Gorriones y centauros

«La era» o «El verano» (1786), boceto para el cartón del Museo del Prado. (Museo Lázaro Galdiano, Madrid).

En junio, en la casa de José Lázaro Galdiano, el centauro de sí mismo. Así lo pinta Cansinos-Asséns en la viñeta de La España Moderna (I, 167-168), la revista de la que era propietario: «un hombre alto, recio, con bigote y barba y que daba la impresión de ir montado sobre sí mismo, como un centauro». Ahora, en el vestíbulo del lujoso hotel donde el centauro soberbio vivía rodeado de «antigüedades, obras de arte y libros curiosos, con los que traficaba», hay un grupo y una mujer bajita y pulcra, que se presenta como «voluntaria cultural». Me quedo y voy con ellos, veo el museo que elige la voluntaria, elocuente, levemente manchega y veloz. De las riquezas que dijo solo dos cosas guardé: una, que la carcoma se trata con clara de huevo, miel y leche; la otra, que un tapiz se inicia con un borrón, el borrón es antes que el boceto que precede al cartón, lo primero es el borrón. «Aire, que mañana trillo», solía decirlo Lola para pedir brío y a veces un respiro. El boceto o borrón de Goya pasa en un respiro. «El cansancio hace inocentes a los hombres», dice un aerolito de Ory, creo que por metonimia del sudor de la frente.

A la casa de Cerralbo llego luego cansada, aunque no inocente, y me rinde el avaricioso estreñimiento interior, infarto y farsa son familia de farcire. Boqueando en un banco del jardín adonde he salido por un desagüe me distraigo con los gorriones, «los gorriones son de cortíssima vida, y tienen igual salacidad y luxuria», dice Autoridades. Corazón de gorrión, corazón ardiente. Un gorrión puede anidar en un tubo de escape, los gorriones «crían en los agujeros de las casas y torres, y su andar es a saltos», así los describe Autoridades. En el libro de Jennifer Ackerman (2017) hay un capítulo entero para los gorriones, su inteligencia adaptativa, el oportunismo y la sinantropía, que es vivir con los hombres sin ser domésticos. Los gorriones se alojan en travesaños, cañerías y farolas, raramente lejos de una estructura artificial. Cuando leía el libro de Ackerman vi en el periódico lo de las casas-tubería de Hong Kong, casas de gorrión para quien no tiene nada que guardar, viviendas sin pasado como cunas, para honrar un presente absoluto porque nada más cabe. Cada gorrión con su espigón.

De los pájaros que guardan cosas habla Ackerman en otro capítulo, el de la mente cartográfica. Las palomas tienen un mapa y también lo tienen los pájaros que esparcen comida: un solo cascanueces de las Montañas Rocosas recoge cada verano más de treinta mil piñones que va enterrando en cientos de escondrijos diseminados por un lugar no pequeño; en invierno sabrá encontrarlos porque las estaciones cambian el paisaje pero las configuraciones geométricas permanecen. Las charas californianas recuerdan dónde han escondido sus botines y además qué pusieron y cuándo; las semillas, la fruta y los gusanos no se pudren a la vez y ellas recuperan primero lo que antes se pierde. Revisan el tiempo pasado y calculan el porvenir, tienen un mapa. En la era agosto arde como el corazón de un gorrión.

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San Juan

Arqueología, los restos modestos del día
Me llamo Kira, te llamo Kira, se llama Kira
Damos vueltas alrededor y suponemos, pero el secreto está en el centro y sabe. (THE SECRET SITS We dance round in a ring an suppose,/ But the Secret sits in the middle and knows»).
«Mi reina, ¿qué tanto ha que no se peina?». «Mi galán, desde San Juan».
Descaecer, el sol en el cristal

Es San Juan y el día lo interpreta, la puesta de sol retumba y no termina nunca. A estas horas la playa está vacía menos por gente suelta. No sé por qué han salido ellos, para caminar por caminar o porque tienen un perro. Ando contra el sol y saco fotos falsas, oscuras y religiosas. Saco las huellas, las suelas y los dedos, las membranas de las gaviotas; hay corazones, letras, campos para las pelotas, hay labores de construcción. Saco las fotos para sujetar lo que queda del día y llevar el paso al paso del mes o al trote levantado, a veces elevado a veces sentado. Las fotos son la rienda y el bocado, las fotos no son nada y, de lo que yo bien sé, solo diré que es eso lo que me ha traído y que me acuerdo otra vez de Montauk.

Recordar, aspectos cualitativos. Montauk trata del «presente sutil», cojo de algún lugar del libro las palabras. Y que Frisch dice de Frisch: «No quiere recuerdos. Quiere el instante» (p. 115). Entonces el libro es la traición de este deseo, aunque lo contiene y lo interpreta como al solsticio el lento atardecer rosado. Luego se conformará con olvidar algunos nombres y renunciar al mensaje, con no inventar. Por eso ha dicho antes: «La literatura conserva el momento, para eso existe. La literatura tiene el otro tiempo, […]» (p. 77). Porque el presente sutil era mentira o fue un fracaso, porque el presente es insuficiente.

Al irme de la playa me cruzo con los grupos de chavales que van llegando. Casi son las diez y aún no acaba el día, es San Juan y todavía no están preparadas las hogueras. Ellos llevan bolsas de plástico llenas de botellas en vez de brazadas de leña, las fotos son mi leña.

Recordar, aspectos cuantitativos. «La brazada» de Frost. Las cosas van cayendo de los brazos por mucho que las aferremos: «With all I have to hold with, I will do my best/ To keep their building balanced at my breast» (1). Hubo un verbo escaecer, que fuedejar caer’, *EXCADESCERE, caer; primero de las manos, luego de las carnes: enflaquecer; después, olvidar. Descaecimiento es «oblivio», dice Nebrija en el Vocabulario español latino (1495). También el verbo rosado adelgazó, cayó y se puso regional e irreparablemente anochecido.

 

(1) THE ARMFUL

For every parcel I stoop down to seize
I lose some other off my arms and knees,
And the whole pile is slipping, bottles, buns—
Extremes too hard to comprehend at once,
Yet nothing I should care to leave behind.
With all I have to hold with, I will do my best
To keep their building balanced at my breast.
I crouch down to prevent them as they fall;
Then sit down in the middle of them all.
I had to drop the armful in the road.
And try to stack them in a better load.
(Robert Frost, en Arroyo hacia el oeste).

Al entrar en la habitación (2)

Mayo, la 905

Al entrar en la habitación veo las ramas. Es el noveno, igual que la otra vez sobre el parque proliferante y la vecindad de los campanarios desde la colina del noveno. La 905 es del lado de la Senda y de los plátanos que han crecido tan altos a impulsos de la estrechez; viejos y enfermos de cavidades y pudriciones que no se ven, he oído que los van a cortar. Hace mucho viento, la copa que aún sube un piso más se revuelve afuera muda, pero el aire suena dentro. Dentro del baño y al otro lado de la puerta, en el pasillo, el ruido del viento recorre las tuberías y los caminos huecos del hotel, monótono como un motor. Es el ronquido del espíritu del hotel, «principio generador de carácter íntimo», en su 3ª acepción; una espina, «pesar íntimo y duradero», en su 6ª acepción.

Llevo Montauk aunque apenas leo. Una de las anotaciones de las primeras páginas dice CONSIDER YOURSELF AS A DOOMED MAN? Y después, «Realmente, ¿qué hago yo aquí?». El personaje de Frisch —que se llama Frisch y es Frisch— mira por la ventana del hotel y ve que han demolido la cárcel de mujeres que hubo en la esquina; en el solar alambrado zurean unas palomas «que podrían marcharse volando en cualquier momento». De las dos facetas de la situación, a) podrían irse y b) no se van, me quedo pensando en que el recogimiento hace el muro.

Había encontrado el lugar al que pertenece la frase «buenos muros hacen buenos vecinos». Está en «Reparación del muro», el primer poema de Al norte de Boston, el que empieza «Something there is that doesn’t love a wall». Las heladas del invierno los agrietan, los cazadores y los perros derriban las piedras cuando corren detrás de los conejos, para qué enderezarlos cada primavera. Para qué uno, si tú tienes pinos y yo manzanos, los muros están bien cuando hay vacas, protesta el granjero ante la aplicación terca de su vecino, que solo sabe responder: «Buenos muros hacen buenos vecinos». Un troglodita con un adoquín en cada mano, alguien que se mueve en las sombras, es lo que dice al final Frost, vencido de sí mismo en la disputa interior, que es una actividad íntima como la rebusca de las palomas apretadas en la arena del solar.

Intimidad, superlativo de intus, significa el lugar más adentro: «… distinguir las palabras que se forman entre los dientes de las que se hacen en lo íntimo del corazón», escribe un jesuita anónimo al ministro Campomanes en 1761. Sabes qué quiere decir y también sabes que el corazón no es un órgano implicado en la actividad lingüística. La elocuencia gastada de la expresión se basa en una de tantas figuras que las razones del desplazamiento y la contigüidad aderezan: llamamos a la cosa que importa señalando el lugar en el que la hallamos. El lugar interior sirve para anclar las denominaciones igual que Jerez sirve para decir el vino y los paños son de Arras. En la plaza de Arras siempre es catorce de julio, bebemos vino y el sol brilla. La intimidad son las aguas del gozo, la compañía es el dique que permite nombrarlas.

Solaridad

Octubre o noviembre, Montale

Cuando saqué la foto era octubre o noviembre, era jueves por la hora soleada y fueron al pasar los limones de Montale, «las trompetas de oro de la solaridad», en la traducción de Frabetti, que desliza un italianismo en la seda de la derivación románica común. Solaridad, la palabra imprescindible para conversar sobre la sustancia de lo solar, apenas se documenta en español: «la solaridad en definitiva triunfante», dice un texto argentino de 1978 consagrado a la astrología y a las ciencias ocultas, menos que un pañuelo para guardar el calor enclenque de las palabras posibles pero casi inexistentes. También he visto traducir solarità por ‘alegría’: «Mi farò travolgere dalla tua solarità», «Me sumergiré en tu alegría». Padeletti falleció en enero. Padeletti descubría «las graderías de innombrable alegría» del limón en una de sus estrofas de limones que remedan a los mirlos de Wallace Stevens: «No sé si el limón me mira o lo miro. Cuando poso la mirada, sospecho que hay un antes y un después que se guarda». La solarità del diccionario italiano es la luminosità, la radiosità, especialmente en sentido figurado: «la solarità di uno sguardo» (Sabatini y Coletti), el sol es una mirada. Sin elegir atributo ni especificar sentido, la dudosa solaridad sin diccionario despacha con el tamaño entero del sol y arde al remate, cerrada y fragante como un limón.

Quando un giorno da un malchiuso portone
tra gli alberi di una corte
ci si mostrano i gialli dei limoni;
e il gelo dei cuore si sfa,
e in petto ci scrosciano
le loro canzoni
le trombe d’oro della solarità.

                                          (Última estrofa de «I limoni», 1925).

Cuando un día por un mal cerrado portal
entre los árboles de un patio
se nos muestra el amarillo de los limones;
y el hielo del corazón se derrite,
y en el pecho nos vierten
sus canciones
las trompetas de oro de la solaridad.
(Traducción de Carlo Frabetti).

Del domingo, la oración

Un corro de orugas de mar; ruqueta, rucamar, jaramago blanco. «Oh, give us pleasure in the flowers today;/ And give us not to think so far away/ As the uncertain harvest».
Deja que nos quedemos aquí. «…keep us here/ All simply in the springing of the year».

 

A Prayer in Spring

Oh, give us pleasure in the flowers today;
And give us not to think so far away
As the uncertain harvest; keep us here
All simply in the springing of the year.

Oh, give us pleasure in the orchard white,
Like nothing else by day, like ghosts by night;
And make us happy in the happy bees,
The swarm dilating round the perfect trees.

And make us happy in the darting bird
That suddenly above the bees is heard,
The meteor that thrusts in with needle bill,
And off a blossom in mid air stands still.

For this is love and nothing else is love,
The which it is reserved for God above
To sanctify to what far ends He will,
But which it only needs that we fulfil.

                           Robert Frost

                      (A Boy’s will, 1913).

Una herida en la cabeza. (Las gaviotas reidoras)

Gaviotas reidoras. (Febrero de 2018)

Suele haber una bandada de gaviotas reidoras cerca cerca del río Mantilla. Ríen las gaviotas porque chillan, ríe el alba porque la luz brota, las costuras porque rompen y el agua que corre porque canta, aunque en Letona el agua que ríe es la que rebosa. En la antología de poesía de montaña, tan empapada de arroyos fríos que saltan entre las peñas, he hallado enseguida un «reidor regato» y un «regajo [que] canta/ parlero y bullidor». Su poeta es el desconocido Antonio Andión, otro de los que en ese libro llevan en la fecha de la muerte una pregunta (1883- ?). «La risa es el sexo del alma», dicta un aerolito de Carlos Emundo de Ory que entiendo bien. También tenía en el cuaderno una cita de Novalis; no sé de dónde la he sacado, solo cuánto conviene: «Si no puedes hacer de tus pensamientos objetos externos, entonces haz de los objetos externos pensamientos».

Las gaviotas reidoras son más pequeñas y gráciles, más blancas y con las puntas de las alas muy negras. Estas semanas he visto cómo iban tocándose algunas con la capucha negra del plumaje de verano, las otras llevan aún los capacetes del invierno y junto al ojo el lunar de donde sale toda esa oscuridad. En Un antropólogo en Marte, Sacks contaba la historia del pintor que se queda sin colores a causa de una herida en la cabeza. Fue un accidente y después el señor I. tiene que vivir en un terrible mundo de plomo y ni siquiera le compadecen lo suficiente: «Has perdido la visión del color, bueno, ¿y qué?». Podría haber resultado gravemente mutilado, podría estar muerto. Muertos y grises a su alrededor los objetos y los cuerpos, sucios y falsos, el señor I. cerraba los ojos cuanto podía y recurría al recuerdo y a los alimentos blancos y negros, yogur y arroz, aceitunas negras, café. Pero pasó el tiempo y el señor I. volvió a mirar y a pintar; sus cuadros blancos y negros le gustaban, tuvo éxito. Siguió lamentando su quebranto, pero llegó a apreciar la mayor agudeza en el enfoque que había obtenido a cambio, la riqueza de las texturas y otras ganancias sutiles. No hay mal que por bien no venga y si me quebré un pie por mi bien fue. Lo cierto es que el señor I. se acostumbró y vivió porque se vive sin muchas cosas, más vale no pensar en cuántas, el color también podría ser una de ellas.

Las gaviotas reidoras estaban siendo el objeto externo y hoy he vuelto a verlas en su sitio de siempre, mirando al agua. No sé si van a quedarse aquí en la playa, con sus cabezas de café y aceitunas negras, o vuelven a los nidos de Finlandia en marzo, por la primavera.

Figuras de repetición

La monserga de las olas, las horas monorrimas y «le petit crapaud de pluie», el sapo que brota de los chaparrones y le compone una segunda parte al agua; todas las toses lastimosas, figuras de respiración y repeticiones. Aquel día de enero encontré la Cartilla de lectura y escritura de Don Ezequiel Solana, que lleva escrito en la tapa que «la repetición es la base de la enseñanza; repítase cada lección cuantas veces sean necesario [sic], para aprenderlas bien antes de pasar a la siguiente». Aquel día de enero se marchó solo y después de las horas regresó solo y sin el paraguas de mi padre, figuras de omisión. Los rosales de las casas amarillas aparecieron enterrados en arena, por la noche el agua había tapado los jardines; el organizado paralelismo habitual pero la furia incontenible, figuras de intensificación. Aquella tarde que ahora recuerdo y, al recordar, reitero, arrancó la boya y salí a verla arrastrarse pesada y herida por la orilla, figura de desautomatización del objeto que le hace ocupar un lugar inesperado, dones del extrañamiento. «¿Qué es materia?», cuando Lola tomaba a José la lección; «materia es todo aquello que ocupa un lugar en el espacio», decía el libro. «Que ocupa un lugar inesperado», contestaba José niño, y al repetir complacidos la equivocación la hicimos proverbial y semántica.

Las palmeras al pasar

He visto las palmeras al pasar. «Vivir es ver pasar», dice Lapesa por disputar con la frase de Azorín, «Vivir es ver volver» (1). He visto las palmeras al pasar porque miraba el verdín de las baldosas y el musgo lujoso de las cortezas velludas, los troncos que llaman estipes, como los arquitectos a las columnas, y capitel al engrosamiento del que surten las palmas; palmeras como la columna de San Baudelio y el palmeral de herraduras. En los huertos de entre calles hay ejemplares muy altos que han sobrevivido a ventas y demoliciones sucesivas; a veces las casas nuevas heredan una palmera vieja que hace la vez del santo venido de otra tierra. Las que digo son las del paseo de siempre, solo mi reconocimiento es nuevo: «Nuestra comprensión de las palmeras ha mejorado mucho en los últimos treinta años», dice Wikipedia; eso parece. La familia numera los géneros por cientos y las especies por miles, leo, y hago de la caminata oficio de verlas y contarlas. Compruebo los jardines que crían entre las leñas de los troncos rocosos, las reservas de hierbas y helechos, las lianas de zarza y los arbustos equivocados que cuelgan de las copas y se enredan con las palmas secas; verifico la muerte polvorienta de las palmas viejas, sin oros ni bronces, sin el fuego y la fragua del otoño de los plátanos y los chopos corrientes del parque. Registro por fin las sinuosidades de los torsos que traslucen episodios de sufrimientos fisiológicos particulares, palmeras personales y mayúsculas como las iniciales de los seres únicos.
Un jueves me pongo a contárselo a Juan en el patio: «Alto soy de mirar a las palmeras», recita solemne desde su poca talla. Lapesa también era un hombre bajito. He leído de un tirón las Generaciones y semblanzas (2), recuerdos fúnebres de maestros y amigos, hombres y mujeres ejemplares como hileras de palmeras de otro tiempo. Giner de los Ríos advirtió al joven Américo Castro: «Américo, usted que es tan inteligente, ¿cómo no se quita ese acento provinciano?». Don Américo renunció al «silbo de afirmación en la aldea» del acento granadino y ejerció a su vez un «magisterio integral», explica el discípulo entre dos sucesos. Uno, cuando en 1930 Lapesa ganó las oposiciones a Cátedras de Instituto: «Bueno, usted no cobrará comisión por los libros de texto, ¿verdad?». Otro, cuando después, en Princeton, Castro le descubrió la corbata roja y los calcetines verdes y le corrigió igual de severamente la normativa indumentaria. El hilo negro obituario cose la larga procesión de pérdidas que es el libro hasta el final, que mueve a risa porque la muerte es cómica de tan tenaz; altiva y distraída también, la muerte se deja al pasar la limosna de luz de las pequeñeces anticuadas.

(1) En «Justina Ruiz Conde. Adiós a la Asociación Española de Mujeres Universitarias» (1992).
(2) Rafael Lapesa, 1998: Generaciones y semblanzas de filólogos españoles. (Generaciones y semblanzas de claros varones y gentiles damas que ilustraron la Filología hispánica de nuestro siglo). Madrid: Real Academia de la Historia.