En plan de volcán

Menéndez Pidal. Nota de julio de 1901
Menéndez Pidal. Nota de julio de 1901

Los planes de Pidal, según constan en la nota pulcramente redactada el 10 de julio de 1901, cuando apenas cuenta treinta y dos años. No hay un solo borrón en este aseado papelito que ordena a buen ritmo propósitos académicos y empresas que levantar a lo largo de los siguientes veinticinco años: ir a América, escribir una enciclopedia, comprar el pan. Movería a risa si no fuera porque la obra cumplida es más grande que la pretensión. Planes, me digo, y me abrigo sombría con la capa de Burns, pero entre la reja del arado y las madrigueras de los ratones y los hombres se cuelan unas cómicas ráfagas de «en plan, en plan, en plan…», marcadores racheados, charcos juveniles y frescos como chubascos. Ellos son mi mejor plan.

En las cartas de Pidal que incluye Diego Catalán en el primer tomo de la Historia de la Lengua, la «catedral inacabada», hay muchas frases hermosas que lo son más por privadas y desnudas de vanidad: «Así se me desmigaja el tiempo y se lo comen los pájaros», le escribe a Américo Castro en 1944. De mi pan robo a los pájaros unas migas de El viaje al fondo de la Tierra que quiero dejar aquí, porque Hans, el islandés silencioso, cosecha plumas de edredón de los nidos de eideres de las rocas; y porque el viaje comienza en la boca del Sneffels y termina en Estrómboli, un final inesperado para el imposible plan original. Después, buscando una foto de la piedra posiblemente llamada corazón de volcán, he encontrado el volcán de Ecuador que se llama Corazón. De Vulcano a volcán, de volcán a montaña y de aquí a montón por los caminos invisibles del significado, explica Pidal en otro sitio, en el primer número de la Revista del Instituto de Filología de la Facultad de Letras de Buenos Aires (1924): «Volcán en Centro América es cualquier monte, y luego un montón, y así hay quien habla de “un volcán de naranjas”».

Próximo a cumplir 90 años, anota: «Muchas veces advierto que me mueven las ilusiones y proyectos impropios de mis muchos años» […]. Creo en la eficacia de la esperanza». En plan de volcán, un volcán de plumas.

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El espejo de Watanabe, peces de los espejos

Winslow Homer, «Leaping trout» (1889). Museo de Arte de Portland

«En agosto bulle el mar y hierve el mosto», lo dijo un hombre de los que solíamos coincidir en la torre de los socorristas para desnudarnos en el ferviente agosto y hoy me he cruzado con él y ha sido raro vernos vestidos y que él llevara unas gafas graduadas. En agosto fue el mosto de Watanabe, su antología titulada Elogio del refrenamiento, y también fue encontrármelo por accidente en el vídeo de la charla en la que Watanabe cuenta a un escaso pero atento público facultativo que hubo un largo tiempo de su vida en que no salía a la calle, no se lavaba y no se levantaba de la cama. En agosto recibí el libro de  Winslow Homer, que pintó el mar muchas veces, y, entre las velas ligeras y los trabajos litorales, saltaron del libro dos o tres de estas láminas de las truchas del instante; despiertas, recién lavadas y exteriores truchas recuperadas. El pintor se cruzó con ellas en algún punto del río de sus obstinadas vidas acróbatas y las puso en acuarelas vigorosas, Homero ciego pero astuto cazador. Me gusta pensar que hay truchas que llaman reos y que en las coincidencias no hay azar. Me gusta que las coincidencias se encadenen igual que los columpios que los trapecistas atrapan con la engañosa soltura que fingen los profesionales del alambre. Reos y presos como los peces de los espejos del libro de Borges que explica que hubo un largo tiempo en el que el mundo de los hombres y el de los espejos se comunicaban, que unos y otros entraban y salían en paz de los espejos, pero «una noche, la gente del espejo invadió la Tierra». Gracias al Emperador los animales de los espejos fueron vencidos, apresados y reducidos a reflejos; sin embargo, un día se sacudirán toda esa sobrenatural modorra y el pez será, de todos ellos, el primero en despertar: «En el fondo del espejo percibiremos una línea muy tenue y el color de esa línea será un color no parecido a ningún otro. Después, irán despertando las otras formas. Gradualmente diferirán de nosotros, gradualmente no nos imitarán».

Tarjar es un verbo del español andino que quiere decir ‘tachar’, tarjar me hace pensar en un serrucho y en que una vez de otro agosto vi en una calle de otro sitio a un chico que sacaba una melodía a lo que parecía un violín y era solo un serrucho.

Los versos que tarjo

Las palabras no nos reflejan como los espejos, así exactamente,
pero quisiera.
Escribo con una pregunta obsesiva en las orejas:
¿es ésta la palabra exacta o es el amague de otra
que viene
no más bella sino más especular?
Por esta inseguridad
tarjo,
toda la noche tarjo,
y en el espejo que aún porfío
solo queda una figura borrosa, mutilada, malograda.
Es como si cumpliera la amenaza de la madre
sibilina
al niño que estaba descubriéndose, curioso,
en su imagen:
«Tanto te miras en el espejo
que algún día terminarás por no verte».
Los versos que irrepetiblemente tarjo
se llevarán siempre mi poema.

José Watanabe, de El huso de la palabra, 1989.

El rescate

El Helicóptero del Gobierno

La redacción suspendida. Esta redacción colgaba desde hace semanas, o ya meses, igual que aquel hombre colgaba de su helicóptero, como cuelgan las medallas y el tapón de la bañera, lo mismo que cuelgo yo ahora de ella. La búsqueda de analogías apropiadas es un arte vital porque el pensamiento las precisa como el corazón a los latidos: esta es la idea que florece en razones durante las ochocientas páginas de La analogía, un libro repetitivo y amable de leer, que surte de ejemplos con la prodigalidad con la que Dori despachaba caramelos y muñecos atados a paracaídas de bolsas de plástico, todo por menos de cinco pesetas. Esta redacción sobre el helicóptero estaba casi vacía menos por varias frases incógnitas, como, por ejemplo, «Lo que no es imaginable no es inteligible», tan rotunda que he de haberla leído en alguna parte; no puse de dónde pero sé por qué la anoté, porque pido a mi madre que se invente lo que dice no conocer porque no lo recuerda y, como no recuerda, no sabe imaginar respuestas.

Estos días han vuelto algunos helicópteros, los he visto por la tarde y los he oído de madrugada. El que sostenía a un hombre que quedaba suspendido como una redacción, como una plomada, como un yoyó y como una pelota con una goma porque saltaba al agua y volvía a subir, pasó en mayo. El periódico puso unas líneas sobre el rescate de un niño en unos acantilados en otro lugar al oeste y me concentré en pensar que fue a la misma hora para poder imaginar un suceso ininteligible. Otro día no muy lejano el periódico ha referido que «el helicóptero del gobierno» había salvado a «una mujer enriscada» en unas peñas de un lugar al este de este. «Helicóptero del gobierno» es una expresión que da paz y ganas de rezar, «Helicóptero del Gobierno, que estás en los Cielos»; en cuanto a la «mujer enriscada», el periódico aclaraba que a esas alturas ella «no podía avanzar ni volver atrás», vivir no siempre es fácil. Un olvidado día de marea alta Amador me ayudó a bajar de las rocas, pero Amador se parecía bastante a Charles Manson y la analogía con el Helicóptero del Gobierno no es la mejor.

El rescate. Hay un cuento de Daniel Moyano que se titula «El rescate», es un cuento de muertes rurales. Para la mujer que ha perdido a su hijo el criminal «era un bicho escondido allá arriba, matando a Carlos eternamente», pero una noche el asesino entra en la casa y le pide ayuda: «Era como mi hermano, lo maté por descuido», se disculpa. Pasan los días y pasa el odio, va a quedarse a vivir con ella, que le da las ropas del hijo, descuelga el trapo negro del espejo de su cuarto y le pone en su cama. La mujer ahora tiene algo en vez de nada y a él no le importa que los zapatos le aprieten y no poder atarse los botones. En «El impostor inverosímil Tom Castro», que es una historia de infamia cosmopolita, hay otra madre que prefiere tomar al palurdo y obeso Tom Castro como hijo antes que aceptar que el suyo ha muerto. Borges hurga en los negocios del duelo y el engaño, pero sin la brutalidad de Moyano. Tom Castro ni siquiera trata de parecerse al objeto de su estafa, por eso nunca podrá ser acusado de impostor; por eso y porque, además, «lady Tichborne lo había reconocido y es evidente que una madre no se equivoca».

Finalmente, también había anotado en esta redacción suspendida uno de los episodios que cuenta Herta Müller en Todo lo que tengo lo llevo conmigo, porque compone la misma figura de sustituciones y es de los tres mi favorito. En el pueblo ruso, el pueblo de los abedules, Leopold encuentra a una vieja que le compra el pedazo de carbón, que le da sopa y un pañuelo: «Ella tenía que hacer algo por su hijo, porque yo estaba allí y él se encontraba tan lejos de casa como yo», así es como lo percibe Leopold. Guarda el pañuelo como un tesoro y un día encuentra en él unos ratones rosados y ciegos, «ratones nacidos de la nada, un regalo inmotivado». Siempre estuvo seguro de que la frase de despedida de su abuela, SÉ QUE VOLVERÁS, se había transformado en el pañuelo. El pañuelo es el objeto mágico de los cuentos maravillosos, el pañuelo es el Helicóptero del Gobierno.

Los poemas de Navidad

«Descanso en la huida a Egipto». Rembrandt Van Rij (1647). National Gallery, Dublín

Estos días he leído los Poemas de Navidad de Joseph Brodsky (1), los poemas que Brodsky escribió cada Navidad y con la Navidad como tema a lo largo de los últimos veinticinco años de su vida. El libro acaba con unas páginas que transcriben un diálogo entre Brodsky y Peter Vail, quien lo arranca con la mejor pregunta obtusa: por qué la Navidad. Porque es una fiesta en el tiempo, ligada a la marcha del tiempo, Dios se hace hombre y celebrar su nacimiento no es menos natural que celebrar el propio nacimiento, eso dice Brodsky más o menos:

En el desierto, elegido del cielo para el milagro
por su semejanza, pasaron la noche
y alumbraron la hoguera. (1988)

Es un libro corto y lleno de oscuridad, igual que el cuadro de Rembrandt, hay figuritas apretadas y confusas, el desierto frío y en el cielo la estrella. He leído el libro por casualidad estos días de pascua con Diego en casa, de nuevo hemos sido tres,

Primero, estuvieron juntos. Segundo,
lo más importante, eran tres. Y a partir de aquel instante
todo lo que se creaba, se regalaba o se cocía
por lo menos entre tres se repartía. (1990)

quizá por última vez. El pesado acaso, el acaso fanático y banal porque todo lo es y es entonces el agua insustancial y es el pez a la vez. El tercer elemento fortuito es que Brodsky recibió de un cuadro el impulso de escribirlos y yo también vi el descanso en la huida de Rembrandt otras pascuas en Dublín donde llovía tanto, llovía fuera y dentro de los museos y el cuadro prendió una cerilla por ventura:

Imagina, encendiendo una cerilla, aquella noche en la cueva:
Utiliza para sentir el frío las grietas del suelo;
para sentir el hambre, la vajilla apilada,
y el desierto… el desierto está en todas partes. (1989)

En 1962, en la dacha de Komarovo, Brodsky encontró la Adoración de los magos en una revista polaca, una adoración y un pesebre cualquiera, hay tantos cuadros y cromos iguales, pero Brodsky recortó y clavó en la estufa ese que vio: «Luego se quemaron, el cuadro, la estufa y la dacha misma. Pero en aquel momento yo lo miraba siempre y decidí escribir un poema sobre el mismo asunto. Es decir: todo arrancó no de sentimientos religiosos, o de Pasternak o de Eliot, sino de una pintura».

¡Cuánta luz se metió en ese trozo de estrella
al llegar la noche! Tanta como fugitivos en una balsa. (1986)

El domingo fuimos juntos a votar, era la primera vez y fuimos contentos, unas veces en fila y otras al revés, distraídos y dispersos por los puestos, a ratos recogidos del brazo los tres,
en las plazas grandes como el «adiós»,
o en las calles angostas como el «te quiero».

El sábado habíamos visto Paterson, se me ocurrió para él. «Le gustará el perro, le gustará el negro del bar que se quiere suicidar», pensé, y «lee esta carta que te escribo».

Acostúmbrate, hijo mío, al desierto,
como el polvo
al viento

La película que te escribo quiere decir que cuando descanses de noche en Egipto vendrá un pastor japonés que te regalará un cuaderno nuevo.
Brodsky murió en 1996 de un ataque al corazón, una última casualidad como otra cualquiera, el pez es la pecera. Ahora pienso en el libro con los versos que escribe la Navidad de 1985, en la página de la izquierda hay un oscuro jardín cirílico de yambos, anapestos o lo que sean, esquemas acentuales diversos para la vigilia en la que vive un hombre desvelado, la estrella desvela al campesino y

un piano despertado por un dedo
pasa a través de la pared y enturbia mi oído.
Como si alguien estuviera aprendiendo a leer, sumando sílabas.
O, mejor, como si estudiara astronomía, distinguiendo trazas
de nombres propios allá donde no estamos; allá
donde la suma depende de la resta. (1985)

(1) Un libro delgado de Visor (2001); traducción es de Svetlana Maliavina y Juan José Herrera de la Muela, con prólogo de  Svetlana Maliavina.

Lino milesio

Las lilas de abril. (La glicinia)
  • El lilo

Hace ya días que vi las primeras lilas de los lilos, una mañana en la casa de enfrente y después por todas partes. Fue entonces el sobresalto del timbre que suena y de las visitas inesperadas, ni solicitadas ni avisadas: ni la memoria las convocó ni el deseo las reclamó, ni siquiera ha llovido en la tierra muerta. Anoche llamó Antonio a la puerta y eran casi las doce. Últimamente nunca estoy preparada para abrir la puerta, podría haber un incendio o un puñal en el rellano de la escalera; no abras, porque si abres entrarán las desgracias incontenibles que miran por tu mirilla desde afuera. Le conté a Diego que hay un animal que repta por las escaleras y olisquea los talones de quienes suben por ellas y yo lo olvido pero él se acuerda. Lilo me recuerda a Rosi porque ella decía lilo, en casa de Rosi aprendí muchas palabras. Aquel piso muy pequeño era un lugar abundante en voces y hermanos mayores, discos de cantautores, libros y revistas e historias familiares de toros y dehesas. Esta mañana estaba mirando distante las lilas borrarse en el frío, apenas quedan ya unas nubes escasas entre las zarzas y otros ramajes del jardín de los Peña y de los versos muy sobados. Justo en ese momento se oía una flauta: «El afilador. Qué cabrón», ha dicho Ángel, y me he reído porque he reconocido la cita.

  • El hilo

Poner el hilo a las rosas ajenas, he encontrado citada esta rosa de Montaigne muchas veces después, fuera de casa o contexto, colgada de lanas y linos diversos (1). Hay un balcón en una casa al otro lado de la calle que nos es perpendicular, el balcón que tiene puestas todo el año las luces de navidad. La discreta guirnalda parpadeante está encendida en junio y en agosto y en los demás meses, extravagante y lujosa con toda modestia. He releído la historia del cable del telégrafo, la hazaña de tenderlo a través del Atlántico sin medios técnicos y sin el conocimiento de los fondos marinos, Zweig describe la batalla contra la inclemencia del océano y del dispendio de los fracasos, igual de rigurosos. Dice Zweig que la nueva y milagrosa energía de la electricidad se alió con el otro elemento dinámico más poderoso que existe, que es la voluntad. Un hilo para las palabras, que siempre son flores ajenas.

  • El lino

«Hilo de oro, hilo de oro». En mi tomo de Alfonso Reyes, que es tan viejo que es de Bruguera (Bruguera, 1986), estaba con otras la canción de las hijas del rey (2), una canción de rueca. El hilo del hilo me devuelve a los Días geniales de Rodrigo Caro y a la tortuga que teje, el juego de la tortuga o chelichelona, un juego de muchachas: «Pónense en rueda, y una en medio, que se llama tortuga; las demás andan alrededor corriendo y preguntándole:

Tortuga, tortuga, ¿qué haces en medio?
Y ella responde:
—Tejiendo estoy lana y lino milesio.  
Vuelven ellas á decir:
—¿Qué hizo tu hijo, que murió tan presto?
Y ella responde:
—Cayó del caballo en el mar soberbio.

Las niñitas cantan a la rueda la breve tragedia y corren contentas. Por qué milesio, eso me intriga dado lo razonable de los otros elementos; la lejanía milesia es lo más indescifrable, but the secret sits in the middle and knows, como en el verso de Robert Frost. El  hilo que mantiene los sinsentidos unidos en el gozo del corro es la invencible voluntad de jugar, más fuerte que todo el dolor de las tortugas.

(1) La frase completa de Montaigne es esta: «Lo propio que alguien podría decir de mí es que junté aquí un montón de flores extrañas, poniendo de mi caudal tan solo el hilo que las sujeta» (Ensayos, «De la fisonomía», III, 12).

(2) Hilo de oro, hilo de oro,
yo jugando al ajedrez,
por un camino me han dicho:
—Lindas hijas tiene el rey.

Al vuelo y a la ventura. «The thing with feathers» (y 2)

Durero, Albertina de Viena

Encontré esta ala de ave o ala de carraca azul en las semanas de la persistencia del anzuelo del ala en el aire y la encontré al vuelo y a la ventura, cuando buscaba un libro de Panofsky y me salió en la portada del libro de Panofsky sobre Durero. Es una acuarela pequeña, apenas veinte por veinte de delgado y pulido pergamino o ala de piel de cordero, velle o vitela. El texto de la foto dice que Durero la pintó entre 1500 y 1512 a partir de un ejemplar muerto, que Durero no solía firmar ni fechar sus estudios del natural, que usó después todas estas alas y plumas perfectas para componer ángeles y personajes fantásticos o divinos.

Al vuelo y a la ventura de la lectura sobre la historia del ALPI encontré en el libro de Pérez Pascual (2016: 90) la carta de Tomás Navarro Tomás a Lorenzo Rodríguez Castellano con la reflexión sobre la metodología de las encuestas y aquellas primeras a la buena de Dios, así fue la excursión aragonesa de 1907: «El dialectólogo residente en un lugar provinciano podía tomarse todo el tiempo necesario para ir sorprendiendo las particularidades del habla; pero un viajero con tiempo limitado no podía recoger más que las cosas que se presentasen al vuelo y a la ventura». Con la misma mente medieval con la que examino los despojos que el agua abandona en la orilla, he anotado «viajeros con tiempo limitado», porque romeros somos y en los caminos andamos. La carta es de 1960, cuando la obra ya hecha y la vida que termina rinden cuentas y advierten de los errores que lo son por cometidos, y porque la experiencia es antorcha que luce siempre, pero alumbra tarde, según dejaron dicho los padres del primer diccionario académico.

Otra ala más se me aparece estos días en una reseña vieja de los Fragmentos póstumos de Baudelaire, Baudelaire sin método. Sus últimos años al vuelo y a la ventura quedan en los dibujos y hojas sueltas que reunió y guardó su madre. En la misma clínica de París en la que murió, había apuntado del natural con fecha de 23 de enero de 1862: «Siempre tengo vértigo y hoy he sufrido una singular advertencia, he sentido pasar sobre mí el viento del ala de la imbecilidad» (1).

(1) Elsa Fernández-Santos, «Las flores póstumas de Baudelaire», Babelia, 7-12-2012.  Con un recuerdo: «El viento de la imbecilidad. Una recopilación de citas de Álvaro Quintana». <https://www.chopsuey.es/archivos/10238>

«The thing with feathers»

Enero

De enero lo primero que encontré en la playa, el ala abandonada de una gaviota rota: «There is no wing like meaning», dicta Wallace Stevens en los aforismos.

a) Leí que el vuelo es fruto de un proceso evolutivo de miniaturización y encogimiento implacable que permitió a los pájaros sortear los problemas por el liviano método de alejarse de ellos volando.

b) «Palabras aladas», repite la Odisea y volver a la Odisea ha sido una de las mejores cosas de estas semanas, aunque ha habido otras. Ha habido un puñado de frases venidas a la llamada del ala de la orilla como agua llovida apenas un rato y sin propósito ni esfuerzo, la atención imanta la existencia y provoca los encuentros.

c) «Palabras aladas», machaconamente aladas en epíteto, en la fórmula el atributo se vuelve opaco y pesado. Cuando de vuelta de la parranda, en la iglesia del Cristo sin mano, Adán Buenosayres quiere rezar, pero se detiene porque «le parece advertir que que sus palabras interiores, lejos de ganar altura, se abaten como pájaros de arcilla no bien intentan remontar el vuelo».

d) Pero cuando Ulises toma por fin el arco, que es su propio arco, su arco «resonó alto y bien como pío que da golondrina», la breve voz del pájaro es inesperada y poderosa.

e) La segunda estrofa de «Los nombres de las cosas», de Leopoldo de Luis:
En el ala del nombre cada cosa
trae el olor de una sustancia pura,
la lejana verdad de su materia,
los cálidos cimientos que la fundan.

f) El poema de Padeletti que empieza con un pájaro que «puede detenerse en la punta de un árbol y abarcar la inmensidad del cielo» y sigue después con que él, el poeta Padeletti, puede hacer lo mismo allí, frente al muro; él está mirando la punta de un álamo y yo estoy fumando en el balcón y me acuerdo: «Aldapeko sagarraren adarraren puntan, puntaren puntan», en la punta de la rama del manzano que hay en la cuesta hay un pajarito que canta chirulí.

g) Cuando el filósofo Tesler, que es Jacobo Fijman en Adán Buenosayres, defiende la economía perfecta del pájaro, «único animal terrestre capaz de convertir diez granitos de alpiste que comía en tres horas de música y un miligramo de estiércol».

h) Cuando Nausicaa y sus doncellas terminan de tender la ropa en la hierba se ponen a jugar a la pelota. Han despertado a Ulises y ahora las está viendo jugar a la pelota y no es un pájaro pero es cosa del cielo y estaba en el libro de los Días de Rodrigo Caro: «[…] el juego de pelota llamado Urania, porque se lanza al cielo y no debe dejarse caer. Urania, una de las nueve musas, hijas de Júpiter y de Mnemosine, quiere decir cosa del cielo». No hay ala como el significado.

Gente de lejos

Tiene un nombre único y cómico y es ciega, tiene un timbre infantil de tacitas de muñecas y pupilas blancas de desgracias griegas. Aquella mañana pasamos mucho rato hablando: «La lengua es un ojo», ese día tenía en la mesa el libro de Wallace Stevens, pero ella fue aún más semántica y concisa. La madre niña, venir a España. Dijo: «Si no me quería levantar para ir a la escuela, mi madre me despertaba: serás una mendiga». Dijo: «Para mí la voz es la cara». Lo dijo para que yo lo entendiera y pensé en el cuento de Rilke del hombre que se aburre en una playa balnearia, que busca una voz y encuentra la de la ciega: «Ella ve otros barcos en otro mar». He visto una foto de una polilla que bebe lágrimas en el ojo de un pájaro, las mariposas y los mosquitos se abastecen de ese modo de sodio y proteínas, aunque también les sirven los charcos de barro. Coincide que más tarde vino Andrea y me contó por qué su padre es tuerto, con algunos casos dolorosos travestidos de los chistes del ojo de cristal. Conozco un hombre que tiene un ojo de cristal que se llama Pedro. Y cómo se llama el otro ojo. Andrea contaba y reía doblándose hacia atrás como la hierba al viento y los dibujos de los tebeos.

Llaman «visión de ciego» a las luces que a veces ven en su cabeza, una costumbre del cerebro, un zumbido visual hecho de destellos. Llegaron noticias de Dani y de otra gente de lejos. El prologuista de Wallace Stevens dice de la vela que arde en Valley Candle que es «un conjuro que atrae y espanta la noche al mismo tiempo, esto es, que permite por un momento que la noche sea concebible» (1). Así ellos.

El hombre de la duna
El surfista
El mirador
Los pescadores
(1) Es Daniel Aguirre Oteiza, el prologuista y traductor de los Aforismos completos de Wallace Stevens (Barcelona: Lumen, 2011). El poema que cita, Valley Candle: 
My candle burned alone in an immense valley. / Beams of the huge night converged upon it, / Until the wind blew. / Then beams of the huge night / Converged upon its image, / Until the wind blew.

Días geniales y lúdicros

1960, el Pasaje

Hay otras fotos, están las de la pared que no puedo coger sin que se note. En una gateas entre las hierbas altas, con el ceño fruncido y el sol de mayo en la cabeza pelada. Está la que te tiene Lola, ella con pañuelo y delantal y tú con esparadrapos en las rodillas. Hay esas fotos descoloridas que se va comiendo el sol de la sala por las tardes, el sol se alimenta de huellas tiernas y trabajos delicados, así engorda el sol su bola de brasas. He elegido la del Pasaje porque me era más fácil, por «la conmoción interna» y porque nos divertía el berrinche, el genio temprano e inútil.

Los días geniales del título son los «días alegres, días de recreo», como los que se celebran cada año por el del nacimiento, según explica Covarrubias. Lo más importante que nos pasa es que nacemos. He leído ese libro a tu vera otros días no hace tanto para pasar el rato. «Son tan raros los días de contento…», con estas palabras comienza (1). Es la edición de dos tomos en octavo a cargo de Jean-Pierre Etienvre y no tengo muchos libros tan bonitos. El prólogo explica el latinismo lúdicros, hoy insólito pero regular: de ludicer, que es el adjetivo de ludus y viste la misma desinencia de las rosas volucres de Pessoa, las flores aladas que solo comen luz. Guillermo me ha parado para enseñarme a su nieto y yo le he acariciado los pies; jugar con los pies de las criaturas da mejor calor que todo el fuego del sol.

En el Diálogo cuarto, don Fernando se admira de los días que llevan hablando de niñerías y sin cansarse. Don Diego responde «que con la memoria de las cosas de la niñez nos rejuvenecemos» y Fernando añade que «tienen no sé qué de gusto escondido que no se halla en otras ningunas», «porque aquel buen tiempo no puede ocurrir a la memoria sin el gusto de que le acompañamos, tan sin mezcla entonces de pesar». Tan olvidado el pesar o tan ligero a nuestros ojos. En Barthes por Barthes también hay algunas fotos del pequeño Barthes. De la que luce un gran sombrero de paja y amplios calzones para guardar el pañal, dice que él empezaba a caminar y Proust terminaba de escribir La recherche: «De mi pasado es mi infancia lo que más me fascina: solo ella, al mirarla, no me hace lamentar el tiempo abolido. Pues no es lo irreversible lo que en ella descubro, sino lo irreductible: todo lo que está todavía en mí, por acceso; en el niño leo a cuerpo descubierto el reverso negro de mi mismo, el tedio, la vulnerabilidad, la aptitud para las desesperaciones (afortunadamente plurales), la conmoción interna, cercenada desgraciadamente de toda expresión» (2).

La foto que querría poner es una en la que estás sentado en las escaleras del convento mirando la calle pasar; dentro, las monjas bisbisean en las sombras de los cuartos y en las noches interminables de los corredores. Esa foto me la contaste una vez aunque nadie la sacó, no se la comerá el sol.

(1) Rodrigo Caro, Días geniales y lúdicros, ed. de Jean-Pierre Etienvre, Madrid: Clásicos Castellanos, 1978.
(2) Roland Barthes, Roland Barthes por Roland Barthes, Barcelona: Paidós, 2004, p. 38.

La compostura

El fuego. El sábado que volví a casa y era tarde y temprano, porque era el final del amanecer. El tractor limpiaba la playa y en una bocacalle había un cubo de basura ardiendo.

El fuego. (La basura)
El fuego. (El tractor)

La función. Diego dice que si el crecimiento es constante se trata de una función monótona y si el crecimiento experimenta retrocesos la función es no monótona, la forma gráfica de una función puede ser monótonamente creciente o antítonamente creciente. Últimos días de agosto, después será más difícil. La función no es monótona y tal vez no es creciente.

La busca. «Vaya vacaciones de semana santa que estamos pasando», de vez en cuando Ángel dice eso y solo me hace gracia a mí. Cuando el hombre de la cama de al lado da voces y se desnuda, rebusco y encuentro el rincón donde me hace gracia. Solo me hace gracia a mí.

Sin embargo. Cogí Zibaldone y se abrió por una página de agosto, 1820: «El brío y todos los movimientos, y la estructura de casi todas las aves, son cosas con encanto. Y sin embargo, las aves, normalmente, son amables». «Y sin embargo» podría ser disparatado pero solo es amargo, ese es el encanto de los enlaces lógicos.

Los petachos. Pensaba en petacho, que ni siquiera aparece en CREA; ni uno solo de los millones de registros de CREA para petacho. Baroja usa petacho: «Como casi todas nuestras velas estaban agujereadas, tuvimos que componerlas con la tela de las hamacas poniéndoles un sinnúmero de petachos». La palabra que buscaba es compostura: «Construcción y hechura de un todo que consta de varias partes». He vuelto a acordarme de la zapatería de Francesco, «composturas finas», Peña con Azcuénaga, Recoleta.

La conferencia. Me paré a leer los anuncios y leí «La vida de las ostras»; me interesó. Volví a leer, leí mejor: «La vida de las otras», con entrada libre y gratuita hasta completar aforo; no fui.

La lana. Leyendo la novela de Drabble llegan más regalos de la torpeza: «Una mañanita blanca de lana fina con cintas de raso», aunque mañanita se refería a la prenda. Antes estaba contando la velada: «Hora de irse, anuncia Josephine, colocando de nuevo los ovillos en la canastilla». Una frase para resumir la despedida, una frase tan buena y natural que podría estar calcando una locución inglesa; pero la vieja va a casa de Owen a charlar, tomar copas y tejer, así que los ovillos que guarda son también de lana.

La vida de las ostras. Empiezo el Zibaldone por el principio y me paro en este fragmento del 27 de diciembre de 1820: «Aquellas raras veces en que yo he encontrado alguna pequeña fortuna o motivo de alegría, en lugar de mostrarla hacia fuera, me daba naturalmente a la melancolía en lo que respecta al exterior, aunque en el interior estuviera contento. Pero esa alegría plácida y recóndita temía turbarla, alterarla, estropearla y perderla al darle aire. Y daba mi alegría en custodia a la melancolía».
Es despreciable, Leopardi me lo parece a menudo en este cuaderno. Luego me pregunto si tratar de ocultar la pena y la miseria vistiéndolas de jovialidad no participa de la misma cobardía y de la codicia que se agrra además a un objeto miserable. Las potentes estructuras filtradoras y las partículas secretas de las ostras; las margaritas nacaradas, las perlas de mierda.

La marquesina soviética y los hechos milagrosos. Bajo a fumar y suelo sentarme en una marquesina que siempre está vacía porque el autobús ha cambiado de recorrido y ya no pasa por esa calle. La llamo la marquesina soviética por unas fotos que vi. Un día estoy allí escuchando «L’infinito» en la voz de  Vittorio Gassman: «Così tra questa/ immensità s’annega il pensier mio:/ e il naufragar m’è dolce in questo mare». Las palabras son los hechos milagrosos. Milagrosamente, es posible un momento así: sin embargo, es posible un momento así.

Aral, Kazajistán. Fotografía de Christopher Herwig