Ay, mi azucarillo

La ventana. Los chopos muy altos
El calor. El zorzal en el patio
De regreso. Los días muy largos

Fotos de algunos días en otra ciudad, que es la misma ciudad porque sus calles solo pueden caminarse en aquella. Por las fotos recordaré los filos de las luces y una humedad breve de hocicos, la mena en la ganga, el grano de sal en las masas trabajosas de la carne en la bocas.

En el Léxico familiar de Natalia Ginzburg las frases características de los personajes y la proverbialización de las figuras familiares son al principio una invitación regocijada para que el extraño entre en la casa: «Esas frases son nuestro latín, el vocabulario de nuestros días pasados», explica Ginzburg en un hermoso párrafo que se refiere a los dialectos de la intimidad (1). Después el recurso se vuelve terco y maquinal y los estereotipos verbales han fabricado unas pesadas cabezas de cartón que no dejan hablar a los personajes. La literatura agoniza en el folklore y el individuo en la tribu. Por paradoja las rutinas me recuerdan vivas otras convenciones que no lo son para mí, Beñat inesperado y feliz como sorbo de vino: «Nire bihotzeko azukre koxkorra», terroncito de azúcar de mi corazón. Ay, mi azucarillo.

(1) «Esas frases son nuestro latín, el vocabulario de nuestros días pasados, son como jeroglíficos de los egipcios o de los asirio-babilonios: el testimonio de un núcleo vital que ya no existe, pero que sobrevive en sus textos, salvados de la furia de las aguas, de la corrosión del tiempo. Esas frases son la base de nuestra unidad familiar, que subsistirá mientras permanezcamos en el mundo, recreándose y resucitando en los puntos más diversos de la tierra. De tal forma que, cuando uno de nosotros diga: «Distinguido señor Lipmann», la voz impaciente de mi padre resonará en nuestros oídos: «Dejad esa historia. ¡La he oído ya muchas veces!» (Natalia Ginzburg, Léxico familiar, Lumen, 2011, pp. 39-40).

 

 

Señas de Lisboa y la vida temporal. Lisboa, ida y vuelta

Lisboa. Convento del Carmen

Terremoto y en Murcia terretremo, viene en Autoridades y también lo trae Terreros, pero terretremo desapareció del diccionario académico, nunca más se supo. Terreros recuerda el de Lisboa y por una cosa o por otra vuelvo a Lisboa, la campanilla dentro del sueño. «Apenas quedaron más señas de Lisboa que las ruinas y el escombro», escribe Terreros. Leo fascinada por el espanto detalles de los sucesos del día de Todos los Santos de 1755, eran las diez de la mañana, había misas, había rezos y velas encendidas en la próspera Lisboa del siglo de la luz de la Razón. Lisboa queda hundida y en París se baila, dice Voltaire en su poema. El mayor terremoto en Europa del que tenemos conocimiento, leo. Se discuten las cifras de los aplastados, ahogados, abrasados. Se debatió también sobre el lugar de su origen, el punto del mar donde gira sin prisa el cuerpo fragmentado de la litosfera mientras en París bailan. El sacerdote Manuel Portal escribió una História da ruina da cidade de Lisboa cauzada pello espantozo terremoto e incendio, que reduzio a pó e cinza a melhor, e mayor parte desta infeliz cidade (1756). Cuando aún el polvo no se había posado sobre las piedras y los cuerpos, el Tajo se retiró de su lecho y dejó ver esqueletos de otros naufragios viejos. Cuando llegaron las olas gigantes que anegaron la Baixa y se robaron a los que habían buscado refugio en la orilla, toda aquella agua no sirvió para apagar el incendio. Seis días más ardieron los restos de esta infeliz cidade. Egor, el gigante filiforme de Cartarescu, compara la acción de las catástrofes con la destrucción masiva del tiempo, a diferencia de aquellas el tiempo nunca deja heridos. Encuentro en otro lugar las cinco cartas que Feijoo dedicó al terremoto: «[…] que Dios obró en la muerte de Cristo, no hace al caso a mi asunto, donde solo trato de Terremotos, que acaecen por causa natural», y que no son castigo divino sino otra muestra de la fuerza de la Naturaleza y de nuestra fragilidad. Feijoo advierte contra el miedo que «mediante la aflicción que produce en el alma, hace por una parte triste, mísera y breve la vida temporal» (1).

Por Alfanhuí vuelvo de nuevo a Lisboa, esquila en el sueño del hombre que se durmió una tarde que araba con los bueyes. Los bueyes siguieron adelante y el labrador siguió caminando hacia Poniente: «Pasaron vados y montañas sin que el hombre despertara. Hicieron todo el camino del Tajo y llegaron a Portugal», llegaron al mar de Lisboa. Solo cuando el hombre sintió el agua en el vientre se despertó, entonces vendió los bueyes y volvió a casa por el mismo surco. El surco de la escritura de los bueyes es el bustrófedon, una palabra con tres posibilidades tónicas, como el chiste que hacíamos con Miguel Ángel y el hipódromo. Pero en la escritura de las inscripciones arcaicas el buey que regresa no utiliza el mismo surco, siempre dibuja una línea nueva en su camino de vuelta.

(1) Es la carta XXIX del tomo V de las Cartas eruditas y curiosas, donde Feijoo responde a José Rodríguez de Arellano, canónigo de Toledo. Las citas de Feijoo con un comentario sobre la respuesta ilustrada en España, en Ricardo Hurtado Simó, 2015: «El terremoto de Lisboa de 1755 en el pensamiento de Feijoo y Del Barco», Tales. Revista de Filosofía, 5, pp. 115-125.

Las islas, los volcanes

Stormy Weather, 2003

Por la mañana estamos en el jardín del parquin gastando minutos y A. echa a correr, me giro y veo a una mujer caída en el suelo. Alguien va a buscar ayuda, llegan unos enfermeros con una silla de ruedas. Está consciente pero le hablan y no hace caso. La sientan y se la ve tranquila, se limpia la cara con un pañuelo pero no contesta. «No decía nada», dice A.
Por la noche vemos Stormy Weather (2003), de Sólveig Anspach. Estoy cansada y muy distraída pero me gusta enseguida. Cora, una psiquiatra inexperta; la otra, la paciente muda con aspecto de vagabunda con la que se ha trabado en una rara ligadura. Cora habla de sí y la otra solo calla. A veces la imita, se retira igual el pelo de la cara, estira el brazo en el banco, un animal sin voz y sin nombre. Después descubren que se llama Loa y que ha escapado de Islandia adonde la devuelven. Cora sigue a Loa y en aquel pueblo es a ella a la que se ve mendiga y enferma. Los volcanes de Islandia, un personaje había mencionado el Viaje al centro de la Tierra y el cráter islandés que es su boca. Vuelvo a acordarme de la mujer de la mañana. También he pensado en ella cada vez que he salido a fumar mientras miro al otro lado la fila reluciente de los taxis y la ficción ligera de las partidas, puedes irte de aquí en taxi. Las imágenes en las que Cora arrastra a Loa por el pleonasmo de un pequeña isla que pertenece a Islandia y vive cercada por el océano que ruge siempre.
«Al acabar podemos visitar el Centro Botín, pasar el día», se me ocurren cosas así que digo tal vez porque A. apenas habla. Se ha hecho muy tarde y hay una ruidosa tormenta, no vamos al Centro Botín. Sin embargo, al final de la cinta rosa pegada al suelo que marca el camino desde el vestíbulo, en el umbral del lugar por el que se accede al interior de los cuerpos, hay una pequeña placa que recuerda que este ingenioso y caro volcán ha sido donado por la Fundación Botín.

El jardín. (Fuente de las confidencias)

Fuente de las confidencias

Al fondo está el laurel. Por qué no ser laurel y pasar así el plazo de la vida. Es la pregunta con la que empieza la elegía novena de las de Duino, vuelvo a leerla porque leo a Zagajewski releyendo a Rilke (1) y, de toda la poesía del fuego que aún queda entre las cenizas he elegido esa ascua. En el féretro de Sorolla hubo una corona del laurel que él mismo había plantado, Sorolla amó mucho este jardín y lo pintó a menudo. Una vez solo fue él pero «haber sido terrestre no parece revocable».

Llegué pronto, me senté un buen rato a la amistad de la mañana bajo la pérgola y entre los arriates; enfrente, la fuente que se llama «de las confidencias». Las mujeres de bronce se dicen secretos, el aire huele bien, el agua canta, los pájaros bajan a beber, el calor comienza a trepar como los gatos por los astiles. La novena elegía asegura que el caminante no vuelve con un puñado de tierra de la ladera de la montaña, trae una palabra conseguida.

 

(1) «Releyendo a Rilke», texto de Adam Zagajewski traducido por Gustavo Osorio. Círculo de poesía, 24 de abril de 2017. <http://circulodepoesia.com/2017/04/releyendo-a-rilke-texto-de-adam-zagajewski/>

Pleguetear, flores se explicari

Esteban de Terreros y Pando, 1786-1793: Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes y sus correspondientes en las tres lenguas francesa, latina e italiana. Madrid: Viuda de Ibarra (vols. I-III) y Benito Cano (vol. IV).

Los jardines de las casas amarillas rebosan rosas, rosas blancas, rojas y naranjas, rosas rosas, la poesía colorista y fácil de las rosas. Rosas volucres que solo saben de luz, Lidia (1), aladas y explayadas como pájaros heráldicos del florido pesar de la luz de este mayo sordo a las explicaciones de toda las flores. Que por mayo pleguetean, como se dice en el llano de Ocaña cuando se desenredan los pétalos que se desdoblan replicando y Terreros traduce «flores se explicari». En la maleza de los solares de las inminentes promociones inmobiliarias cunde la nieve de llantén, brillan los meacamas y despliégase vigorosa la malva neglecta entre las zarzas, los ranúnculos dorados y los azucarillos fucsias, oh dulce flor de trébol. To make a prairie it takes a clover and one bee,/ one clover and bee/ and revery./ The revery alone will do,/ if bees are few.

Fue una abeja en un campo de flores el emblema que ganó por votación secreta el primer concurso celebrado en 1714 para escoger la empresa académica, recuerdo acaso de la Crusca y del verso de Petrarca Il più bel fior ne coglie. Rechazaron los académicos finalmente la abeja; triunfó el crisol que por el fuego purifica de las escorias, sujeta la ligereza de las mudanzas y esclarece el idioma de la herrumbre que lo oscurece. De la larga vida simbólica del crisol en la literatura, Blecua (2) destaca la interpretación del vaso de plateros que Covarrubias trae en sus Emblema morales (Madrid, Luis Sánchez, 1610), bajo el mote Sic experienda fides: «El crisol donde se apuran las voluntades son la desgracia, el trabajo, la miseria y la pobreza: bien como se apura el oro en la hornaza».

(1) As rosas amo dos jardins de Adónis,
Essas volucres amo, Lídia, rosas,
Que em o dia em que nascem,
Em esse dia morrem.
A luz para elas e eterna, porque
Nascem nascido já o Sol, e acabam
Antes que Apolo deixe
O seu curso visível.
Assim façamos nossa vida um dia,
Inscientes, Lídia, voluntariamente
Que há noite antes e após
O pouco que duramos.
          
      (De Odas de Ricardo Reis)

(2) José Manuel Blecua, 2006: Principios del Diccionario de Autoridades. Discurso leído el día 25 de junio de 2006 en su recepción pública en la Real Academia Española. [www.rae.es].

«Mudam-se os tempos». (Lisboa, segunda edición)

Cabo da Roca, Promontorium Magnum. «Onde a terra acaba e o mar começa», están tocando «Don’t worry».
La mañana. Las sábanas
Rúa dos Douradores. «Pienso a veces que nunca saldré de las calle de los Doradores. Y esto escrito, entonces, me parece la eternidad».
El hombre mira el río
La garza mira a Cacilhas
Oceanario es por océano. Cuando vino el pez luna
En el castillo graznan los pavos de abril. «Ai flores, ai flores do verde pino,/ se sabedes novas do meu amigo!»
La noche. La Avenida

 

La pesca. (El zamarruco)

Martes, 4 de abril

Una caminata por la orilla. Dos cornejas corretean delante de mí a sobresaltos, hay algunas ramas y palos interesantes, una botella de agua que el agua ha devuelto vacía y, más adelante, una bota de goma amarilla descalza. Remonto la mediana de la ría en busca del mejor sitio para cruzar y veo que alguien ha echado una tabla; una ingeniería elemental pero desarraigada, sujeta a los vaivenes del modesto caudal del Mantilla y al pisotón desconfiado de los caminantes. El comportamiento dinámico de los puentes flotantes me trae el recuerdo de los pájaros que viven acuátiles como barcas o almadías y la entrada zamarruco del DC de Terreros. Porque he recuperado uno de los archivos de Terreros, y quisiera pasar corriendo sobre él, apoyar apenas el pie escarmentado y llegar a otra parte; solo un vistazo a los viejos trabajos de amor perdidos, pero ahí estaba el zamarruco. Llaman zamarruco en tierra de Sigüenza a cierta ave que hace su nido sobre balsa o laguna, dice Terreros: «[…] allí pone sus huevecitos, y al golpe de las olas agitadas del viento anda de un lado a otro encima del agua detenido para que no naufrague de su misma arquitectura, y para que no navegue demasiado le suelen detener las espadañas, ácoros, juncos y cañas de la orilla». No he encontrado más testimonio que no sea copia o derive de este, lo que me lleva a pensar que el zamarruco de Terreros, tablilla para divagaciones, es un vacilante animal erróneo.
Cuando vuelvo a la orilla hay un hombre pescando, sentado confortablemente en un sillón de campaña, tan bien vestido y equipado como un astronauta. Ha dispuesto tres quietas cañas, juncos o espadañas; tomará solo lo que la marea traiga. Tranquilo y conforme en la espera, el pescador de orilla es de una gran belleza. Le rebaso y me vuelvo varias veces para sacarle una foto sin que se dé cuenta, pero me pilla todas: qué me quieres, pensará él sospechando; atrapar tu majestad piscatoria, le diría franca. Me da la risa y me alejo un poco avergonzada. Con la distancia, cada vez más prudente, yo desaparezco por fin de su vista y él de la fotografía.

La Ronda de noche

Calle La Ronda, nº 16

1. Unamuno en el certamen. El número 227 del catálogo de la exposición celebrada con motivo del tricentenario de la fundación de la Academia (1) es una imagen de la primera edición del Cantar de mio Cid. Texto, gramática y vocabulario (Ramón Menéndez Pidal, Madrid, 1908-1911). La nota que la comenta recuerda que al concurso convocado en 1892 se presentaron cuatro trabajos, uno de los cuales se descartó por «excesivamente somero y elemental». Los otros tres pertenecían a Pidal, Fernando Araujo y Unamuno. La comisión que juzgaba las obras consideró que el trabajo de Unamuno «se extiende en prolijas disquisiciones que no vienen derechamente al tema de la recta interpretación del Poema del Cid». Ganó el Cid de Pidal, «de apariencia más modesta», pero «más original en la investigación, más rico en la doctrina propia, más ceñido al asunto, más útil en la declaración de los términos oscuros y de las formas desusadas». Ganó Pidal por 19 votos, Araujo obtuvo uno y Unamuno ninguno. La nota se detiene en apreciar que «para Julián Marías, este episodio llevó a Unamuno a dar la espalda a la filología y a no escribir nada sobre el tema de su cátedra, filología griega, ni nada serio sobre filología románica y española». He visto luego que hay otros trabajos, los de Barbara D. Huntley y Pilar Liria (1977), así como el artículo de José Polo (1993) sobre el concurso cidiano, con extractos de las actas, no citados en el catálogo. No conocía el episodio y me irrita la presunción de Marías, me escuece la posibilidad indemostrable. Unamuno, despechado, tiró la filología a un pozo.

2. Güiraldes en el pozo. El cuento de Ricardo Güiraldes (1886-1927) que hay en la Antología (2) es El pozo, y en la breve presentación se cuenta que Güiraldes, decepcionado por el poco interés que había suscitado, tiró a un pozo toda la edición de Cuentos de muerte y de sangre, el libro que su mujer y Lugones le habían alentado a publicar.
El pozo es un cuento corto y un buen cuento. «Todo una historia trágica», dice su segunda frase, tal vez por eso. Un caminante cansado se queda dormido, resbala y cae dentro de un pozo. Pelea con el agua al cuello para recuperar la respiración, después pelea para trepar por las paredes. Se suceden las caídas, entre el pánico y el desaliento, pero finalmente consigue alcanzar el brocal y asomar medio cuerpo. Junto a la silueta irreal de un aguaribay, ve a alguien aparecer y acierta a llamarlo. Es un campesino que, aterrado por la aparición, se santigua y tiende hacia el maldito la empuñadura en forma de cruz de su cuchillo. El infeliz hace un último y sobrehumano esfuerzo por hablar cuando una piedra le golpea la frente y lo derriba dentro del pozo definitivo.

3. El hombre del río. Porque el río es un pozo diferente, el río es un pozo mejor. En el poema de Elizabeth Bishop habla un hombre que quiere convertirse en sacaca, el brujo que escucha a los espíritus del agua. Se ha levantado una noche y ha salido desnudo por la ventana: la luna arde tan «brillante como la camisa de una lámpara de gasolina cuando la llama sube al máximo, justo antes de comenzar a quemarse». El delfín lo lleva adentro del río, donde una puerta se abre y los espíritus del río hablan en un lenguaje que él comprende como un perro, sin poder decirlo. El hombre vuelve cada luna para aprender: «Sé algunas cosas ya, pero me tomaré años de estudio: todo es tan difícil». El hombre desea ser un sacaca serio, como Fortunio Pombo, como Lucio o como el gran Joaquín Sacaca, «¿Por qué no debería ser ambicioso?». Es razonable que todo cuanto necesitamos podamos obtenerlo del río, «El Delfín me eligió; la Luandinha lo confirmó» (3).

4. La Ronda, de noche. A veces cruzo por La Ronda para pasar por el número 16, la placa de piedra sobre el dintel, aquí nació Unamuno el día de San Miguel de 1864. Las hojas están embadurnadas de gritos y hay un pequeño anuncio adjunto pues se vende. Me paro y miro la confusión del amor y del asco de las afrentas de las manos y de la humedad pestífera de las bocas. Es casi de noche, es La ronda nocturna, el nombre popular que equivocadamente vio en el cuadro de Rembrandt una noche donde solo había barniz ennegrecido e inmundicia acumulada en la penumbra ciega del zaguán que un rayo de sol descorre. Aquí estaba el taller de Juanita, que enseñó a bordar a mi madre y este recuerdo es la niña Saskia que arde junto a los capitanes y la tropa, cerca del mercado, de la ribera y del río donde la Luandinha balbucea.

(1) La lengua y la palabra. Trescientos años de la Real Academia Española, 2013. Catálogo de la exposición comisariada por J. M. Sánchez Ron y Carmen Iglesias. Madrid: RAE y Fundación BBVA, p. 400.
(2) Antología del cuento argentino, 2013. Buenos Aires: El Ateneo, pp. 355-358.
(3) Elizabeth Bishop, «El hombre del río», de Cuestiones de viaje, 1965; traducción de Sam Abrams y Joan Margarit, en Obra poética, Madrid: Igitur, 2008, pp. 203-209.

La boya. (Noticias de la escritura)

1 de marzo

Hay dos boyas en la playa, amarillas, calculadas, persistentes. Garantía de profundidad, amparo de navegantes, estribo al que amarrase en tanto la marea regresa y consiente a los hombres volver a casa. «Voy hasta la boya», decía Diego aún niño conmigo en la playa, y yo me echaba boca abajo en la toalla para no verle ahogarse porque en la boya comienzan las aguas del estremecimiento.
Un día de estos el temporal ha arrancado una. La hemos visto encogidos rodar entre la tierra y las olas, pero no es por crueldad que el ogro espeluznante se finge criatura o gato y juega a la pelota con la boya que ha arrastrado a la orilla. A la noche, cerrada la reja del muelle y vacíos los parques por la tempestad, la boya reposa en una esquina del jardín de las casas amarillas. La boya extraña y sola en un corro de hierba es el objeto encontrado: «el objeto arqueológico suelto carece de valor», dijo Belén y yo lo apunté en mi cuaderno.
Chejfec (Últimas noticias de la escritura, Buenos Aires: Entropía, 2015) habla de su cuaderno. Dice Chejfec «las conocidas cajitas de Cornell». No sé quién es Cornell, pero lo apunto en mi cuaderno y busco sus conocidas cajitas y contemplo y anoto las yuxtaposiciones que sacan a flote las correspondencias irracionales y secretas, por la fuerza con la que Arquímedes se aplica para desalojar la rutina del cuaderno. Todos estos días queda una sola boya o punto en la playa, porque también los signos de puntuación emergen y el punto significa final pero los dos puntos sirven para llamar la atención, los dos puntos anuncian a la vez que delimitan.
En un momento del libro, Chejfec se fija en la escritura de su blog y en la promesa de olvido y persistencia simultáneas que atribuye al género. La pensatividad de la escritura electrónica es fluctuación, parpadeo y reescritura. La presencia pensativa de la escritura desaparece con la letra impresa que fija saberes y discursos. Chejfec contrapone una escritura asertiva, «la fijada físicamente por las instituciones vinculadas al libro y a lo impreso», y otra indefinida o insegura, volcada para sí, «que extrae su condición inestable del pulso manual y del pulso electrónico». Chejfec se fija en los procesos pero ignora el carácter público y destinado que, firmes o flotantes, impresión y pantalla comparten, siendo este un rasgo más definitorio, me digo. Me gusta tanto Chejfec y a veces Chejfec me da dolor de cabeza. Solo los cuadernos cerradamente privados, cuadernos de papel o electrónicos, viven una oscura libertad sumergida, la franca inmunidad que resulta de un empuje hidrostático insuficiente.

Escarabilla

el-ponton-miraflores
Fábrica de pan y molino de El Pontón, en Miraflores (Bilbao), 1897 (1)

Un día ha venido Bego a verla y le he preguntado por Lorenza, porque me acordé de los vasos con Lorenza ya casi solo un nombre flotando junto al mechero de alcohol y aquellos vasos en medio de nada. Bego dice que Lorenza ponía ventosas y hacía santiretu. Santiretu es para los esguinces, para las torceduras y luxaciones, masajes con rezos y santiguaciones. Suelo ver a mi madre santiguarse entre sueños, una y otra vez, santiretu: Santiretu, sanurratu, sana bere tokian sartu. El conjuro insta a la carne a volver a su lugar, pero un día hemos salido de casa y el lugar ella ya lo ha olvidado. He vuelto después para mirar mi cuarto y los otros que nadie más puede ver con sus ojos. Eden is that old-fashioned House/ We dwell in every day/ Without suspecting our abode/ Until we drive away.

Mi madre ahora no sabe nunca dónde estamos. Repara en el ventanal y pregunta «qué es todo eso». Miraflores y, enfrente, Mirivilla. «Como las putas de Mirivilla, decía amama, te acuerdas», le digo; es para que le haga gracia. Quiere decir andar arrastrada, el mal genio de mi abuela. «Qué sucios están los cristales», responde. Nada hay más sucio que un rayo de sol, una frase de los diarios de Renard. Se ve el edificio de la policía municipal y el de los bomberos, se ve un estadio verde, casas nuevas y buenas calles asfaltadas. Todo ha cambiado menos las cuestas viejas y el cansancio de los caminos de sirga, entre las cuestas viejas pasa la ría. «Qué es todo eso», de nuevo. Mientras pienso en Lorenza encuentro la mención de la lobera de Ábalos, la saludadora y conjuradora de lobos: «A la lobera de Ábalos, dos reales», acuerdo de pago que consta en el Libro de Cuentas del Concejo de Lagrán, año 1641; entregaron seis reales a la misma santiguadera «por dos vezes que vino» el año 1634 (2). Y de los viejos oficios, la escarabillera; porque escarabilla es una palabra sin diccionario que también me recuerda a ellas, el nombre que conviene a unas notas que buscan y apañan la escoria y el carbón menudo que olvidan las cosechas industriales, el que abandona el tren por las vías, buen calor de escarabilla para noches pobres.

Una noche de estas hemos visto Regreso a casa, la película de Zhang Yimou (2014). La mujer no reconoce a su marido cuando vuelve del campo de trabajo pero le acepta como lector de sus cartas, las que él le escribió a oscuras, durante todos esos años de destierro y prisión, en envoltorios y papeles rotos, cientos de cartas que nunca envió. La mano de mi madre tiene el tacto del papel, también le cojo la mano a Victorina cuando se la llevan, viejas de tisú y papel de seda. No quiero pero voy conociendo a los otros seres muy leves de la sala del quinto, cartas borrosas de la China, jeroglíficos de carbonilla. De vez en cuando desde cualquier rincón Carmen Celaya se presenta alta, clara y octosílaba: «Me llamo Carmen Celaya/ Me llamo Carmen Celaya/ Me llamo Carmen Celaya».

(1) Enciclopedia Auñamendi. http://www.euskomedia.org/aunamendi/51739
(2) Gerardo López de Guereñu, 1998 [1958]: 184 y 248, s. vv. lobera y santiguadera.