiles colmadas. Vuelvo a la playa en los permisos del otoño y hoy he llegado pronto, con el vaho que barría la arena vacía mientras yo buscaba los sonidos perdidos en el hueco de la mano, sutiro de los veranos. Sutiro nació en Autoridades (1), que lo daba en su letra por gala de alguna parte de la Andalucía y duró hasta la edición de 1822. Desapareció luego, por insignificancia o desuso, volvió a las nieblas de la región y ya no consta más; no figura en el Vocabulario de Alcalá ni se descubre en el Atlas, tampoco está en el Tesoro de Alvar: si alguien la dirá o recordará aún de su casa aprendida, si se ha perdido; si nunca existió, triste fantasma lexicográfico hijo solo del error de la letra y fruslería que alimento a porfía. Para qué sirve una palabra que solo entiendes tú, una palabra privada cuya concha está vuelta sobre la oreja de quien la pronuncia, la tetera de Carelman, cuyo pico mira al asa y es imposible por inútil. Una palabra moluscular desnuda y agonizante a falta de vehículo, sepultada en la cascarilla de las ensimismaciones. Me he acordado de Egor, el gigante de Cartarescu, y del nautilo del que brotan los sueños. Me he acordado de que todo el desarrollo de la especie descansa en su capacidad de producir sonidos. La playa toda es la oreja y el aire silba en la boca de las botellas que deja el agua.
Al llegar al agua, desnuda y torpe, el verano aún ocurre. (2)

(1) SUTIRO. s. m. El ruido, que forma el oído apretándole con la palma de la mano. Es voz usada en parte de la Andalucía. Lat. Auris susurus. (RAE, Autoridades, VI, 1739)
 
(2) The white steamer has gone. Like breathed-on glass 
The sunlight has turned milky. If the worst 
Of flawless weather is our falling short, 
It may be that through habit these do best, 
Coming to the water clumsily undressed 
Yearly; teaching their children by a sort 
Of clowning; helping the old, too, as they ought.
(Philip Larkin, «To the sea»; últimos versos).

El buceador

Septiembre de 2017, domingo

Septiembre hace acopio de oscuridad y frío, trabajos de septiembre. La foto enseña que el que pasea ve la última farola del puerto encendida pero la foto no sabe que el espigón sigue después antes de tirarse al mar para llegar más allá, a los reflejos y a la cinta de candiles a lo lejos. Sabemos que hay también una montaña pero en la foto no se notan los andares lentos y grandiosos del hielo, ni la nieve que el viento remueve en las frentes, no se oyen las ruidosas voces del iceberg (1). En la foto no suena el vaivén de esquilas de los barcos amarrados que sueñan intranquilos con los naufragios de septiembre.

Cuando llego por la mañana oigo la música del Book desde lejos: Javi cada vez más juvenil, me digo; se está quedando sordo, se me ocurre después mientras le miro y me bebo el café. Cuando llego por la mañana entro en la oficina de Mariana, que me recibe con el morro torcido; se le va poniendo la cara de esa forma en que se guardan los pañuelos para que conserven graciosas las arrugas, pienso mientras negociamos. El día se abre y comienza a correr el curso en el que nos bañamos, por eso me traigo de nuevo a la cabeza al buceador de los diarios de Piglia. El buceador es el cuento que se llama «El nadador», apenas cuatro páginas del primer tomo y casi lo que mejor recuerdo de ellos. Está dicho en primera persona, me llaman el Polaco: «Me dicen el Polaco porque tengo los ojos azules y el pelo rubio, casi blanco; duermo en cualquier lado y vivo de lo que encuentro en el mar». Hay un barco hundido a unos tres kilómetros mar adentro y dicen que quien se mete en él descubre algo que no podrá olvidar. El polaco llega al barco y se sume en el curso del barco, como Mariana y yo en la oficina, como Javi en el bar. Entra por una escotilla y ha de salir varias veces porque le falta el aire, sangra por la nariz. Al final encuentra lo que cree un cuerpo pero es solo un trapo, una chaqueta; la registra, en un bolsillo hay una moneda rara, es un dracma. «Puede ser que me traiga suerte. Necesito un poco de suerte. No me vendría mal». El cuento acaba así, con frases ligeras, porque el buceador no es un héroe a pesar de la sangre en las orejas y de que el buceador sea el cuento autónimo de todos los cuentos en primera persona.

Estos días había en los periódicos muchas cosas sobre Ashbery y he pensado en el libro de Ashbery que registré a medias a causa del aburrimiento y de la soledad de la incomprensión. Oí a Ida Vitale contar cómo empezó a aficionarse a la poesía a partir de un poema de Gabriela Mistral que, por niña, no entendía, pero que unos años después comprendió. «Elogio de la poesía que no se entiende», he leído, porque alguna vez en tu vida brilla como un dracma y se enciende como las lámparas de los puertos, venía a decir. Elogio de la oscuridad, porque es el elemento en el que incomprensiblemente flotan los barcos y porque hay más llanto en el mundo del que puedes comprender (2).

(1) Cuando Richard Henry Dana encuentra los icebergs al doblar el Cabo de Hornos, descubre maravillado lo que las representaciones que alguna vez ha visto no han podido captar, «porque el cuadro es incapaz de comunicar su principal belleza y grandiosidad: su movimiento lento y majestuoso, los remolinos de la nieve en sus cimas, los gruñidos y chasquidos tremendos de sus volúmenes» (Dos años al pie del mástil, 1840; en Relatos del mar, selección y traducción de Marta Salís, Barcelona: Alba, 2016).

(2) Come away, O human child!
To the waters and the wild
With a faery, hand in hand,
For the world’s more full of weeping than you can understand.
William B. Yeats («The stolen child», 1886).

Tarde de San Bartolomé, muy tarde. («El centro está en los agujeros», y 2)

1. Una especie de tela que te deja ver por ella. («Net is a kind of cloth that you can see through», Collins English Dictionary)

 

2. Plumas de pocos inviernos

 

3. Vuelven los barcos sin vela. («Cuando no tengo gana de hilar, echo mi huso a navegar»)

 

4. «La que por San Bartolomé no vela, nunca hace buena tela»

 

5. Queda luz en algún sitio y se llama «el puerto»

 

6. «Hacíame cuando hablaba ciertos candiles muy bellos». (Queda luz en algún sitio y se llama «los niños de Matías y Sophie, en el bar»)

El centro está en los agujeros

«Una colección de agujeros atados por un hilo»

En El loro de Flaubert Barnes atribuye esa definición de red a «un jocoso lexicógrafo» y porque había leído a Barnes tropecé con los agujeros al entrar en la playa. Día de San Bartolomé, tarde por la tarde. He buscado después las palabras exactas y las he hallado por doquier, borrada a menudo la huella del lexicógrafo anónimo, real o imaginario, desvanecidos asimismo el narrador de El loro y el propio Barnes (1).
En el libro sobre los plagios de Hélène Maurel-Indart (2) he visto luego a Pascal, plagiario de Montaigne donde Pascal dice sobre el universo: «Es una esfera infinita cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna». Al parecer, el editor León Brunschvicg (3) hilvanó en una nota los nombres que componen la larga tradición de una imagen que llega de la Antigüedad, atraviesa la Edad Media y anida cerca de Pascal en el prólogo a las Obras de Montaigne que compuso Marie de Gournay. «¿Quién podría reprocharle a alguien un préstamo tan provechoso?», concluye Hélène Maurel-Indart. Releo la meticulosa labor que hace Borges en «La esfera de Pascal» (4) y veo que Borges menciona al editor Brunschvicg solo al final y únicamente para enmendarle el texto fijado, para destacar el hallazgo de la edición crítica de Tourneur (París, 1941), que reproduce las tachaduras y vacilaciones del manuscrito y deja leer aún un effroyable: «una esfera espantosa», eso es lo que iba a escribir Pascal pero se arrepiente. El significado de la figura constante cambia con el sucederse de los siglos y las residencias múltiples de los individuos particulares de la historia universal. «Quizá la historia universal es la historia de unas cuantas metáforas», es la figura que abre el texto de Borges y la que, modulada después del camino, la concluye: «Quizá la historia universal es la historia de la diversa entonación de algunas metáforas».
Olvido lo que Borges debe o roba al editor Brunschvicg de su nota erudita, si es menudencia y fue estorbo o hubo distracción de ladrón, porque me quedo atando y desatando agujeros con la lana que pone Borges, con lo que Pascal pone en el hilo universal que cose las transmisiones, una palabra que no escribió.

(1) Esta es la cita de El Loro: «Sin perjudicar excesivamente la lógica, también podría invertirse la imagen y definir la red como hizo en una ocasión un jocoso lexicógrafo: dijo que era una colección de agujeros atados por un hilo». (Anagrama, 1994, p. 45).
(2) Hélène Maurel-Indart, 2014: Sobre el plagio, Buenos Aires: FCE, pp. 30-31.

(3) La edición de Léon Brunschvicg es la de las Obras que publicó Hachette (1908-1925). Según explica Maurel-Indart, la nota de Brunschvicg contesta al escándalo que el polígrafo Charles de Nodier había manifestado un siglo antes sobre este asunto en sus Questions sobre littérature légale. Du plagiat, de la supposition d’auteurs, des supercheries qui ont rapport aux livres (París, 1928). 

(4) En Otras Inquisiciones, 1952. http://www.unizar.es/arenas/hfm/Borges_La_esfera_de_Pascal.pdf

Del verano, las moscas. («Una mente de verano»)

Juan Van der Hamen, «Bodegón con dulces y recipientes de cristal», 1622. Museo del Prado.

«Una mente de verano» por «sunny mind» es un pequeño atropello (1) y una imagen más hospitalaria y mejor: es mejor la estación aunque haga viento y no brille el sol. Del verano, a veces el Señor te concede unas moscas para que comas, apariciones menudas e invertebradas que son el sustento de las ranas de voces graves y de los sapos observadores. Es verano y yo tenía todavía esta cita magnífica de El sur: «En el suelo, apoyado en el mostrador, se acurrucaba, inmóvil como una cosa, un hombre muy viejo. Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones a una sentencia».

Había atrapado las frases y removía el peso de las sentencias que salen de la oscuridad de las bocas y es la misma noche de la que brotan los cuerpos quietos de los bodegones españoles. Entonces, mirando el de Van der Hamen he descubierto las moscas. Al principio las he creído ahogadas en el líquido amarillo, una nota repulsiva que se adueña poderosa de la merienda cortesana, que se burla de los barquillos flordelisados, de la porcelana, de los ricos barros y de la luz de las copas. Luego he visto que no están dentro de la botella, que son moscas vivas y exteriores: el pintor ha dibujado alas tensas y sombras exploradoras de animales presos de su fascinación y del desdén de los dulces, no hay moscas entre las peras escarchadas y los bizcochos. Prefieren contemplar que comer, me digo, y después considero que tal vez se alimentan lamiendo la suciedad invisible del cristal de la botella de aloja. La Guía del Prado identifica la aloja, una bebida morisca hecha de aguamiel y especias, y justifica así con indiferencia técnica la presencia de las dos moscas del frasco.

Hay en el Prado otra naturaleza muerta en la que también vive una mosca que examina cierta uva de uno de dos racimos sujetos por cuerdas, y así se titula: «Dos racimos de uvas con una mosca», donde la mosca es sin sorpresa pero el cuadro es con engaño. El cuadro fue comprado como obra de Juan Fernández, el Labrador: Labrador, el pintor de uvas; y en 2013 se descubrió que las telas originales se habían recortado y el nombre del hombre había sido borrado. Miguel de Pret, el pintor sin cuadros, salió de las tinieblas a la luz de la bodega por la curiosidad de algunos estudiosos pesados como moscas (2). Es verano y en ellas me complazco.

«Dos racimos de uvas con una mosca», atribuido a Miguel de Pret (1630-1644). Museo del Prado.
(1) En la traducción de José Luis Rey de «Grant me, oh Lord, a sunny mind/ Thy windy will to bear!»: «Concédeme, Señor, una mente de verano/ para sobrellevar tu voluntad borrascosa» (Emily Dickinson, Poesías completas, Visor, 2013).
(2) Aterido, Ángel y Laura Alba, 2013: «Juan Fernández el Labrador, Miguel de Pret y la "construcción" de la naturaleza muerta», Boletín del Museo del Prado, XXXVI, nº 49, pp. 34-53. Colección del Museo del Prado: <https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/dos-racimos-de-uvas-con-una-mosca/028b8f1c-8c6a-4fc7-900d-fe0b2a9d70be>

 

No es la ciudad, aún no es el campo

lunes, 31 de julio

«La fragilité développe la conscience de soi: c’est bien connu», escribe Jean-Marie Klinkenberg en la presentación belga de un libro sobre el regionalismo léxico en la francofonía. Fotocopié aprisa algunos artículos y ahora tengo unas hojas cortadas y borrosas que no me interesan, menos por el texto de Klinkenberg. Hermoso e inapropiado, se titula «La banlieu et les arpenteurs», el suburbio y los agrimensores. Las afueras del idioma son el mejor lugar para la observación, porque el suburbio, que no es ya la ciudad, sin embargo, la promete y, aunque aún no es el campo, trae su primer olor. Al final de la calle Rivadavia empieza el Sur.

La conciencia de sí es el tema de Los diarios de Emilio Renzi, ese es mi tema de su lectura, y me fijo en un apunte de febrero de 1967 sobre el proyecto de una antología de cuentos seleccionados por escritores. Piglia escribe que elegiría La muerte de Iván Ilich y Las nieves del Kilimanjaro, dos cuentos gemelos; luego añade El sur: «¿Qué hace el hombre que está por morir? ¿Cómo vemos la vida de alguien si sabemos que ya está por morir?». Pocas páginas después y casi cincuenta años más tarde, al final del primer tomo, el cronista explica por qué a Renzi le ayuda María en la tarea de transcribir sus cuadernos. Porque en México «parecía haber empezado a desvariar un poco, como le venía sucediendo cada vez con más frecuencia desde que estaba enfermo, no enfermo, él jamás usó esa palabra, estaba, para decirlo como él, un poco embromado, como decía loco de pánico».

Releo los cuentos, en los tres hay un accidente cotidiano e insustancial: la herida corriente en la pierna de Harry, un batiente olvidado que golpea la cabeza de Dahlman, Iván Ilich cae de una escalera en el salón de casa. Los percances cavan con la enfermedad un espacio para la conciencia que es el tiempo de la fiebre, la rememoración y el duermevela suburbial; la infección no es la vida que estaba y se va, tampoco es aún la muerte. El accidente de este lunes en la autovía y todas las horas que pasamos encerrados en el autobús agitándonos en los asientos, desfilando abrumados por la cabina del váter con la puerta que cierra mal y un pensamiento que gira sin parar como una bailarina idiota, porque es demasiada mala suerte: si no hubiera habido ese choque o si la cabina no hubiera ardido o si todo hubiera ocurrido antes o después del viaducto. Pasó muy veloz y sería negro, no tuvo tiempo para el malestar ni para la luz en la conciencia, no hubo una avioneta y abajo la nieve; apenas lo justo para coger el puñal que el viejo le tiende desde el rincón, saltar al vacío. «Uno escribe porque está desajustado con la vida», anota Piglia en el extrarradio.