La pesca. (El zamarruco)

Martes, 4 de abril

Una caminata por la orilla. Dos cornejas corretean delante de mí a sobresaltos, hay algunas ramas y palos interesantes, una botella de agua que el agua ha devuelto vacía y, más adelante, una bota de goma amarilla descalza. Remonto la mediana de la ría en busca del mejor sitio para cruzar y veo que alguien ha echado una tabla; una ingeniería elemental pero desarraigada, sujeta a los vaivenes del modesto caudal del Mantilla y al pisotón desconfiado de los caminantes. El comportamiento dinámico de los puentes flotantes me trae el recuerdo de los pájaros que viven acuátiles como barcas o almadías y la entrada zamarruco del DC de Terreros. Porque he recuperado uno de los archivos de Terreros, y quisiera pasar corriendo sobre él, apoyar apenas el pie escarmentado y llegar a otra parte; solo un vistazo a los viejos trabajos de amor perdidos, pero ahí estaba el zamarruco. Llaman zamarruco en tierra de Sigüenza a cierta ave que hace su nido sobre balsa o laguna, dice Terreros: «[…] allí pone sus huevecitos, y al golpe de las olas agitadas del viento anda de un lado a otro encima del agua detenido para que no naufrague de su misma arquitectura, y para que no navegue demasiado le suelen detener las espadañas, ácoros, juncos y cañas de la orilla». No he encontrado más testimonio que no sea copia o derive de este, lo que me lleva a pensar que el zamarruco de Terreros, tablilla para divagaciones, es un vacilante animal erróneo.
Cuando vuelvo a la orilla hay un hombre pescando, sentado confortablemente en un sillón de campaña, tan bien vestido y equipado como un astronauta. Ha dispuesto tres quietas cañas, juncos o espadañas; tomará solo lo que la marea traiga. Tranquilo y conforme en la espera, el pescador de orilla es de una gran belleza. Le rebaso y me vuelvo varias veces para sacarle una foto sin que se dé cuenta, pero me pilla todas: qué me quieres, pensará él sospechando; atrapar tu majestad piscatoria, le diría franca. Me da la risa y me alejo un poco avergonzada. Con la distancia, cada vez más prudente, yo desaparezco por fin de su vista y él de la fotografía.

La Ronda de noche

Calle La Ronda, nº 16

1. Unamuno en el certamen. El número 227 del catálogo de la exposición celebrada con motivo del tricentenario de la fundación de la Academia (1) es una imagen de la primera edición del Cantar de mio Cid. Texto, gramática y vocabulario (Ramón Menéndez Pidal, Madrid, 1908-1911). La nota que la comenta recuerda que al concurso convocado en 1892 se presentaron cuatro trabajos, uno de los cuales se descartó por «excesivamente somero y elemental». Los otros tres pertenecían a Pidal, Fernando Araujo y Unamuno. La comisión que juzgaba las obras consideró que el trabajo de Unamuno «se extiende en prolijas disquisiciones que no vienen derechamente al tema de la recta interpretación del Poema del Cid». Ganó el Cid de Pidal, «de apariencia más modesta», pero «más original en la investigación, más rico en la doctrina propia, más ceñido al asunto, más útil en la declaración de los términos oscuros y de las formas desusadas». Ganó Pidal por 19 votos, Araujo obtuvo uno y Unamuno ninguno. La nota se detiene en apreciar que «para Julián Marías, este episodio llevó a Unamuno a dar la espalda a la filología y a no escribir nada sobre el tema de su cátedra, filología griega, ni nada serio sobre filología románica y española». He visto luego que hay otros trabajos, los de Barbara D. Huntley y Pilar Liria (1977), así como el artículo de José Polo (1993) sobre el concurso cidiano, con extractos de las actas, no citados en el catálogo. No conocía el episodio y me irrita la presunción de Marías, me escuece la posibilidad indemostrable. Unamuno, despechado, tiró la filología a un pozo.

2. Güiraldes en el pozo. El cuento de Ricardo Güiraldes (1886-1927) que hay en la Antología (2) es El pozo, y en la breve presentación se cuenta que Güiraldes, decepcionado por el poco interés que había suscitado, tiró a un pozo toda la edición de Cuentos de muerte y de sangre, el libro que su mujer y Lugones le habían alentado a publicar.
El pozo es un cuento corto y un buen cuento. «Todo una historia trágica», dice su segunda frase, tal vez por eso. Un caminante cansado se queda dormido, resbala y cae dentro de un pozo. Pelea con el agua al cuello para recuperar la respiración, después pelea para trepar por las paredes. Se suceden las caídas, entre el pánico y el desaliento, pero finalmente consigue alcanzar el brocal y asomar medio cuerpo. Junto a la silueta irreal de un aguaribay, ve a alguien aparecer y acierta a llamarlo. Es un campesino que, aterrado por la aparición, se santigua y tiende hacia el maldito la empuñadura en forma de cruz de su cuchillo. El infeliz hace un último y sobrehumano esfuerzo por hablar cuando una piedra le golpea la frente y lo derriba dentro del pozo definitivo.

3. El hombre del río. Porque el río es un pozo diferente, el río es un pozo mejor. En el poema de Elizabeth Bishop habla un hombre que quiere convertirse en sacaca, el brujo que escucha a los espíritus del agua. Se ha levantado una noche y ha salido desnudo por la ventana: la luna arde tan «brillante como la camisa de una lámpara de gasolina cuando la llama sube al máximo, justo antes de comenzar a quemarse». El delfín lo lleva adentro del río, donde una puerta se abre y los espíritus del río hablan en un lenguaje que él comprende como un perro, sin poder decirlo. El hombre vuelve cada luna para aprender: «Sé algunas cosas ya, pero me tomaré años de estudio: todo es tan difícil». El hombre desea ser un sacaca serio, como Fortunio Pombo, como Lucio o como el gran Joaquín Sacaca, «¿Por qué no debería ser ambicioso?». Es razonable que todo cuanto necesitamos podamos obtenerlo del río, «El Delfín me eligió; la Luandinha lo confirmó» (3).

4. La Ronda, de noche. A veces cruzo por La Ronda para pasar por el número 16, la placa de piedra sobre el dintel, aquí nació Unamuno el día de San Miguel de 1864. Las hojas están embadurnadas de gritos y hay un pequeño anuncio adjunto pues se vende. Me paro y miro la confusión del amor y del asco de las afrentas de las manos y de la humedad pestífera de las bocas. Es casi de noche, es La ronda nocturna, el nombre popular que equivocadamente vio en el cuadro de Rembrandt una noche donde solo había barniz ennegrecido e inmundicia acumulada en la penumbra ciega del zaguán que un rayo de sol descorre. Aquí estaba el taller de Juanita, que enseñó a bordar a mi madre y este recuerdo es la niña Saskia que arde junto a los capitanes y la tropa, cerca del mercado, de la ribera y del río donde la Luandinha balbucea.

(1) La lengua y la palabra. Trescientos años de la Real Academia Española, 2013. Catálogo de la exposición comisariada por J. M. Sánchez Ron y Carmen Iglesias. Madrid: RAE y Fundación BBVA, p. 400.
(2) Antología del cuento argentino, 2013. Buenos Aires: El Ateneo, pp. 355-358.
(3) Elizabeth Bishop, «El hombre del río», de Cuestiones de viaje, 1965; traducción de Sam Abrams y Joan Margarit, en Obra poética, Madrid: Igitur, 2008, pp. 203-209.

La boya. (Noticias de la escritura)

1 de marzo

Hay dos boyas en la playa, amarillas, calculadas, persistentes. Garantía de profundidad, amparo de navegantes, estribo al que amarrase en tanto la marea regresa y consiente a los hombres volver a casa. «Voy hasta la boya», decía Diego aún niño conmigo en la playa, y yo me echaba boca abajo en la toalla para no verle ahogarse porque en la boya comienzan las aguas del estremecimiento.
Un día de estos el temporal ha arrancado una. La hemos visto encogidos rodar entre la tierra y las olas, pero no es por crueldad que el ogro espeluznante se finge criatura o gato y juega a la pelota con la boya que ha arrastrado a la orilla. A la noche, cerrada la reja del muelle y vacíos los parques por la tempestad, la boya reposa en una esquina del jardín de las casas amarillas. La boya extraña y sola en un corro de hierba es el objeto encontrado: «el objeto arqueológico suelto carece de valor», dijo Belén y yo lo apunté en mi cuaderno.
Chejfec (Últimas noticias de la escritura, Buenos Aires: Entropía, 2015) habla de su cuaderno. Dice Chejfec «las conocidas cajitas de Cornell». No sé quién es Cornell, pero lo apunto en mi cuaderno y busco sus conocidas cajitas y contemplo y anoto las yuxtaposiciones que sacan a flote las correspondencias irracionales y secretas, por la fuerza con la que Arquímedes se aplica para desalojar la rutina del cuaderno. Todos estos días queda una sola boya o punto en la playa, porque también los signos de puntuación emergen y el punto significa final pero los dos puntos sirven para llamar la atención, los dos puntos anuncian a la vez que delimitan.
En un momento del libro, Chejfec se fija en la escritura de su blog y en la promesa de olvido y persistencia simultáneas que atribuye al género. La pensatividad de la escritura electrónica es fluctuación, parpadeo y reescritura. La presencia pensativa de la escritura desaparece con la letra impresa que fija saberes y discursos. Chejfec contrapone una escritura asertiva, «la fijada físicamente por las instituciones vinculadas al libro y a lo impreso», y otra indefinida o insegura, volcada para sí, «que extrae su condición inestable del pulso manual y del pulso electrónico». Chejfec se fija en los procesos pero ignora el carácter público y destinado que, firmes o flotantes, impresión y pantalla comparten, siendo este un rasgo más definitorio, me digo. Me gusta tanto Chejfec y a veces Chejfec me da dolor de cabeza. Solo los cuadernos cerradamente privados, cuadernos de papel o electrónicos, viven una oscura libertad sumergida, la franca inmunidad que resulta de un empuje hidrostático insuficiente.

Escarabilla

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Fábrica de pan y molino de El Pontón, en Miraflores (Bilbao), 1897 (1)

Un día ha venido Bego a verla y le he preguntado por Lorenza, porque me acordé de los vasos con Lorenza ya casi solo un nombre flotando junto al mechero de alcohol y aquellos vasos en medio de nada. Bego dice que Lorenza ponía ventosas y hacía santiretu. Santiretu es para los esguinces, para las torceduras y luxaciones, masajes con rezos y santiguaciones. Suelo ver a mi madre santiguarse entre sueños, una y otra vez, santiretu: Santiretu, sanurratu, sana bere tokian sartu. El conjuro insta a la carne a volver a su lugar, pero un día hemos salido de casa y el lugar ella ya lo ha olvidado. He vuelto después para mirar mi cuarto y los otros que nadie más puede ver con sus ojos. Eden is that old-fashioned House/ We dwell in every day/ Without suspecting our abode/ Until we drive away.

Mi madre ahora no sabe nunca dónde estamos. Repara en el ventanal y pregunta «qué es todo eso». Miraflores y, enfrente, Mirivilla. «Como las putas de Mirivilla, decía amama, te acuerdas», le digo; es para que le haga gracia. Quiere decir andar arrastrada, el mal genio de mi abuela. «Qué sucios están los cristales», responde. Nada hay más sucio que un rayo de sol, una frase de los diarios de Renard. Se ve el edificio de la policía municipal y el de los bomberos, se ve un estadio verde, casas nuevas y buenas calles asfaltadas. Todo ha cambiado menos las cuestas viejas y el cansancio de los caminos de sirga, entre las cuestas viejas pasa la ría. «Qué es todo eso», de nuevo. Mientras pienso en Lorenza encuentro la mención de la lobera de Ábalos, la saludadora y conjuradora de lobos: «A la lobera de Ábalos, dos reales», acuerdo de pago que consta en el Libro de Cuentas del Concejo de Lagrán, año 1641; entregaron seis reales a la misma santiguadera «por dos vezes que vino» el año 1634 (2). Y de los viejos oficios, la escarabillera; porque escarabilla es una palabra sin diccionario que también me recuerda a ellas, el nombre que conviene a unas notas que buscan y apañan la escoria y el carbón menudo que olvidan las cosechas industriales, el que abandona el tren por las vías, buen calor de escarabilla para noches pobres.

Una noche de estas hemos visto Regreso a casa, la película de Zhang Yimou (2014). La mujer no reconoce a su marido cuando vuelve del campo de trabajo pero le acepta como lector de sus cartas, las que él le escribió a oscuras, durante todos esos años de destierro y prisión, en envoltorios y papeles rotos, cientos de cartas que nunca envió. La mano de mi madre tiene el tacto del papel, también le cojo la mano a Victorina cuando se la llevan, viejas de tisú y papel de seda. No quiero pero voy conociendo a los otros seres muy leves de la sala del quinto, cartas borrosas de la China, jeroglíficos de carbonilla. De vez en cuando desde cualquier rincón Carmen Celaya se presenta alta, clara y octosílaba: «Me llamo Carmen Celaya/ Me llamo Carmen Celaya/ Me llamo Carmen Celaya».

(1) Enciclopedia Auñamendi. http://www.euskomedia.org/aunamendi/51739
(2) Gerardo López de Guereñu, 1998 [1958]: 184 y 248, s. vv. lobera y santiguadera.

«Este cielo estandarte»

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Enero, sesión de tarde

El Espectáculo del Cielo. A veces Ángel me manda fotos de «la gloria solemne de los estandartes», los claros clarines, el oro y el hierro, el cortejo de los paladines. Pongo una de enero, función de tarde. Es Pessoa el que dice en algún lugar del Libro del desasosiego «este cielo estandarte» y entonces acuden los otros versos de la marcha triunfal de los crepúsculos. Apenas miro los cielos pero colecciono sus estampillas y notificaciones de embargo, toda la filatelia sentimental de una fotos del aire que querrían ser al aire lo que el sello al país emisor, aunque sobre todo se parecen al gesto infantil prelingüístico que sirve para señalar entidades ausentes.
Echo de menos las fotos de Diego e Isaline que nadie sacó los días que pasaron en casa, entidades ausentes. También pienso una y otra vez en las películas de María sobre paredes y luciérnagas. «La desaparición de las luciérnagas» es el artículo que Pasolini publicó en 1975 en Il corriere della sera. Las luciérnagas desparecidas de los campos de Italia en los años sesenta son los valores del viejo mundo campesino y paleocapitalista, explica Pasolini. La película de María comienza con los centelleos de los teléfonos que chisporrotean en una sala de cine oscura, se trata luciérnagas de segundo orden. Después de que Antonia lee el párrafo de Pasolini, se ve otra pantalla en la pantalla, la del cine al que María fue a ver la película de Léos Carax y el breve diálogo que grabó con su móvil. Michel Piccoli pregunta a Óscar, el actor, qué es lo que le hace continuar:

—Lo mismo que me hizo empezar, la belleza de actuar.
—La belleza. Dicen que está en el ojo del que mira. ¿Y si ya nadie mira?

El lugar común resuena dramático en la pequeña tiniebla en la que brillaban las moléculas de luceferina de los teléfonos, mientras afuera ocurren sin descanso los espectáculos del cielo mendigos de atención.
Leo de nuevo el Libro del desasosiego; pone mi nombre y 1985 en la primera página, reseca y oscura, pero apenas recuerdo nada. «Ver es haber visto», concluye el nº 160. Bernardo Soares se ha fijado en un hombre «viejo y mezquino, pobre y no humilde» que camina bajo la lluvia: «Le miré con la atención, no ya distraída, que se presta a las cosas, sino definidora, que se presta a los símbolos». En la etimología de símbolo hay una tablilla rota que espera la reunión y el reconocimiento. Lo que añoro de las fotos que no saqué es la señal de la que sin duda también carecerían, un rehén de los días pasados o su llave, el objeto robado del sueño que traes al despertar de las fechas felices con sus pequeños bienes intraducibles.

La Tarasca

la-tarasque Había una barca llamada Polícrates acunándose en el puerto entre Marina II y Madre Juanita, casi estrafalario de insólito Polícrates con letras griegas, debajo latinas. Luego he pasado junto a los setos de las casas amarillas, siempre hay algunas rosas y los tendales al viento, los amables convites de las sábanas y los pijamas colgados que miras mientras caminas y querrías dormir. El Pescador también dormido y cerrado, he visto la excavadora y el solar vacío al lado. Ni paredones roídos ni más bóvedas de zarza. Me he parado un rato a mirar el enorme hueco que deja la casa y a notar cuánto duele mientras pelea con el recuerdo. Me he acordado del barrio que se llamaba El Boquete y de las coronas de pespuntes que se dibujan los niños en los brazos a mordiscos, de las marcas de los chupones adolescentes y de las señales de los besos que no están vacíos. De Malva, el cuento de Silvina Ocampo que es sobre la mujer que se arranca con los dientes pedazos de su cuerpo a causa de «un desmedido grado de impaciencia». Me he acordado de la Tarasca, que es «la sierpe contrahecha que suelen sacar en algunas fiestas de regozijo», que espanta a los muchachos y hurta las capas de los labradores, dice Covarrubias. Echar caperuzas a la Tarasca, para entretener su voracidad. Échale guindas a la Tarasca y verás cómo las masca. Guindas y caperuzas, la sortija que Polícrates arrojó al mar para calmar a los dioses pero le fue devuelta en el vientre de un pescado, las plegarias de Santa Marta.

Desde el punto de vista de la niebla

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30 de octubre
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31 de octubre
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31 de octubre
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1 de noviembre

Entre octubre y noviembre hubo muchos días seguidos de niebla, grandes nieblas de noche y de días que amanecen con niebla y la niebla se queda. «Se ha metido la niebla» o «se ha echado la niebla» y «no levanta la niebla» se dice de la niebla como se diría de un animal que observamos, por el que nos interesamos. La he visto correr por la playa en volutas menudas innumerables hacia adentro siempre, tropa de toses de fumador que salen del mar porque en el agua fría son los chiqueros de la niebla. El nº 210 de Dickinson dice The thought beneath so slight a film—/ Is more distinctly seen—/ As laces just reveal the surge—/ Or Mists—the Apenine. Mirando las fotos que hice me doy cuenta de que la niebla proporciona una forma de consideración o desvelamiento elemental: una gaviota, la línea que separa la tierra del agua apenas y las siluetas de los que caminan, a veces con alegres jerséis rojos. Ellos, el Apenino y aquello que importa.

Oh, octubre

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El Estefanía llega al puerto

Oh, Ohio, un disco de octubre y aquellos vendavales de octubre. Vuelvo a ver cómo el aire abate la farola del parque del Orio entre los columpios, aunque este año no ha habido viento. En este pueblo tampoco habrá hojas, herida multitud de pestilencias de la oda de Shelley, porque a primeros han podado todos los plátanos municipales. Vi los suelos rebosantes de copas aún muy verdes y los troncos mutilados y calvos como huérfanos tiñosos. Oh, oh, oh, octubre. Green doesn’t matter/ When you’re blue.
Las semanas se sumen indecibles menos por algunas señales. Una rata cruza corriendo entre mis pies y la caña de uno de los pescadores de noches, alcanza el otro lado y se arroja al mar. De madrugada el Estefanía choca con la Peña porque los tres tripulantes se han dormido con las redes echadas. Otra mañana encuentro en la orilla una medusa gigantesca. La doxa es Medusa dice Barthes en Barthes por Barthes, la que petrifica a los que la miran sin siquiera verla porque no es sino «una masa gelatinosa pegada en el fondo de la retina».
El traductor de Barthes usa a menudo esconces, siempre en plural. Dice, por ejemplo, que el imaginario es la materia fatal de la novela y «el laberinto de los esconces por los que se extravía el que habla de sí mismo» (161). Me fijo a la palabra y a su recuerdo del grano de arena en la porcelana del tazón de leche, la reminiscencia sin retoques de lo insignificante irregular es consonante con la singularidad léxica que actúa como señal de sí misma.
De lo otro que encuentro apunto «un lugarcillo, metido como en esconce». Apunto también las veces que las equivocaciones son encuentros alegres. «Escribes a mano», pregunto: «Me apunto algunas cosas en la mano». No me ha entendido pero la mano es una respuesta mucho mejor. Los días se hunden por los esconces, has de buscarlos en ellos.

El alce

img_20160911_215704La primera luna es una impresión de luna en los tiempos de «la obra de arte en la época de su reproducibilidad técnica». Estas noches pasadas se veía así en el agua quieta, como puñados de habas, anís y alcamonías flotando en la palangana negra. Kintsugi es reparar las cerámicas rotas con resina y oro por exhibir la sutura, kintsugi del revés sin la jactancia.

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La segunda luna, la del domingo temprano antes de los chaparrones. Guardo la toalla en una bolsa de plástico para que no se moje mientras me baño y me acuerdo del Bañista, el perturbado que anda por el pueblo semidesnudo y rebusca en los contenedores de la basura que hay camino de la playa. «Un cuerpo de agua en el cual morar», dice el poema de Elizabeth Bishop cuando mira insomne la luna en la luna del armario y fabula trueques como Szymborska invierte en «Negativo» el mundo binario.

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John Russell, The Face of the Moon (c. 1795, Birmingham City Council)

La tercera luna es la Cara de la Luna, el cuadro de John Russell (1745-1806). Astrónomo aficionado y retratista de mérito, por él llamamos Russell a un cráter al oeste del Oceanus Procellarum o de las tormentas. Se sirvió de un telescopio para copiar con fidelidad ilustrada las rugosidades montañosas y marinas de su objeto de devoción y estudio. El ilimitado amor de los límites le llevó a presentarla en la fase Gibbous Moon, la luna más que mediada pero incompleta.

Entre las anfibologías que menciona Barthes no están luna ni presente. Marina Abramovic tiuló The artist is present las setecientas horas que pasó sentada ante una mesa en una sala del MOMA de Nueva York, donde ofrecía una silla que fueron ocupando consecutivos miles de espectadores y participantes simultáneos. He visto los minutos muy famosos en que su antiguo compañero Ulay surge del público y se sienta frente a ella, el vídeo apena por lo falso sin que eso signifique que lo sea. Estos días he encontrado un presente verdadero en el largo poema de Bishop que se titula «El alce». No me he preguntado si ella hizo ese largo viaje nocturno, si hubo un conductor que detuvo el autocar, apagó los faros y pronunció aquel «Curiosas criaturas» con la articulación local arrastrada de los grupos con erre, para cuajar la alegría inesperada, para aligerar la emoción congregada delante del animal parado en medio de la carretera, «alta como una iglesia y segura como una casa», una hembra de alce a la luz de la luna.

Celdas

The last climb
The last climb (2008)

De repente es domingo, es de noche y el parque está vacío por la lluvia y la fecha. La guirnalda de bombillas de la palmera del Pescador alumbra unas mesas empapadas, la churrería absorta y sola, más lejos se oye la música del cine de la playa porque hoy echan la última del verano, En el corazón del mar. En el invierno de 1820 los marineros del Essex chocan con una enorme ballena blanca. Entre los escalones oscuros corretean unas lucecitas, críos luciérnaga jugando con los cacharros de los puestos de la fiesta del viernes mientras esperan a que empiece la película. La aguanina moja mansa los huecos del pueblo tras la huida y llego a casa como se vuelve de una caminata por el fondo del mar, hecha una sopa.
Dentro de una semana se irá Diego. Un rato de esos en su cuarto me está nombrando las partes de la guitarra. Lo más exacto es lo más bello. Cómo se llama el hueco de la caja, le pregunto. «Boca». No, el hueco por dentro. «El hueco no se llama. Esto es el alma, la varilla que une las tapas». El vacío en los cañones, pero en la guitarra es la pieza que sujeta. El alma longitudinal de las tablas de surf sirve para que la tabla aguante. Los hacheros de metal tienen un alma rígida para encajar las velas, el tablón de los andamios y el eje vertical de la escalera de caracol son almas que he encontrado después en el diccionario. Bello es lo que se ama.
Hay una escalera de caracol para salir de una de las celdas de Louise Bourgeois, «El último salto». Fui a la exposición, Estructuras de la existencia. Celdas. El letrero de la presentación advierte de que cell quiere decir dos cosas. En otro citan esta frase: «Mis recuerdos son mis documentos». Jerry Gorovoy va a publicar sus diarios. «Son increíbles», comenta él en una entrevista. Le preguntan si a ella no le habría molestado que los publicaran. Responde que no. «Decía [de sí misma] que era una mujer sin secretos». Hay demasiada gente. Es difícil encontrar los huecos y demorarse imposible. En la sala de la celda del último salto están los seis grabados de 2010. Son dibujos en paneles grandes de rojos vivos y trazos fuertes, hay cuerpos y garabatos vegetales, y una parte limpia en cada uno para escribir adiós, por este orden:

I give every thing away
I distance myself from myself
From what I love most
I leave my home
I leave the nest
I am packing my bags