Al vuelo y a la ventura. «The thing with feathers» (y 2)

Durero, Albertina de Viena

Encontré esta ala de ave o ala de carraca azul en las semanas de la persistencia del anzuelo del ala en el aire y la encontré al vuelo y a la ventura, cuando buscaba un libro de Panofsky y me salió en la portada del libro de Panofsky sobre Durero. Es una acuarela pequeña, apenas veinte por veinte de delgado y pulido pergamino o ala de piel de cordero, velle o vitela. El texto de la foto dice que Durero la pintó entre 1500 y 1512 a partir de un ejemplar muerto, que Durero no solía firmar ni fechar sus estudios del natural, que usó después todas estas alas y plumas perfectas para componer ángeles y personajes fantásticos o divinos.

Al vuelo y a la ventura de la lectura sobre la historia del ALPI encontré en el libro de Pérez Pascual (2016: 90) la carta de Tomás Navarro Tomás a Lorenzo Rodríguez Castellano con la reflexión sobre la metodología de las encuestas y aquellas primeras a la buena de Dios, así fue la excursión aragonesa de 1907: «El dialectólogo residente en un lugar provinciano podía tomarse todo el tiempo necesario para ir sorprendiendo las particularidades del habla; pero un viajero con tiempo limitado no podía recoger más que las cosas que se presentasen al vuelo y a la ventura». Con la misma mente medieval con la que examino los despojos que el agua abandona en la orilla, he anotado «viajeros con tiempo limitado», porque romeros somos y en los caminos andamos. La carta es de 1960, cuando la obra ya hecha y la vida que termina rinden cuentas y advierten de los errores que lo son por cometidos, y porque la experiencia es antorcha que luce siempre, pero alumbra tarde, según dejaron dicho los padres del primer diccionario académico.

Otra ala más se me aparece estos días en una reseña vieja de los Fragmentos póstumos de Baudelaire, Baudelaire sin método. Sus últimos años al vuelo y a la ventura quedan en los dibujos y hojas sueltas que reunió y guardó su madre. En la misma clínica de París en la que murió, había apuntado del natural con fecha de 23 de enero de 1862: «Siempre tengo vértigo y hoy he sufrido una singular advertencia, he sentido pasar sobre mí el viento del ala de la imbecilidad» (1).

(1) Elsa Fernández-Santos, «Las flores póstumas de Baudelaire», Babelia, 7-12-2012.  Con un recuerdo: «El viento de la imbecilidad. Una recopilación de citas de Álvaro Quintana». <https://www.chopsuey.es/archivos/10238>
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«The thing with feathers»

Enero

De enero lo primero que encontré en la playa, el ala abandonada de una gaviota rota: «There is no wing like meaning», dicta Wallace Stevens en los aforismos.

a) Leí que el vuelo es fruto de un proceso evolutivo de miniaturización y encogimiento implacable que permitió a los pájaros sortear los problemas por el liviano método de alejarse de ellos volando.

b) «Palabras aladas», repite la Odisea y volver a la Odisea ha sido una de las mejores cosas de estas semanas, aunque ha habido otras. Ha habido un puñado de frases venidas a la llamada del ala de la orilla como agua llovida apenas un rato y sin propósito ni esfuerzo, la atención imanta la existencia y provoca los encuentros.

c) «Palabras aladas», machaconamente aladas en epíteto, en la fórmula el atributo se vuelve opaco y pesado. Cuando de vuelta de la parranda, en la iglesia del Cristo sin mano, Adán Buenosayres quiere rezar, pero se detiene porque «le parece advertir que que sus palabras interiores, lejos de ganar altura, se abaten como pájaros de arcilla no bien intentan remontar el vuelo».

d) Pero cuando Ulises toma por fin el arco, que es su propio arco, su arco «resonó alto y bien como pío que da golondrina», la breve voz del pájaro es inesperada y poderosa.

e) La segunda estrofa de «Los nombres de las cosas», de Leopoldo de Luis:
En el ala del nombre cada cosa
trae el olor de una sustancia pura,
la lejana verdad de su materia,
los cálidos cimientos que la fundan.

f) El poema de Padeletti que empieza con un pájaro que «puede detenerse en la punta de un árbol y abarcar la inmensidad del cielo» y sigue después con que él, el poeta Padeletti, puede hacer lo mismo allí, frente al muro; él está mirando la punta de un álamo y yo estoy fumando en el balcón y me acuerdo: «Aldapeko sagarraren adarraren puntan, puntaren puntan», en la punta de la rama del manzano que hay en la cuesta hay un pajarito que canta chirulí.

g) Cuando el filósofo Tesler, que es Jacobo Fijman en Adán Buenosayres, defiende la economía perfecta del pájaro, «único animal terrestre capaz de convertir diez granitos de alpiste que comía en tres horas de música y un miligramo de estiércol».

h) Cuando Nausicaa y sus doncellas terminan de tender la ropa en la hierba se ponen a jugar a la pelota. Han despertado a Ulises y ahora las está viendo jugar a la pelota y no es un pájaro pero es cosa del cielo y estaba en el libro de los Días de Rodrigo Caro: «[…] el juego de pelota llamado Urania, porque se lanza al cielo y no debe dejarse caer. Urania, una de las nueve musas, hijas de Júpiter y de Mnemosine, quiere decir cosa del cielo». No hay ala como el significado.

Gente de lejos

Tiene un nombre único y cómico y es ciega, tiene un timbre infantil de tacitas de muñecas y pupilas blancas de desgracias griegas. Aquella mañana pasamos mucho rato hablando: «La lengua es un ojo», ese día tenía en la mesa el libro de Wallace Stevens, pero ella fue aún más semántica y concisa. La madre niña, venir a España. Dijo: «Si no me quería levantar para ir a la escuela, mi madre me despertaba: serás una mendiga». Dijo: «Para mí la voz es la cara». Lo dijo para que yo lo entendiera y pensé en el cuento de Rilke del hombre que se aburre en una playa balnearia, que busca una voz y encuentra la de la ciega: «Ella ve otros barcos en otro mar». He visto una foto de una polilla que bebe lágrimas en el ojo de un pájaro, las mariposas y los mosquitos se abastecen de ese modo de sodio y proteínas, aunque también les sirven los charcos de barro. Coincide que más tarde vino Andrea y me contó por qué su padre es tuerto, con algunos casos dolorosos travestidos de los chistes del ojo de cristal. Conozco un hombre que tiene un ojo de cristal que se llama Pedro. Y cómo se llama el otro ojo. Andrea contaba y reía doblándose hacia atrás como la hierba al viento y los dibujos de los tebeos.

Llaman «visión de ciego» a las luces que a veces ven en su cabeza, una costumbre del cerebro, un zumbido visual hecho de destellos. Llegaron noticias de Dani y de otra gente de lejos. El prologuista de Wallace Stevens dice de la vela que arde en Valley Candle que es «un conjuro que atrae y espanta la noche al mismo tiempo, esto es, que permite por un momento que la noche sea concebible» (1). Así ellos.

El hombre de la duna
El surfista
El mirador
Los pescadores
(1) Es Daniel Aguirre Oteiza, el prologuista y traductor de los Aforismos completos de Wallace Stevens (Barcelona: Lumen, 2011). El poema que cita, Valley Candle: 
My candle burned alone in an immense valley. / Beams of the huge night converged upon it, / Until the wind blew. / Then beams of the huge night / Converged upon its image, / Until the wind blew.

Días geniales y lúdicros

1960, el Pasaje

Hay otras fotos, están las de la pared que no puedo coger sin que se note. En una gateas entre las hierbas altas, con el ceño fruncido y el sol de mayo en la cabeza pelada. Está la que te tiene Lola, ella con pañuelo y delantal y tú con esparadrapos en las rodillas. Hay esas fotos descoloridas que se va comiendo el sol de la sala por las tardes, el sol se alimenta de huellas tiernas y trabajos delicados, así engorda el sol su bola de brasas. He elegido la del Pasaje porque me era más fácil, por «la conmoción interna» y porque nos divertía el berrinche, el genio temprano e inútil.

Los días geniales del título son los «días alegres, días de recreo», como los que se celebran cada año por el del nacimiento, según explica Covarrubias. Lo más importante que nos pasa es que nacemos. He leído ese libro a tu vera otros días no hace tanto para pasar el rato. «Son tan raros los días de contento…», con estas palabras comienza (1). Es la edición de dos tomos en octavo a cargo de Jean-Pierre Etienvre y no tengo muchos libros tan bonitos. El prólogo explica el latinismo lúdicros, hoy insólito pero regular: de ludicer, que es el adjetivo de ludus y viste la misma desinencia de las rosas volucres de Pessoa, las flores aladas que solo comen luz. Guillermo me ha parado para enseñarme a su nieto y yo le he acariciado los pies; jugar con los pies de las criaturas da mejor calor que todo el fuego del sol.

En el Diálogo cuarto, don Fernando se admira de los días que llevan hablando de niñerías y sin cansarse. Don Diego responde «que con la memoria de las cosas de la niñez nos rejuvenecemos» y Fernando añade que «tienen no sé qué de gusto escondido que no se halla en otras ningunas», «porque aquel buen tiempo no puede ocurrir a la memoria sin el gusto de que le acompañamos, tan sin mezcla entonces de pesar». Tan olvidado el pesar o tan ligero a nuestros ojos. En Barthes por Barthes también hay algunas fotos del pequeño Barthes. De la que luce un gran sombrero de paja y amplios calzones para guardar el pañal, dice que él empezaba a caminar y Proust terminaba de escribir La recherche: «De mi pasado es mi infancia lo que más me fascina: solo ella, al mirarla, no me hace lamentar el tiempo abolido. Pues no es lo irreversible lo que en ella descubro, sino lo irreductible: todo lo que está todavía en mí, por acceso; en el niño leo a cuerpo descubierto el reverso negro de mi mismo, el tedio, la vulnerabilidad, la aptitud para las desesperaciones (afortunadamente plurales), la conmoción interna, cercenada desgraciadamente de toda expresión» (2).

La foto que querría poner es una en la que estás sentado en las escaleras del convento mirando la calle pasar; dentro, las monjas bisbisean en las sombras de los cuartos y en las noches interminables de los corredores. Esa foto me la contaste una vez aunque nadie la sacó, no se la comerá el sol.

(1) Rodrigo Caro, Días geniales y lúdicros, ed. de Jean-Pierre Etienvre, Madrid: Clásicos Castellanos, 1978.
(2) Roland Barthes, Roland Barthes por Roland Barthes, Barcelona: Paidós, 2004, p. 38.

La compostura

El fuego. El sábado que volví a casa y era tarde y temprano, porque era el final del amanecer. El tractor limpiaba la playa y en una bocacalle había un cubo de basura ardiendo.

El fuego. (La basura)
El fuego. (El tractor)

La función. Diego dice que si el crecimiento es constante se trata de una función monótona y si el crecimiento experimenta retrocesos la función es no monótona, la forma gráfica de una función puede ser monótonamente creciente o antítonamente creciente. Últimos días de agosto, después será más difícil. La función no es monótona y tal vez no es creciente.

La busca. «Vaya vacaciones de semana santa que estamos pasando», de vez en cuando Ángel dice eso y solo me hace gracia a mí. Cuando el hombre de la cama de al lado da voces y se desnuda, rebusco y encuentro el rincón donde me hace gracia. Solo me hace gracia a mí.

Sin embargo. Cogí Zibaldone y se abrió por una página de agosto, 1820: «El brío y todos los movimientos, y la estructura de casi todas las aves, son cosas con encanto. Y sin embargo, las aves, normalmente, son amables». «Y sin embargo» podría ser disparatado pero solo es amargo, ese es el encanto de los enlaces lógicos.

Los petachos. Pensaba en petacho, que ni siquiera aparece en CREA; ni uno solo de los millones de registros de CREA para petacho. Baroja usa petacho: «Como casi todas nuestras velas estaban agujereadas, tuvimos que componerlas con la tela de las hamacas poniéndoles un sinnúmero de petachos». La palabra que buscaba es compostura: «Construcción y hechura de un todo que consta de varias partes». He vuelto a acordarme de la zapatería de Francesco, «composturas finas», Peña con Azcuénaga, Recoleta.

La conferencia. Me paré a leer los anuncios y leí «La vida de las ostras»; me interesó. Volví a leer, leí mejor: «La vida de las otras», con entrada libre y gratuita hasta completar aforo; no fui.

La lana. Leyendo la novela de Drabble llegan más regalos de la torpeza: «Una mañanita blanca de lana fina con cintas de raso», aunque mañanita se refería a la prenda. Antes estaba contando la velada: «Hora de irse, anuncia Josephine, colocando de nuevo los ovillos en la canastilla». Una frase para resumir la despedida, una frase tan buena y natural que podría estar calcando una locución inglesa; pero la vieja va a casa de Owen a charlar, tomar copas y tejer, así que los ovillos que guarda son también de lana.

La vida de las ostras. Empiezo el Zibaldone por el principio y me paro en este fragmento del 27 de diciembre de 1820: «Aquellas raras veces en que yo he encontrado alguna pequeña fortuna o motivo de alegría, en lugar de mostrarla hacia fuera, me daba naturalmente a la melancolía en lo que respecta al exterior, aunque en el interior estuviera contento. Pero esa alegría plácida y recóndita temía turbarla, alterarla, estropearla y perderla al darle aire. Y daba mi alegría en custodia a la melancolía».
Es despreciable, Leopardi me lo parece a menudo en este cuaderno. Luego me pregunto si tratar de ocultar la pena y la miseria vistiéndolas de jovialidad no participa de la misma cobardía y de la codicia que se agrra además a un objeto miserable. Las potentes estructuras filtradoras y las partículas secretas de las ostras; las margaritas nacaradas, las perlas de mierda.

La marquesina soviética y los hechos milagrosos. Bajo a fumar y suelo sentarme en una marquesina que siempre está vacía porque el autobús ha cambiado de recorrido y ya no pasa por esa calle. La llamo la marquesina soviética por unas fotos que vi. Un día estoy allí escuchando «L’infinito» en la voz de  Vittorio Gassman: «Così tra questa/ immensità s’annega il pensier mio:/ e il naufragar m’è dolce in questo mare». Las palabras son los hechos milagrosos. Milagrosamente, es posible un momento así: sin embargo, es posible un momento así.

Aral, Kazajistán. Fotografía de Christopher Herwig

Gorriones y centauros

«La era» o «El verano» (1786), boceto para el cartón del Museo del Prado. (Museo Lázaro Galdiano, Madrid).

En junio, en la casa de José Lázaro Galdiano, el centauro de sí mismo. Así lo pinta Cansinos-Asséns en la viñeta de La España Moderna (I, 167-168), la revista de la que era propietario: «un hombre alto, recio, con bigote y barba y que daba la impresión de ir montado sobre sí mismo, como un centauro». Ahora, en el vestíbulo del lujoso hotel donde el centauro soberbio vivía rodeado de «antigüedades, obras de arte y libros curiosos, con los que traficaba», hay un grupo y una mujer bajita y pulcra, que se presenta como «voluntaria cultural». Me quedo y voy con ellos, veo el museo que elige la voluntaria, elocuente, levemente manchega y veloz. De las riquezas que dijo solo dos cosas guardé: una, que la carcoma se trata con clara de huevo, miel y leche; la otra, que un tapiz se inicia con un borrón, el borrón es antes que el boceto que precede al cartón, lo primero es el borrón. «Aire, que mañana trillo», solía decirlo Lola para pedir brío y a veces un respiro. El boceto o borrón de Goya pasa en un respiro. «El cansancio hace inocentes a los hombres», dice un aerolito de Ory, creo que por metonimia del sudor de la frente.

A la casa de Cerralbo llego luego cansada, aunque no inocente, y me rinde el avaricioso estreñimiento interior, infarto y farsa son familia de farcire. Boqueando en un banco del jardín adonde he salido por un desagüe me distraigo con los gorriones, «los gorriones son de cortíssima vida, y tienen igual salacidad y luxuria», dice Autoridades. Corazón de gorrión, corazón ardiente. Un gorrión puede anidar en un tubo de escape, los gorriones «crían en los agujeros de las casas y torres, y su andar es a saltos», así los describe Autoridades. En el libro de Jennifer Ackerman (2017) hay un capítulo entero para los gorriones, su inteligencia adaptativa, el oportunismo y la sinantropía, que es vivir con los hombres sin ser domésticos. Los gorriones se alojan en travesaños, cañerías y farolas, raramente lejos de una estructura artificial. Cuando leía el libro de Ackerman vi en el periódico lo de las casas-tubería de Hong Kong, casas de gorrión para quien no tiene nada que guardar, viviendas sin pasado como cunas, para honrar un presente absoluto porque nada más cabe. Cada gorrión con su espigón.

De los pájaros que guardan cosas habla Ackerman en otro capítulo, el de la mente cartográfica. Las palomas tienen un mapa y también lo tienen los pájaros que esparcen comida: un solo cascanueces de las Montañas Rocosas recoge cada verano más de treinta mil piñones que va enterrando en cientos de escondrijos diseminados por un lugar no pequeño; en invierno sabrá encontrarlos porque las estaciones cambian el paisaje pero las configuraciones geométricas permanecen. Las charas californianas recuerdan dónde han escondido sus botines y además qué pusieron y cuándo; las semillas, la fruta y los gusanos no se pudren a la vez y ellas recuperan primero lo que antes se pierde. Revisan el tiempo pasado y calculan el porvenir, tienen un mapa. En la era agosto arde como el corazón de un gorrión.

San Juan

Arqueología, los restos modestos del día
Me llamo Kira, te llamo Kira, se llama Kira
Damos vueltas alrededor y suponemos, pero el secreto está en el centro y sabe. (THE SECRET SITS We dance round in a ring an suppose,/ But the Secret sits in the middle and knows»).
«Mi reina, ¿qué tanto ha que no se peina?». «Mi galán, desde San Juan».
Descaecer, el sol en el cristal

Es San Juan y el día lo interpreta, la puesta de sol retumba y no termina nunca. A estas horas la playa está vacía menos por gente suelta. No sé por qué han salido ellos, para caminar por caminar o porque tienen un perro. Ando contra el sol y saco fotos falsas, oscuras y religiosas. Saco las huellas, las suelas y los dedos, las membranas de las gaviotas; hay corazones, letras, campos para las pelotas, hay labores de construcción. Saco las fotos para sujetar lo que queda del día y llevar el paso al paso del mes o al trote levantado, a veces elevado a veces sentado. Las fotos son la rienda y el bocado, las fotos no son nada y, de lo que yo bien sé, solo diré que es eso lo que me ha traído y que me acuerdo otra vez de Montauk.

Recordar, aspectos cualitativos. Montauk trata del «presente sutil», cojo de algún lugar del libro las palabras. Y que Frisch dice de Frisch: «No quiere recuerdos. Quiere el instante» (p. 115). Entonces el libro es la traición de este deseo, aunque lo contiene y lo interpreta como al solsticio el lento atardecer rosado. Luego se conformará con olvidar algunos nombres y renunciar al mensaje, con no inventar. Por eso ha dicho antes: «La literatura conserva el momento, para eso existe. La literatura tiene el otro tiempo, […]» (p. 77). Porque el presente sutil era mentira o fue un fracaso, porque el presente es insuficiente.

Al irme de la playa me cruzo con los grupos de chavales que van llegando. Casi son las diez y aún no acaba el día, es San Juan y todavía no están preparadas las hogueras. Ellos llevan bolsas de plástico llenas de botellas en vez de brazadas de leña, las fotos son mi leña.

Recordar, aspectos cuantitativos. «La brazada» de Frost. Las cosas van cayendo de los brazos por mucho que las aferremos: «With all I have to hold with, I will do my best/ To keep their building balanced at my breast» (1). Hubo un verbo escaecer, que fuedejar caer’, *EXCADESCERE, caer; primero de las manos, luego de las carnes: enflaquecer; después, olvidar. Descaecimiento es «oblivio», dice Nebrija en el Vocabulario español latino (1495). También el verbo rosado adelgazó, cayó y se puso regional e irreparablemente anochecido.

 

(1) THE ARMFUL

For every parcel I stoop down to seize
I lose some other off my arms and knees,
And the whole pile is slipping, bottles, buns—
Extremes too hard to comprehend at once,
Yet nothing I should care to leave behind.
With all I have to hold with, I will do my best
To keep their building balanced at my breast.
I crouch down to prevent them as they fall;
Then sit down in the middle of them all.
I had to drop the armful in the road.
And try to stack them in a better load.
(Robert Frost, en Arroyo hacia el oeste).

Al entrar en la habitación (2)

Mayo, la 905

Al entrar en la habitación veo las ramas. Es el noveno, igual que la otra vez sobre el parque proliferante y la vecindad de los campanarios desde la colina del noveno. La 905 es del lado de la Senda y de los plátanos que han crecido tan altos a impulsos de la estrechez; viejos y enfermos de cavidades y pudriciones que no se ven, he oído que los van a cortar. Hace mucho viento, la copa que aún sube un piso más se revuelve afuera muda, pero el aire suena dentro. Dentro del baño y al otro lado de la puerta, en el pasillo, el ruido del viento recorre las tuberías y los caminos huecos del hotel, monótono como un motor. Es el ronquido del espíritu del hotel, «principio generador de carácter íntimo», en su 3ª acepción; una espina, «pesar íntimo y duradero», en su 6ª acepción.

Llevo Montauk aunque apenas leo. Una de las anotaciones de las primeras páginas dice CONSIDER YOURSELF AS A DOOMED MAN? Y después, «Realmente, ¿qué hago yo aquí?». El personaje de Frisch —que se llama Frisch y es Frisch— mira por la ventana del hotel y ve que han demolido la cárcel de mujeres que hubo en la esquina; en el solar alambrado zurean unas palomas «que podrían marcharse volando en cualquier momento». De las dos facetas de la situación, a) podrían irse y b) no se van, me quedo pensando en que el recogimiento hace el muro.

Había encontrado el lugar al que pertenece la frase «buenos muros hacen buenos vecinos». Está en «Reparación del muro», el primer poema de Al norte de Boston, el que empieza «Something there is that doesn’t love a wall». Las heladas del invierno los agrietan, los cazadores y los perros derriban las piedras cuando corren detrás de los conejos, para qué enderezarlos cada primavera. Para qué uno, si tú tienes pinos y yo manzanos, los muros están bien cuando hay vacas, protesta el granjero ante la aplicación terca de su vecino, que solo sabe responder: «Buenos muros hacen buenos vecinos». Un troglodita con un adoquín en cada mano, alguien que se mueve en las sombras, es lo que dice al final Frost, vencido de sí mismo en la disputa interior, que es una actividad íntima como la rebusca de las palomas apretadas en la arena del solar.

Intimidad, superlativo de intus, significa el lugar más adentro: «… distinguir las palabras que se forman entre los dientes de las que se hacen en lo íntimo del corazón», escribe un jesuita anónimo al ministro Campomanes en 1761. Sabes qué quiere decir y también sabes que el corazón no es un órgano implicado en la actividad lingüística. La elocuencia gastada de la expresión se basa en una de tantas figuras que las razones del desplazamiento y la contigüidad aderezan: llamamos a la cosa que importa señalando el lugar en el que la hallamos. El lugar interior sirve para anclar las denominaciones igual que Jerez sirve para decir el vino y los paños son de Arras. En la plaza de Arras siempre es catorce de julio, bebemos vino y el sol brilla. La intimidad son las aguas del gozo, la compañía es el dique que permite nombrarlas.

Solaridad

Octubre o noviembre, Montale

Cuando saqué la foto era octubre o noviembre, era jueves por la hora soleada y fueron al pasar los limones de Montale, «las trompetas de oro de la solaridad», en la traducción de Frabetti, que desliza un italianismo en la seda de la derivación románica común. Solaridad, la palabra imprescindible para conversar sobre la sustancia de lo solar, apenas se documenta en español: «la solaridad en definitiva triunfante», dice un texto argentino de 1978 consagrado a la astrología y a las ciencias ocultas, menos que un pañuelo para guardar el calor enclenque de las palabras posibles pero casi inexistentes. También he visto traducir solarità por ‘alegría’: «Mi farò travolgere dalla tua solarità», «Me sumergiré en tu alegría». Padeletti falleció en enero. Padeletti descubría «las graderías de innombrable alegría» del limón en una de sus estrofas de limones que remedan a los mirlos de Wallace Stevens: «No sé si el limón me mira o lo miro. Cuando poso la mirada, sospecho que hay un antes y un después que se guarda». La solarità del diccionario italiano es la luminosità, la radiosità, especialmente en sentido figurado: «la solarità di uno sguardo» (Sabatini y Coletti), el sol es una mirada. Sin elegir atributo ni especificar sentido, la dudosa solaridad sin diccionario despacha con el tamaño entero del sol y arde al remate, cerrada y fragante como un limón.

Quando un giorno da un malchiuso portone
tra gli alberi di una corte
ci si mostrano i gialli dei limoni;
e il gelo dei cuore si sfa,
e in petto ci scrosciano
le loro canzoni
le trombe d’oro della solarità.

                                          (Última estrofa de «I limoni», 1925).

Cuando un día por un mal cerrado portal
entre los árboles de un patio
se nos muestra el amarillo de los limones;
y el hielo del corazón se derrite,
y en el pecho nos vierten
sus canciones
las trompetas de oro de la solaridad.
(Traducción de Carlo Frabetti).