Nube de penal

Hizo un día muy oscuro, llovió. A la noche había esta luz rosada. El sol no estaba, descartamos la tormenta. «Es el penal», dijo A.

 

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Al entrar en la habitación (2)

Mayo, la 905

Al entrar en la habitación veo las ramas. Es el noveno, igual que la otra vez sobre el parque proliferante y la vecindad de los campanarios desde la colina del noveno. La 905 es del lado de la Senda y de los plátanos que han crecido tan altos a impulsos de la estrechez; viejos y enfermos de cavidades y pudriciones que no se ven, he oído que los van a cortar. Hace mucho viento, la copa que aún sube un piso más se revuelve afuera muda, pero el aire suena dentro. Dentro del baño y al otro lado de la puerta, en el pasillo, el ruido del viento recorre las tuberías y los caminos huecos del hotel, monótono como un motor. Es el ronquido del espíritu del hotel, «principio generador de carácter íntimo», en su 3ª acepción; una espina, «pesar íntimo y duradero», en su 6ª acepción.

Llevo Montauk aunque apenas leo. Una de las anotaciones de las primeras páginas dice CONSIDER YOURSELF AS A DOOMED MAN? Y después, «Realmente, ¿qué hago yo aquí?». El personaje de Frisch —que se llama Frisch y es Frisch— mira por la ventana del hotel y ve que han demolido la cárcel de mujeres que hubo en la esquina; en el solar alambrado zurean unas palomas «que podrían marcharse volando en cualquier momento». De las dos facetas de la situación, a) podrían irse y b) no se van, me quedo pensando en que el recogimiento hace el muro.

Había encontrado el lugar al que pertenece la frase «buenos muros hacen buenos vecinos». Está en «Reparación del muro», el primer poema de Al norte de Boston, el que empieza «Something there is that doesn’t love a wall». Las heladas del invierno los agrietan, los cazadores y los perros derriban las piedras cuando corren detrás de los conejos, para qué enderezarlos cada primavera. Para qué uno, si tú tienes pinos y yo manzanos, los muros están bien cuando hay vacas, protesta el granjero ante la aplicación terca de su vecino, que solo sabe responder: «Buenos muros hacen buenos vecinos». Un troglodita con un adoquín en cada mano, alguien que se mueve en las sombras, es lo que dice al final Frost, vencido de sí mismo en la disputa interior, que es una actividad íntima como la rebusca de las palomas apretadas en la arena del solar.

Intimidad, superlativo de intus, significa el lugar más adentro: «… distinguir las palabras que se forman entre los dientes de las que se hacen en lo íntimo del corazón», escribe un jesuita anónimo al ministro Campomanes en 1761. Sabes qué quiere decir y también sabes que el corazón no es un órgano implicado en la actividad lingüística. La elocuencia gastada de la expresión se basa en una de tantas figuras que las razones del desplazamiento y la contigüidad aderezan: llamamos a la cosa que importa señalando el lugar en el que la hallamos. El lugar interior sirve para anclar las denominaciones igual que Jerez sirve para decir el vino y los paños son de Arras. En la plaza de Arras siempre es catorce de julio, bebemos vino y el sol brilla. La intimidad son las aguas del gozo, la compañía es el dique que permite nombrarlas.

Solaridad

Octubre o noviembre, Montale

Cuando saqué la foto era octubre o noviembre, era jueves por la hora soleada y fueron al pasar los limones de Montale, «las trompetas de oro de la solaridad», en la traducción de Frabetti, que desliza un italianismo en la seda de la derivación románica común. Solaridad, la palabra imprescindible para conversar sobre la sustancia de lo solar, apenas se documenta en español: «la solaridad en definitiva triunfante», dice un texto argentino de 1978 consagrado a la astrología y a las ciencias ocultas, menos que un pañuelo para guardar el calor enclenque de las palabras posibles pero casi inexistentes. También he visto traducir solarità por ‘alegría’: «Mi farò travolgere dalla tua solarità», «Me sumergiré en tu alegría». Padeletti falleció en enero. Padeletti descubría «las graderías de innombrable alegría» del limón en una de sus estrofas de limones que remedan a los mirlos de Wallace Stevens: «No sé si el limón me mira o lo miro. Cuando poso la mirada, sospecho que hay un antes y un después que se guarda». La solarità del diccionario italiano es la luminosità, la radiosità, especialmente en sentido figurado: «la solarità di uno sguardo» (Sabatini y Coletti), el sol es una mirada. Sin elegir atributo ni especificar sentido, la dudosa solaridad sin diccionario despacha con el tamaño entero del sol y arde al remate, cerrada y fragante como un limón.

Quando un giorno da un malchiuso portone
tra gli alberi di una corte
ci si mostrano i gialli dei limoni;
e il gelo dei cuore si sfa,
e in petto ci scrosciano
le loro canzoni
le trombe d’oro della solarità.

                                          (Última estrofa de «I limoni», 1925).

Cuando un día por un mal cerrado portal
entre los árboles de un patio
se nos muestra el amarillo de los limones;
y el hielo del corazón se derrite,
y en el pecho nos vierten
sus canciones
las trompetas de oro de la solaridad.
(Traducción de Carlo Frabetti).

Del domingo, la oración

Un corro de orugas de mar; ruqueta, rucamar, jaramago blanco. «Oh, give us pleasure in the flowers today;/ And give us not to think so far away/ As the uncertain harvest».
Deja que nos quedemos aquí. «…keep us here/ All simply in the springing of the year».

 

A Prayer in Spring

Oh, give us pleasure in the flowers today;
And give us not to think so far away
As the uncertain harvest; keep us here
All simply in the springing of the year.

Oh, give us pleasure in the orchard white,
Like nothing else by day, like ghosts by night;
And make us happy in the happy bees,
The swarm dilating round the perfect trees.

And make us happy in the darting bird
That suddenly above the bees is heard,
The meteor that thrusts in with needle bill,
And off a blossom in mid air stands still.

For this is love and nothing else is love,
The which it is reserved for God above
To sanctify to what far ends He will,
But which it only needs that we fulfil.

                           Robert Frost

                      (A Boy’s will, 1913).

Una herida en la cabeza. (Las gaviotas reidoras)

Gaviotas reidoras. (Febrero de 2018)

Suele haber una bandada de gaviotas reidoras cerca cerca del río Mantilla. Ríen las gaviotas porque chillan, ríe el alba porque la luz brota, las costuras porque rompen y el agua que corre porque canta, aunque en Letona el agua que ríe es la que rebosa. En la antología de poesía de montaña, tan empapada de arroyos fríos que saltan entre las peñas, he hallado enseguida un «reidor regato» y un «regajo [que] canta/ parlero y bullidor». Su poeta es el desconocido Antonio Andión, otro de los que en ese libro llevan en la fecha de la muerte una pregunta (1883- ?). «La risa es el sexo del alma», dicta un aerolito de Carlos Emundo de Ory que entiendo bien. También tenía en el cuaderno una cita de Novalis; no sé de dónde la he sacado, solo cuánto conviene: «Si no puedes hacer de tus pensamientos objetos externos, entonces haz de los objetos externos pensamientos».

Las gaviotas reidoras son más pequeñas y gráciles, más blancas y con las puntas de las alas muy negras. Estas semanas he visto cómo iban tocándose algunas con la capucha negra del plumaje de verano, las otras llevan aún los capacetes del invierno y junto al ojo el lunar de donde sale toda esa oscuridad. En Un antropólogo en Marte, Sacks contaba la historia del pintor que se queda sin colores a causa de una herida en la cabeza. Fue un accidente y después el señor I. tiene que vivir en un terrible mundo de plomo y ni siquiera le compadecen lo suficiente: «Has perdido la visión del color, bueno, ¿y qué?». Podría haber resultado gravemente mutilado, podría estar muerto. Muertos y grises a su alrededor los objetos y los cuerpos, sucios y falsos, el señor I. cerraba los ojos cuanto podía y recurría al recuerdo y a los alimentos blancos y negros, yogur y arroz, aceitunas negras, café. Pero pasó el tiempo y el señor I. volvió a mirar y a pintar; sus cuadros blancos y negros le gustaban, tuvo éxito. Siguió lamentando su quebranto, pero llegó a apreciar la mayor agudeza en el enfoque que había obtenido a cambio, la riqueza de las texturas y otras ganancias sutiles. No hay mal que por bien no venga y si me quebré un pie por mi bien fue. Lo cierto es que el señor I. se acostumbró y vivió porque se vive sin muchas cosas, más vale no pensar en cuántas, el color también podría ser una de ellas.

Las gaviotas reidoras estaban siendo el objeto externo y hoy he vuelto a verlas en su sitio de siempre, mirando al agua. No sé si van a quedarse aquí en la playa, con sus cabezas de café y aceitunas negras, o vuelven a los nidos de Finlandia en marzo, por la primavera.

Figuras de repetición

La monserga de las olas, las horas monorrimas y «le petit crapaud de pluie», el sapo que brota de los chaparrones y le compone una segunda parte al agua; todas las toses lastimosas, figuras de respiración y repeticiones. Aquel día de enero encontré la Cartilla de lectura y escritura de Don Ezequiel Solana, que lleva escrito en la tapa que «la repetición es la base de la enseñanza; repítase cada lección cuantas veces sean necesario [sic], para aprenderlas bien antes de pasar a la siguiente». Aquel día de enero se marchó solo y después de las horas regresó solo y sin el paraguas de mi padre, figuras de omisión. Los rosales de las casas amarillas aparecieron enterrados en arena, por la noche el agua había tapado los jardines; el organizado paralelismo habitual pero la furia incontenible, figuras de intensificación. Aquella tarde que ahora recuerdo y, al recordar, reitero, arrancó la boya y salí a verla arrastrarse pesada y herida por la orilla, figura de desautomatización del objeto que le hace ocupar un lugar inesperado, dones del extrañamiento. «¿Qué es materia?», cuando Lola tomaba a José la lección; «materia es todo aquello que ocupa un lugar en el espacio», decía el libro. «Que ocupa un lugar inesperado», contestaba José niño, y al repetir complacidos la equivocación la hicimos proverbial y semántica.

Las palmeras al pasar

He visto las palmeras al pasar. «Vivir es ver pasar», dice Lapesa por disputar con la frase de Azorín, «Vivir es ver volver» (1). He visto las palmeras al pasar porque miraba el verdín de las baldosas y el musgo lujoso de las cortezas velludas, los troncos que llaman estipes, como los arquitectos a las columnas, y capitel al engrosamiento del que surten las palmas; palmeras como la columna de San Baudelio y el palmeral de herraduras. En los huertos de entre calles hay ejemplares muy altos que han sobrevivido a ventas y demoliciones sucesivas; a veces las casas nuevas heredan una palmera vieja que hace la vez del santo venido de otra tierra. Las que digo son las del paseo de siempre, solo mi reconocimiento es nuevo: «Nuestra comprensión de las palmeras ha mejorado mucho en los últimos treinta años», dice Wikipedia; eso parece. La familia numera los géneros por cientos y las especies por miles, leo, y hago de la caminata oficio de verlas y contarlas. Compruebo los jardines que crían entre las leñas de los troncos rocosos, las reservas de hierbas y helechos, las lianas de zarza y los arbustos equivocados que cuelgan de las copas y se enredan con las palmas secas; verifico la muerte polvorienta de las palmas viejas, sin oros ni bronces, sin el fuego y la fragua del otoño de los plátanos y los chopos corrientes del parque. Registro por fin las sinuosidades de los torsos que traslucen episodios de sufrimientos fisiológicos particulares, palmeras personales y mayúsculas como las iniciales de los seres únicos.
Un jueves me pongo a contárselo a Juan en el patio: «Alto soy de mirar a las palmeras», recita solemne desde su poca talla. Lapesa también era un hombre bajito. He leído de un tirón las Generaciones y semblanzas (2), recuerdos fúnebres de maestros y amigos, hombres y mujeres ejemplares como hileras de palmeras de otro tiempo. Giner de los Ríos advirtió al joven Américo Castro: «Américo, usted que es tan inteligente, ¿cómo no se quita ese acento provinciano?». Don Américo renunció al «silbo de afirmación en la aldea» del acento granadino y ejerció a su vez un «magisterio integral», explica el discípulo entre dos sucesos. Uno, cuando en 1930 Lapesa ganó las oposiciones a Cátedras de Instituto: «Bueno, usted no cobrará comisión por los libros de texto, ¿verdad?». Otro, cuando después, en Princeton, Castro le descubrió la corbata roja y los calcetines verdes y le corrigió igual de severamente la normativa indumentaria. El hilo negro obituario cose la larga procesión de pérdidas que es el libro hasta el final, que mueve a risa porque la muerte es cómica de tan tenaz; altiva y distraída también, la muerte se deja al pasar la limosna de luz de las pequeñeces anticuadas.

(1) En «Justina Ruiz Conde. Adiós a la Asociación Española de Mujeres Universitarias» (1992).
(2) Rafael Lapesa, 1998: Generaciones y semblanzas de filólogos españoles. (Generaciones y semblanzas de claros varones y gentiles damas que ilustraron la Filología hispánica de nuestro siglo). Madrid: Real Academia de la Historia.

 

Enero de nuevo. (El correlimos)

Correlimos tridáctilo, playerito blanco

Casi nunca los veo, porque no están o porque no miro lo bastante. Mirar es pensar, dice Juan Ramón mirando al mar. Era noviembre o diciembre en la foto del correlimos que llega persiguiendo las espumas fugitivas desde el silencio boreal, un ave siempre actual como los locos son (1). Las alas a la espalda y cabizbajo, como considerando el resuello bronquítico del mar mientras sondea con puntadas diligentes, trémolos y ráfagas los minutos de la arena. La taquigrafía del correlimos me recuerda a los viejos pensativos de los parques, al corazón agitado y derrochador de la máquina de coser de mi madre y a que Andrés aseguraba que nacemos con las respiraciones contadas. Natalia sostenía que lo que nos viene calculado son los polvos y que hay lagartos que toman aire una vez a la hora y pueden pasar meses sin comer en Nueva Zelanda. Correlimos es compuesto léxico transparente, de un tipo que guarda la pujanza densa de la palabra holofrástica infantil, porque el tema verbal concede a la voz categoría de relato. Correlimos es fábula y no diccionario.
Para enero oscuro, el pájaro vibrante y soleado que pensé en una orilla de diciembre.

(1) La frase de Bellow es así: «Pero los locos siempre son actuales, del modo en que los andarríos corren en las playas por delante de la línea de espuma». (Saul Bellow, Son más los que mueren de desamor, Debolsillo, 2005, p. 96).

Técnica mixta

Kulu Be Ban Kan. (1991. Técnica mixta sobre lienzo)

a) Kulu Be Ban Kan, Lac jaune
Había dos cuadros de Barceló en el piso de arriba, este y el Lac jaune (1990. Técnica mixta sobre lienzo). Mali alienta la expansión creativa de su «pintura matérica», dice la guía, una expresión repelente, aunque no por ella misma sino por los elementos agentes a la vez que ausentes de la materia verbal. La materia de los cuadros son las ramas de que está hecho el barco que navega por el río Níger y los pegotes de barro que vivifican a los animales que se mueven por las orillas abrasadas del lago.

b) «Los tigres del mar»
Es un cuento de Salgari que encontré en Relatos del mar, la historia de un naufragio y el asedio terrible de los tiburones y que acaba bien porque la Providencia vela por los desdichados. Así lo indica el narrador y que su relato es verídico, que tuvo noticia de él en uno de sus viajes por Centroamérica. La nota biográfica aclara que el joven Salgari recorrió la costa adriática y mediterránea durante los meses que sirvió en el barco «Italia Una», pero nunca visitó la geografía lejana en la que transcurren sus relatos. También explica que el prolífico Salgari trabajó incansablemente aunque el éxito no evitó que pasara grandes estrecheces. Tenía cuatro hijos, una mujer loca, tenía también el desdén de la crítica y aún no había cumplido los cuarenta y nueve el día de abril de 1911 en el que se suicidó haciéndose el haraquiri. El conmovedor naufragio privado del embaucador de chiquillos es un segundo texto marítimo y el Níger de su escritura. Ángel me enseña El desollador Uttagori, un libro de 1932 de la editorial Araluce. «He pedido La ciudad del rey leproso y La traición de Duarte, están también en Araluce». «¿Todavía te gusta Salgari?», le pregunto. «Mucho», dice. Cardal y el capitán sobrevivieron a la tempestad y a los tiburones y lograron desembarcar en Santiago de Cuba.

c) «He vuelto a ver a mi padre», de Roberto Bolaño
El poema que Bolaño dedica a su padre desde un cuarto de hospital adonde llegan los nombres propios y las otras materias. (Técnica mixta sobre lienzo)

La historia comienza con la llegada del sexto enfermo,
un tipo de más de sesenta, solo, de enormes patillas,
con una radio portátil y una o dos novelas de aquellas
que escribía Lafuente Estefanía.
Los cinco que ya estábamos en la habitación éramos amigos,
es decir nos hacíamos bromas y conocíamos
los síntomas verdaderos de la muerte,
aunque ahora ya no estoy tan seguro.
El sexto, mi padre, llegó silenciosamente
y durante todo el tiempo que estuvo en nuestra habitación
casi no habló con nadie.
Sin embargo una noche, cuando uno de los enfermos se moría
(Rafael, el de la cama no 4)
fue él quien se levantó y llamó a las enfermeras.
Nosotros estábamos paralizados de miedo.
Y mi padre obligó a las enfermeras a venir y salvó al enfermo
de la cama n° 4
y luego volvió a quedarse dormido
sin darle ninguna importancia.
Después, no sé por qué, lo cambiaron de habitación.
A Rafael lo mandaron a morir a su casa y a otros dos
los dieron de alta.
Y a mi padre hoy lo volví a ver.
Como yo, sigue en el hospital.
Lee su novela de vaqueros y cojea de la pierna izquierda.
Su rostro está terriblemente arrugado.
Aún lo acompaña la radio portátil de color rojo.
Tose un poco más que antes y no le da mucha importancia a las cosas.
Hoy hemos estado juntos en la salita, él con su novela
y yo con un libro de William Blake.
Afuera atardecía lentamente y los coches fluían como pesadillas.
Yo pensaba y pensaba en mi padre, una y otra vez,
hasta que este se levantó, dijo algo
con su voz aguardentosa
que no entendí
y encendió la luz.
Eso fue todo. El encendió la luz y volvió a la lectura.
Praderas interminables y vaqueros de corazones fieles.
Afuera, sobre el Monte Carmelo, pendía la luna llena.

d) El prologador del Diario de un poeta recién casado (Visor, 2011), Luis Muñoz, que refiere la insatisfacción y las búsquedas de Jiménez, pone un fragmento de una carta a Juan Guerrero Ruiz (13 de junio de 1915), en la que el poeta dice encontrar «algo artificioso en la forma poética, y me pregunto: ¿es honrado esto? Acaso no, a pesar de su belleza». El libro es fruto del deseo de someter los poemas a la severidad documental y obedece a un plan que comienza la misma madrugada de enero que toma el tren en Atocha.
Ya no me acuerdo por qué tuve el impulso de coger el Diario. Me sorprende la inquietud moral de Juan Ramón, después me asombra y avergüenza mi sorpresa.

e) Marianne Moore

POETRY
I, too, dislike it:
Reading it, however, with a perfect contempt for it, one discovers
in it, after all, a place for genuine.